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La Ofrenda de Frutos es uno de los momentos más emotivos de las Fiestas del Pilar en Zaragoza.

Aunque se trata de un acto más íntimo y personal que la Ofrenda de Flores, este 13 de octubre ha reunido a más de 3.700 participantes en la capital aragonesa.

Detrás de esta ofrenda hay muchas horas de trabajo, esfuerzo y dedicación, además de numerosas historias que contribuyen a mantener viva una de las tradiciones más arraigadas de las fiestas.

Una de ellas es la de Manolita Fernández, una mujer sevillana que vive esta tradición desde 1963 y que, año tras año, comparte la celebración con sus hijas, nietas y bisnietas.

Su vínculo con esta gran celebración zaragozana comenzó en 1963, cuando llegó a la ciudad y participó por primera vez en la Ofrenda de Frutos. Desde entonces, como socia de la Casa de Andalucía, no ha faltado a ninguna cita.

"Vivimos este día con mucha emoción y muchas ganas. Salgo desde el primer año que vine, desde el año 63, y no me pierdo ninguna Ofrenda. Soy socia de la Casa de Andalucía y para mí esto es lo más grande que hay", ha contado la matriarca de esta familia.

Lo que comenzó como un gesto personal se ha convertido, con el paso del tiempo, en un legado familiar.

Manolita empezó a vestir a sus hijas con el traje regional cuando eran muy pequeñas y ha conseguido mantener viva esa costumbre hasta reunir a cuatro generaciones en un mismo recorrido.

"A mis niñas las acostumbré desde chiquititas a vestirlas. Las sigo vistiendo y, salimos a toda la familia. El corazón lo tengo partido entre Andalucía, mi pueblo, que lo quiero mucho, y Aragón. Mis hijas son ya todas mañas, mis nietas, mis bisnietas", ha señalado Manolita.

Toda la familia vive esta jornada con enorme entusiasmo, entre nervios e ilusión, y comienza a preparar la celebración de un año para otro.

"Ayer estábamos toda la familia preparando los frutos y los trajes en casa. Mis nietas estaban nerviosas y ansiosas por salir. Es un día muy grande para nosotras" ha confesado la sevillana.

Para ella, ver a las cuatro generaciones juntas, ataviadas con sus trajes regionales, representa la máxima expresión de felicidad, unión y continuidad de sus raíces.

"Lo vivimos todas contentas, nerviosas. Mis chiquitinas tienen cuatro y cinco años. Cuatro generaciones que vivimos todo con ilusión y mucho sentimiento" ha relatado Fernández.