A 630 metros de altitud y a 25 minutos en coche de la playa, La Vall d’Alcalà se erige en un enclave estratégico de La Marina Alta donde la belleza paisajística contrasta con la batalla contra la despoblación. Compuesto por Alcalà de la Jovada y Beniaia, este municipio rodeado de poblados moriscos y campos de cerezos afronta un reto singular.
Su alcalde, Pablo Martínez, quien suma 12 años al frente del Ayuntamiento, rompe con los tópicos sobre el medio rural al asegurar que la falta de empleo no causa la sangría demográfica. Por el contrario, el verdadero cuello de botella reside en la escasez de viviendas habitables y la parálisis urbanística.
El primer edil explica que la carretera de acceso se encuentra en buen estado de conservación, asfaltada y señalizada por la Diputación de Alicante, aunque las curvas resultan inevitables por la montaña, aunque sus 159 habitantes parecen estar bien acostumbrados a su orografía.
Sin embargo, cuando los potenciales nuevos vecinos intentan asentarse, tropiezan inmediatamente con la realidad inmobiliaria. Martínez remarca que las construcciones del casco urbano tradicional son casas muy antiguas que sufren problemas severos de humedad, deficiencias de luz y falta de instalaciones modernas como calefacción o aire acondicionado.
Aunque algunas personas alquilan inmuebles durante breves temporadas, el deterioro arquitectónico impide que se hagan el ánimo de residir de forma permanente.
Para revertir esta dinámica, el regidor defiende la urgencia de promover planes integrales de rehabilitación que permitan recuperar solares y viviendas en ruina.
En verano, el pueblo se llena.
En palabras del propio regidor, "al tratarse de un pueblo antiguo, no tenemos un plan urbanístico para poder crecer lo mínimo e imprescindible para ofertar algo de vivienda en condiciones, pública o privada".
Esta parálisis no solo impide construir casas para jóvenes, sino que trunca la habilitación de suelo para pequeñas iniciativas agroalimentarias, como una almazara local para procesar el aceite del valle.
Necesitan trabajadores
Esta encrucijada resulta especialmente paradójica al constatar las oportunidades laborales sin cubrir. El alcalde asevera con rotundidad la disponibilidad de empleo en la zona: "trabajo sí que hay, eso lo tengo que decir claro", explica a EL ESPAÑOL de Alicante.
Según detalla Martínez, el municipio padece una notable escasez de profesionales autónomos y pymes de servicios. La retirada por jubilación de antiguos artesanos exige la llegada urgente de albañiles, fontaneros y personal de mantenimiento, cuyas visitas desde localidades lejanas encarecen las obras.
Asimismo, existe demanda para el cuidado de ancianos, chóferes, camareros para la hostelería de fin de semana y trabajadores para la agricultura tradicional. La tragedia radica en que, al no haber casas libres ni almacenes disponibles, los profesionales no pueden afianzar un proyecto de vida.
En lo que respecta al día a día, Martínez expone que la reducida población estable impide la apertura de tiendas fijas de alimentación, por lo que los vecinos se abastecen mediante venta ambulante.
Un panadero acude a diario repartiendo también leche o huevos, un verdurero visita la zona una o dos veces por semana y una furgoneta de suministros llega los sábados.
Para compras mayores o atención médica continuada, los habitantes se desplazan a municipios cercanos como Planes, Pego o Alcoy, dado que el médico del sistema público solo pasa consulta un día a la semana en los dispensarios locales.
En el ámbito educativo, los pocos niños del pueblo se trasladan diariamente en autobús escolar a Planes, un servicio que funciona con normalidad. Pablo Martínez también explica que les hace falta más transporte público para incentivar la llegada de nuevos vecinos.
Pese a los obstáculos, el alcalde mantiene firme su empeño de transformar la localidad en un espacio dinámico. "Nuestra preocupación es que se recupere el pueblo, que haya vida de pueblo, que hayan niños, que haya trabajo y que veamos un pueblo con vida y con futuro", concluye.
