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Lo que comenzó con la venta de ramos de flores en el Mercado del Carmen se ha convertido, cuatro generaciones después, en un negocio familiar a las puertas del cementerio de Torrero.

Actualmente las encargadas de dar forma a estas flores son Noemí y Yolanda Vielba junto a la hija de esta primera, Laura Garralaga.

Sin embargo, esta herencia familiar se remonta 86 años atrás. Los encargados de poner en marcha este negocio fueron los tatarabuelos de Laura.

"Empezaron vendiendo flores en el mercado del Carmen y ya de ahí se pasaron a la calle Zurita", recuerda Garralaga.

Además, ella misma matiza que, aunque ahora están su madre y su tía junto a ella, "todo esto viene por la familia de mi padre".

Sus tatarabuelos tuvieron un hijo, Joaquín, que se casó con Pilar (sus bisabuelos) y fueron ellos los que decidieron moverse a las puertas del cementerio.

"Ellos empezaron donde ahora está la puerta del Centro Deportivo Giner y entonces había cuatro quioscos", señala Laura. En este sentido, Joaquín y Pilar tuvieron a la abuela de Laura, quien trabajó en el quiosco 50 años, desde los 33 hasta los 83.

El negocio en las puertas del cementerio E.E.

Fue ella quien enseñó a Noemí, su nuera y madre de Laura. "Mi madre estuvo con mi abuela desde los 17 años, empezó en campañas de Todos los Santos, el Pilar o el Día de la Madre", señala Garralga.

Después, Noemí fue la encargada de enseñar el negocio a Laura y hace tres años comenzó a trabajar en la floristería, "antes venía los fines de semana a ayudar y pero ahora ya estoy fija".

"Yo esto lo he vivido de toda la vida, mi madre me ponía una caja y los claveles que se rompían me ponía a hacer que los vendía, también me venía con mi abuela a pasar alguna tarde", añade Garralga.

Flores para todos los eventos

El actual establecimiento abrió sus puertas hace cinco años. Desde entonces, el negocio ha experimentado una transformación importante.

La generación anterior estaba especialmente centrada en las flores para el cementerio, pero ahora, madre e hija han ampliado la actividad hasta convertir el quiosco en una floristería capaz de atender encargos muy variados.

"Mi abuela solo hacía cementerio y nosotras hacemos de todo, somos una floristería en la puerta del cementerio, cuentan Laura y Noemí.

El gran cambio llegó de la mano de las redes sociales, "le dije a mi madre, vamos a abrirnos a abrirnos al mundo y nos hicimos redes sociales y ahí es cuando todo empezó a agrandarse y dispararse", señala Laura.

En este momento es cuando Noemí le dijo a su hermana, Yolanda que les echase una mano. "Yo antes trabajaba en el mundo de los camiones y ahora aquí estoy", cuenta Yolanda con una sonrisa.

Uno de los momentos clave fue la ofrenda del Pilar de 2023. Desde entonces, los encargos relacionados con esta celebración han aumentado y el negocio ha empezado a trabajar también para colectivos y particulares que acuden a la ofrenda.

Otra parte del negocio E.E.

"La bandera de Argentina la hacemos nosotras y hasta el año pasado hicimos la de Honduras", señalan madre e hija.

Además, las redes también han servido para abrir otra vía de negocio: las bodas.

Ramos de novia, flores preservadas y todo tipo de composiciones forman parte de un gran catálogo en esta floristería.

Un trabajo con parte de dolor

Trabajar a las puertas de un cementerio tiene una particularidad que va más allá de preparar ramos. "Aquí tenemos que ser un poco psicólogas porque la gente viene con su dolor", señalan las floristas.

Las tres admiten que muchas veces "tenemos que salir a darle un abrazo a la persona".

Pero el trabajo también tiene otra cara. Las flores destinadas al duelo conviven con los ramos de regalo, los encargos para celebraciones y los ramos de novia.

En este sentido explican que "así se compensa un poco la balanza”.

Pese a los momentos malos y tras décadas entre flores, tienen claro que no se mueven de allí. De hecho, Laura responde con contundencia que "ojalá jubilarme aquí".

Y es que, el negocio parece tener continuidad porque la hija de Garralga con tan solo tres años, ya apunta maneras, "me dice, mami, vamos a vender flores" cuenta entre risas Laura.

Una tradición que ha recorrido Zaragoza de generación en generación y que mantiene intacta la esencia de sus comienzos: hacer de las flores su oficio y encontrar nuevas formas de mantener vivo un negocio familiar con casi noventa años de trayectoria.