Alicante
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Hay una imagen que todavía se repite en algunos pueblos de España. Varias personas sacan una mesa a la calle, colocan unas sillas y pasan la tarde juntos, jugando a las cartas, hablando o simplemente haciendo vida de barrio.

En La Vall d'Ebo, en la Marina Alta, esta costumbre sigue muy presente. "Montamos una mesa en medio de la calle para jugar o nos reunimos en las casas", cuenta a EL ESPAÑOL de Alicante Elena Aura Devesa, de 27 años.

Lo curioso es que, según explica esta joven, en un municipio de apenas 231 habitantes hay incluso más vida social que en la ciudad. "Nos conocemos todos y nos juntamos casi todos los días", asegura. Una rutina muy diferente a la que llevaba cuando estudiaba en Alicante y vivía en Dénia, pero que hoy no cambiaría por nada.

Elena y su marido, Nicolás Mengual Barber, decidieron dejar atrás la vida urbana cuando surgió la posibilidad de hacerse cargo del restaurante familiar. Los padres de Nicolás, que gestionaban el establecimiento desde 2013, se jubilaron y la pareja vio una oportunidad para construir su propio proyecto de vida en La Vall d'Ebo.

La decisión no fue sencilla. Elena recuerda que sus amigas no entendían que quisiera marcharse a un municipio tan pequeño siendo tan joven. "Al principio, todas mis amigas me decían que estaba un poco loca porque con 22 años dejar la ciudad o Dénia para irme a un pueblo tan pequeñito resulta raro", reconoce.

Sin embargo, la oportunidad de continuar con el negocio familiar terminó decantando la balanza. "Pero surgió la oportunidad de coger el restaurante y dijimos: 'vamos a ello, ¿qué podemos perder?'", recuerda.

El interior del restaurante y sus vistas a la montaña de la Vall Cedida

Así comienza una nueva etapa al frente de Foc i Brasa, un restaurante que funciona como un negocio familiar. Su marido trabaja durante los fines de semana, su cuñada es la cocinera y otros familiares se encargan de la brasa.

La pareja, además, convierte el antiguo almacén situado sobre el restaurante en su propia vivienda. Un hogar construido a su medida cuando apenas tenían 22 o 23 años.

"En la ciudad tener una casa propia hecha a tu gusto a esa edad es inviable", señala Elena. Una de las ventajas que, a su juicio, ofrece el entorno rural frente a unas ciudades y municipios costeros donde el acceso a la vivienda se ha complicado especialmente.

Vida en la calle

El restaurante concentra buena parte de su actividad entre octubre y mayo y permanece abierto todos los días salvo martes y miércoles. Para atraer clientes de fuera, la familia trabaja especialmente el boca a boca y las redes sociales.

"No podemos vivir solo de la gente del pueblo; es un reto y trabajamos mucho el boca a boca y las redes sociales para que los clientes vengan a sentarse en esta terraza con vistas a la montaña", explica.

Fuera del restaurante, Elena encuentra una comunidad que también ha sido clave para que su adaptación sea tan rápida. En el pueblo hay un grupo de entre 20 y 30 jóvenes que organizan actividades y mantienen una relación estrecha.

Algunos jóvenes del pueblo reuniéndose en la calle. Cedida

En verano se reúnen en la piscina municipal, juegan al pádel y ocupan las calles con mesas para pasar el rato. En invierno, las reuniones se trasladan a las casas.

"La vida aquí es supertranquila; cuando cierras la puerta del restaurante estás rodeada de naturaleza y eso no tiene nada que ver con la ciudad", afirma.

La distancia ya no supone un problema para Elena. Pego está a unos 15 minutos en coche y Dénia o Gandia, a unos 40. A cambio, la joven disfruta de naturaleza, tranquilidad y una red social que, asegura, no encontraba del mismo modo en la ciudad.

Elena destaca que su historia no es única, sino que en los últimos años han llegado varias parejas jóvenes para quedarse. También cuenta la historia de una profesora de la escuela, una chica de 30 años que es de San Vicente del Raspeig. El año pasado, le tocó como destino Vall d'Ebo, y aunque al principio se sentía un poco sola, pronto comenzó a hacer amigos.

"Cuando terminó el curso le dio mucha pena irse y a nosotros que se fuera, pero este año ha sido ella, la que ha pedido trabajar en nuestra escuela", explica.

La Vall d'Ebo cuenta además con atractivos como la Cova del Rull, el Barranc de l'Infern, sus fuentes, neveros y rutas por la montaña, elementos que contribuyen a su atractivo turístico.

Algunos paisajes de Vall d'Ebo Cedida

"Hemos construido aquí nuestra vida y sinceramente me cuesta imaginarme en otro sitio", concluye. Y lanza un mensaje para quienes estén pensando en dar el mismo paso: "Si buscas tranquilidad, naturaleza y calidad de vida, lo recomiendo mucho".

Aunque también deja claro que no es un destino para todo el mundo: "Si te gusta estar todos los días en el centro comercial y salir de fiesta, no es tu sitio".

El problema: faltan casas

La Vall d'Ebo ha conseguido recuperar población después de tocar mínimos cercanos a los 180 habitantes. El concejal de Deportes, Tercera Edad, Educación y Fiestas, Pascual Durá, explicó en otra entrevista para este medio que el municipio supera ahora los 230 vecinos empadronados y cuenta con servicios como consultorio médico, horno-tienda, cajero y fibra óptica, así como también un bar en la plaza del pueblo y algunos restaurantes.

La reapertura del colegio también se ha convertido en uno de los símbolos de esta recuperación. Tras permanecer cerrado desde 2015, vuelve a funcionar en el curso 2024-2025 y actualmente cuenta con 12 alumnos.

"Una vez tocamos fondo, hubo un grupo de personas que dijimos que lo que hacía falta era reactivar el colegio", recuerda Durá. El problema ahora es encontrar viviendas para quienes quieren instalarse.

El municipio ha impulsado un banco de casas con alquileres de hasta 300 euros mensuales y trabaja también en un proyecto de coliving. Pero la falta de inmuebles disponibles sigue siendo un obstáculo.

"El verdadero problema que tenemos es la vivienda", explica el edil. Una dificultad que también conoce Elena Aura, que observa cómo el encarecimiento de Dénia, Oliva o Gandia lleva a algunas parejas jóvenes a mirar hacia los pueblos de montaña.