Zaragoza
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Dicen que septiembre es el mes de los divorcios. El final del verano y la vuelta al colegio y al trabajo obligan a recuperar las rutinas y, con ellas, regresan también las prisas, el estrés, la ansiedad y los conflictos familiares. Pero, ¿es realmente septiembre un buen momento para replantearse una relación?

"El mejor mes para divorciarse es ninguno", sentencia el psiquiatra Luis Gutiérrez Rojas en una entrevista con EL ESPAÑOL DE ARAGÓN.

El experto ha visitado Zaragoza invitado por los colegios Sansueña y Montearagón, donde participa en su programa de formación de familias.

Gutiérrez Rojas impartirá la última sesión pendiente de los COEFs del curso 2025/2026, centrada en 'Las claves psicológicas y emocionales de las relaciones que perduran'. La sesión forma parte del programa de formación de familias de Sansueña-Montearagón, que aborda cuestiones relacionadas con la educación de los hijos y la vida matrimonial desde su proyecto educativo basado en la educación personalizada y en valores.

Matrimonio, hijos, familia, compromiso, educación, ansiedad, sobreprotección y vuelta a la rutina. La conversación con el psiquiatra fluye de un tema a otro.

Luis Gutiérrez Rojas responde de forma directa, sin demasiados rodeos y, en ocasiones, con afirmaciones que invitan al debate.

Septiembre suele asociarse con la vuelta a la rutina y también con un aumento de las rupturas. ¿Es realmente un buen momento para divorciarse?

¿Cómo así? Todos los meses son malos para divorciarse. También septiembre es malo. Yo creo que, cuando la gente se casa, tiene una familia y un matrimonio, todo parece mucho más complicado de lo que realmente es.

Al final, que dos personas se quieran, quieran estar juntas y, si pueden, tengan hijos, es algo natural. Lo que puede ayudar a que dos personas estén más tiempo juntas y, sobre todo, estén bien, es aceptar mucho más la limitación y el defecto del otro.

Habla de aceptar al otro. ¿Qué papel juega la comunicación en la pareja?

Cuando se dice que tiene que haber más comunicación, mucha gente lo traduce como: "Le voy a decir a la otra persona lo que no me gusta de ella para que cambie". Entonces la comunicación es un infierno.

La cuestión sería plantearse, sobre todo ahora que empieza septiembre y vuelven las rutinas: ¿cómo puedo hacer más feliz a la otra persona?, en vez de preguntarme cómo puede hacerme feliz a mí.

Cuando llevas tiempo con alguien ya sabes cómo es. No tiene mucho sentido preguntarle qué quieres que cambie cuando probablemente ya te lo ha dicho doce trillones de veces. Más bien planteate: ¿cómo puedo yo facilitar las cosas?

Amar y ser amado, darse a los demás, es muchísimo más enriquecedor que estar todo el día uno a su puñetera bola

¿Ese cambio de perspectiva también sirve para la familia?

Claro. Las personas más adultas, más estables, más maduras y más felices son las que piensan qué pueden hacer para cambiar una situación, no las que piensan cómo esa situación les beneficia.

En la familia ocurre igual. Las familias empiezan con conflicto cuando uno empieza a plantearse las cosas desde uno mismo: "Yo quiero ser feliz, quiero estar bien, quiero desarrollarme profesionalmente, quiero ser libre". Bueno, sí, pero tú ya tienes una responsabilidad y unos compromisos. No puedes hacer lo que te dé la gana.

Cuando uno acepta eso, sufre mucho menos. Porque descubre que amar y ser amado, darse a los demás, es muchísimo más enriquecedor que estar todo el día uno a su puñetera bola.

Y sin embargo, la sociedad es cada vez más independiente. Nos da miedo comprometernos.

Vivimos en un mundo en el que hay una crisis brutal de compromiso. A la gente le cuesta mucho casarse. Se retrasa mucho la edad para casarse y muchísimo la edad para tener hijos.

Hay muchos motivos sociales, culturales, profesionales y económicos, pero hay uno que está claro: el miedo a perder tu libertad, el miedo a comprometerme. Si me hipoteco, ya estoy pillado. Si tengo un hijo, ya no puedo hacer esto otro.

Pero no tomar una decisión ya es una decisión.

Por otro lado, cuando hablamos de familia, se da la circunstancia de que muchos hogares funcionan según la voluntad del niño. El otro día escuché que los hábitos alimenticios están cambiando porque se come lo que decide el menor...

Una familia no es una democracia. Si en una familia las decisiones se toman por mayoría y tienes varios hijos, la respuesta siempre será EuroDisney, PlayStation o Parque Acuático. Entonces no puedes tomar decisiones.

Los niños no saben hacer muchas cosas y preguntan a los padres: "Papá, ¿cómo se hace?". Si se cambian las tornas y eres tú quien pregunta continuamente al niño qué hay que hacer, el niño acaba pensando que es el que manda y que su padre es tonto, porque se supone que los adultos saben más que los niños.

Cuando los hijos se acostumbran a que se les dice lo que tienen que hacer y que su opinión no es la que manda, en la vida sufren menos.

Entonces, ¿qué deben hacer los padres?

Cada hijo tiene que asumir la responsabilidad que le corresponde en función de la edad que tiene.

Si tienes un hijo de dos o tres años, tiene que empezar a vestirse solo, a dormir solo y a acostarse solo. Cuando es más mayor, tiene que poner la mesa, hacer la compra o hacer los deberes.

Cuando cada hijo va asumiendo la responsabilidad desde pequeño, los hijos son autosuficientes, más libres e independientes. En Andalucía diríamos que son más espabilados.

¿Y qué ocurre cuando los padres hacen todo por ellos?

Tu vida se convierte en una angustia existencial brutal. Hay madres que acaban el día diciendo: "Es agotador". Claro, es agotador porque están todo el día detrás de la demanda.

Con las notas ocurre lo mismo. Si mis hijos sacan buenas notas para satisfacerme a mí, en muy poco tiempo dejarán de hacerlo. Si sacan buenas notas, no hay que darles un premio... Tendrán un abanico de posibilidades mayor. Si sacan malas notas, su abanico se reducirá. Ellos serán los responsables de su resultado.

El padre no debería estar todo el rato pendiente de si el niño estudia, si ha hecho o si ha dejado de hacer. Eso genera niños mucho más débiles, mucho más inmaduros y mucho menos libres.

¿También ve este exceso de protección en la universidad?

Sí. Yo trabajo en una universidad pública y veo padres que me preguntan por sus hijos. He tenido madres con ansiedad por este tema. Y pienso: ¿esto cuánto va a durar? ¿Novia también le vas a buscar? ¿Te irás a vivir con él cuando se case? ¿Cuándo va a asumir la responsabilidad de la edad que le corresponde?

Estamos en septiembre y comienza el curso. ¿Cómo pueden las familias afrontar la vuelta a la rutina sin convertirla en un infierno?

En vez de pensar que el verano es una especie de oasis de tranquilidad y que luego el curso académico es poco menos que el infierno, hay que plantearse la vida de otra forma.

No se trata de buscar cosas extraordinarias, sino de disfrutar de lo ordinario. Una noche puedes ver una serie juntos, jugar a la videoconsola o, el fin de semana, ir a la piscina. No hace falta gastar mucho dinero ni hacer cosas extraordinarias. Se trata de pasar tiempo juntos.

El verano tampoco es idílico. La gente discute, se pelea y también acaba cansada de las vacaciones.

Muchos padres sienten incluso alivio cuando empieza el colegio. ¿Hay que sentirse culpable por querer que vuelvan las clases?

Quizás hay que plantearse que las vacaciones no deberían ser tan extraordinarias. Parece que, para que los niños se lo pasen bien, continuamente tienes que buscarles un plan cuanto más alucinante, mejor.

La gente tiene que aburrirse. La creatividad nace del aburrimiento.

Cuando una persona tiene todos los huecos del día llenos, es muy difícil que desarrolle una parte interna, que sea poeta, que pinte o que lea. Mis hijos me dicen mucho: "Papá, ¿qué vamos a hacer? ¿Qué has pensado?". Y no siempre hay que tener algo pensado.

Pero la conciliación tampoco es sencilla. Muchos niños tienen extraescolares todas las tardes porque sus padres trabajan.

La conciliación no es fácil, pero a lo mejor tampoco es necesario que los hijos tengan extraescolares todos los días, todas las tardes.

Hay que decirles: "Esta tarde yo tendré que trabajar y tú te tienes que encargar de lo tuyo". Serán los deberes o lo que corresponda. Si tienes problemas, me puedes preguntar y yo te ayudaré, pero intentaré que esa ayuda se vaya quitando.

A lo mejor hay que hacer menos actividades y el niño podrá aburrirse.

¿Y qué hacemos con el móvil cuando el aburrimiento aparece?

Tendremos que ver la manera que tiene el hijo de tapar su aburrimiento, no mediante la pantalla. No tengo varitas mágicas y no es fácil. Pero cuando el hijo descubre otras cosas, aparecen alternativas.

Los niños cada vez juegan menos. Jugar es fantasear que eres un astronauta, un policía o que cuidas a un bebé. Eso cada vez pasa menos porque está todo muy informatizado.

Habrá que enseñarles a los hijos a jugar y, además, a que jueguen solos, si tienen hermanos es más fácil.

Volvamos al tema de las extraescolares. Muchos padres las ven como una forma de descubrir el talento de sus hijos.

No creo que porque uno aprenda alemán, chino o violín esté muchísimo más preparado. Creo que sería más útil que hubiera estado fantaseando con que era policía y que se hubiera relacionado con sus iguales.

Lo que más te prepara en este mundo y más capacidad te da es tu capacidad de socializar. Los niños tienen que relacionarse entre ellos, jugar.

Entonces, ¿qué es más importante que llenar su agenda de actividades?

Que aprendan a relacionarse. Cuando los niños juegan y se relacionan, se pegan, se dicen cosas y tienen conflictos. Y eso es buenísimo porque te prepara para la vida.

La vida es conflictiva.

Si uno tiene un hijo y lo protege continuamente, aunque le ponga siete extraescolares, está todo el día pendiente de él. Después va al mundo real y no sabe relacionarse. ¿Qué aparece entonces? La frustración, el miedo, la angustia y la ansiedad.

¿Y qué ocurre con los padres que quieren dar a sus hijos todas las oportunidades que ellos no tuvieron?

Hay muchos padres frustrados que piensan: "A mí no me dieron esas oportunidades". Pero para encontrar el talento, ¿tienes que tocar el arpa, el trombón, el violín...? ¿Cuántas cosas tienes que probar para descubrir el talento que tienes en la música? No veo nada claro que eso sea así.

Creo que tiene más sentido aprender a relacionarse en sociedad. Tendemos a familias muy pequeñas, muy metidas en casa, con menos juego y con grandes dificultades.

¿Nos estamos olvidando de preparar a los niños para el mundo real?

Sí. Por ejemplo, ahora los cumpleaños parecen minibodas. Si no es en la piscina de bolas, es el parque de atracciones o vas a ver a alguien disfrazado de la Abeja Maya.

Con eso acostumbras a los hijos a un mundo que no existe. En el mundo real ni te montan tanta fiesta, ni la gente te quiere tanto. Hay gente que te odia, gente que te critica, no llegas a fin de mes y tienes dificultades.

Esta especie de eclosión continua, como si todo fuera un parque de atracciones, no es la vida.

Hay que contemplar la naturaleza, escuchar música clásica, aburrirse. Y cuando mi hijo me dice: "Oye, ¿qué vamos a hacer?", puedo decirle: "Hoy no vamos a hacer nada". Eso no quiere decir que uno no haga nada, sino que el hijo tiene que descubrir lo que quiere hacer.

Para terminar, ¿qué tres consejos das a las familias en la vuelta a la rutina este septiembre?

El primero, instaurar cuanto antes el orden y la monotonía. La familia funciona bien cuando está estructurada y sabe lo que tiene que hacer, así que después del desorden del verano hay que recuperar cuanto antes las normas y las rutinas del día a día.

El segundo, que cada hijo, cada padre y cada madre tenga una responsabilidad dentro de casa. Así los hijos serán más libres e independientes y no estaremos siempre pendientes de lo que quieren, sino que serán partícipes de sus propios encargos.

Y el tercero, entender que no todo lo bueno está en verano, el día a día también puede ser mucho mejor.