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Una de las preguntas más recurrentes de la infancia es qué queremos ser de mayores.

Para algunos, la respuesta llega pronto y se mantiene intacta con el paso de los años; para otros, la vocación aparece más adelante o nace de las propias raíces familiares.

Este último es el caso de Jorge Robayna. Desde pequeño estuvo muy vinculado al mundo de la aviación y al ámbito militar, influido por una familia en la que varios de sus miembros estuvieron relacionados con el Ejército del Aire.

Aquello que comenzó como una afición terminó convirtiéndose en una vocación y, finalmente, en una profesión, la de piloto de combate. Ser piloto de F-18 combina vocación, preparación, disciplina y una enorme responsabilidad.

Pero detrás del uniforme y de las horas de vuelo también hay una persona que disfruta de su familia y sus amigos, viaja siempre que puede y que, después de tantos años en Zaragoza, se considera ya “un maño más”.

Desde EL ESPAÑOL de Aragón hemos tenido el placer de hablar con Jorge Robayna, piloto del Ala 15 de la Base Aérea de Zaragoza, para conocer de cerca su trayectoria, su pasión por la aviación militar y su experiencia al frente de una misión multinacional de la OTAN junto a efectivos de cinco países.

Hoy, aquel niño que soñaba con ser piloto de combate participa en misiones y despliegues internacionales en los que representa a España junto a fuerzas aéreas de otros países aliados.

Una trayectoria que le ha llevado desde la Academia General del Aire hasta la cabina de un F-18 y que, como él mismo explica, se sustenta en una idea fundamental, detrás de cada vuelo hay un gran trabajo de equipo.

¿Quién es Jorge Robayna cuando se quita el uniforme?

Una persona bastante normal. Me gusta estar con mis amigos y mi familia, viajar siempre que puedo y disfrutar de mi tiempo libre, como cualquier otra persona.

¿De dónde nace su vocación por ser piloto militar?

Desde pequeño me llamaban mucho la atención los aviones. Mi padre y sus hermanos siempre han sido muy aficionados a la aviación y, además, por parte de mi madre vengo de una familia bastante vinculada al mundo militar. Uno de mis tíos fue piloto de Mirage F1 y tanto otro de mis tíos como mi abuelo también fueron militares del Ejército del Aire.

¿Cuándo decidió que quería ser piloto de combate y cuánto le costó llegar hasta el F-18?

Creo que siempre lo tuve bastante claro. De pequeño, igual que otros niños dicen que quieren ser bomberos, policías o médicos, yo decía que quería ser piloto de combate. La diferencia es que a mí nunca se me terminó de quitar de la cabeza.

Siempre lo tuve ahí, en el horizonte. Fui pasando las distintas etapas y filtros de la formación y, al final, tuve la suerte de llegar al F-18 y al Ala 15, en la Base Aérea de Zaragoza. Y qué voy a decir yo: para mí, es el mejor avión y la mejor unidad en la que podía haber acabado.

¿Qué recuerda de sus primeros años vinculados a la Base Aérea de Zaragoza?

Llegábamos como tenientes recién salidos de la Academia General del Aire de San Javier, después de cinco años bastante exigentes, así que veníamos con muchísima ilusión por empezar nuestra vida en las unidades.

En mi caso, tuve la suerte de acabar en el Ala 15 y la verdad es que tanto la unidad como Zaragoza me acogieron fenomenal desde el primer momento. La gente me lo puso muy fácil, hice muy buenos amigos y me encontré con una ciudad muy abierta, acogedora y cómoda para vivir.

Eso sí, para un canario como yo, descubrir de verdad el frío, el calor y, especialmente, el cierzo zaragozano fue toda una experiencia. Pero, después de todos estos años, ya me siento un maño más.

¿Qué significa representar a Zaragoza cuando está desplegado fuera de España?

El Ala 15 forma parte de Zaragoza y creo que es muy bonito que la sociedad aragonesa conozca también el trabajo que realiza su Base Aérea cuando nos toca desplegarnos fuera.

Al final, cuando estamos en otro país, no solo representamos a nuestra unidad, sino también a España y, de alguna manera, llevamos con nosotros nuestra forma de ser, nuestra cultura y nuestras costumbres.

Intentamos hacer nuestro trabajo lo mejor posible y que la imagen que dejamos de España y de nuestra gente sea siempre buena.

¿Cuál ha sido el momento de mayor miedo y cuál el de mayor orgullo de su carrera?

En vuelo hay situaciones exigentes, como las hay en cualquier profesión, y precisamente entrenamos continuamente para gestionarlas y estar preparados cuando aparecen.

Si tengo que hablar de orgullo, me quedo sobre todo con pertenecer a mi unidad y con la gente con la que trabajo.

Un piloto por sí solo no hace nada. Detrás de cada vuelo hay otros pilotos, mecánicos, armeros y muchísimo personal de mantenimiento y apoyo que hace posible que el avión esté en el aire. Al final, esto es un trabajo de equipo.

¿Qué sintió cuando le comunicaron que iba a dirigir una misión de la OTAN con medios de cinco países?

Sobre todo, responsabilidad. También lo vi como una muy buena oportunidad profesional para poner en práctica nuestra preparación y seguir perfeccionándonos en un entorno más complejo de lo habitual.

Y, por supuesto, es una satisfacción poder trabajar con compañeros de otros países aliados y comprobar que somos capaces de integrarnos y operar juntos con mucha naturalidad.

¿Qué pasa por la cabeza de un piloto cuando sabe que, durante unas horas, va a ser responsable de coordinar una misión multinacional?

La realidad es bastante menos espectacular de lo que puede parecer desde fuera. Cuando llega el momento de volar, gran parte del trabajo ya se ha hecho durante el planeamiento, que además es un trabajo de todo el equipo. Todo se estudia, se coordina y se revisa entre los participantes antes de subirnos a los aviones.

Una vez en la cabina, no estás pensando en que estás dirigiendo una misión en la que participan cinco países, sino en ejecutar lo que hemos planeado entre todos y en ir adaptándolo a las circunstancias o contingencias que puedan aparecer durante el vuelo.

¿Hubo algún instante de la misión especialmente tenso o que se le haya quedado grabado?

La verdad es que no, y creo que eso es precisamente una buena señal. Una parte fundamental del planeamiento consiste en intentar anticipar las distintas situaciones que pueden aparecer durante el vuelo y tener claro cómo actuar ante ellas.

Cuando te subes al avión sabiendo que el plan está bien trabajado y que no se ha dejado nada importante en el tintero, vuelas mucho más tranquilo y con mayor seguridad sobre lo que estás haciendo. Al final, una misión bien planeada suele ser bastante menos espectacular desde dentro de lo que puede parecer desde fuera.

¿Hay diferencias importantes entre la forma de trabajar de un piloto español, francés, polaco, checo o turco?

Claro que existen diferencias. Venimos de países, culturas e idiomas distintos y cada unidad tiene también su propia manera de trabajar. Pero ahí está precisamente uno de los grandes puntos fuertes de la OTAN, la estandarización.

Cuando entramos juntos en una sala de planeamiento, todos conocemos los mismos procedimientos, hablamos un lenguaje profesional común y sabemos cómo debemos trabajar para que la misión se desarrolle de forma coordinada, eficaz y segura.

Instituciones como el Tactical Leadership Programme de Albacete son un buen ejemplo de esa preparación conjunta, porque nos permiten entrenar precisamente esa forma común de planear y operar entre distintas naciones.

¿Cuáles son sus siguientes pasos a partir de ahora?

Ahora mismo, terminar bien el despliegue y regresar a Zaragoza junto con el resto del destacamento a comienzos de octubre. Después toca volver a la actividad habitual del Ala 15 y seguir entrenando y formándonos, porque esto es un aprendizaje continuo.

Y, después de pasar septiembre fuera, también habrá tiempo para volver a casa, estar con la familia y los amigos y, si se puede, disfrutar un poco de las fiestas del Pilar