Alicante

La inmensidad del espacio hace que sea difícil comprender o tan solo imaginar su verdadero tamaño. El universo está vacío casi al completo. Las estrellas y los planetas representan una ínfima parte de su dimensión. Pero eso no quiere decir que la Tierra esté a salvo, ya que, aunque son muy improbables, existen colisiones entre objetos cósmicos. Para evitar un impacto que ponga en riesgo al ser humano, la Universidad de Alicante (UA) colabora en la primera misión de defensa planetaria de la historia contra asteroides.

La UA comparte nombre con la unidad de medida Unidad Astronómica (UA) con la que se mide las distancias en el sistema solar y que equivale a 150 millones de kilómetros, la separación entre la Tierra y el Sol. Aunque grande para el sistema humano, en cantidades espaciales el número es ridículamente pequeño.

En la oscuridad del espacio el cálculo utilizado es el de años luz, que equivale a 9 billones y medio de kilómetros. Es lo que tarda la luz en viajar durante un año. Muchos de los puntos brillantes que se ven en el firmamento son estrellas a cientos, miles o millones de años luz, por lo que si hubiera extraterrestres observando la Tierra con un supertelescopio podrían estar viendo la Segunda Guerra Mundial, la construcción de las pirámides de Egipto, a dinosaurios o ni siquiera saber de su existencia porque aún no han recibido la información.

En este contexto, es complicado pensar en la llegada de un astro que justo tenga en su dirección la esfera azul, pero nada es imposible, y aunque la mayoría de los asteroides pasan a grandes distancias de la superficie terrestre, las probabilidades de colisión existen. Según Adriano Campo Bagatin, catedrático de Física e investigador del equipo de Ciencias Planetarias del Grupo de investigación de Astronomía y Astrofísica de la UA, estos fenómenos ocurren "una vez cada decenas de miles de años".

La gran parte de las rocas que viajan por el sistema solar a miles de kilómetros de velocidad son inofensivas, incluso algunas llegan a la atmósfera y se desintegran antes de tocar el suelo. Las potencialmente devastadoras son las de cientos de metros y las que superan el kilómetro de tamaño. "De los asteroides kilométricos conocemos el 95 %, pero de 100, 200 y 300 metros hay muchísimos más y solo sabemos el 30 % porque son más difíciles de detectar al no reflejar tanta luz solar", explica el científico.

Para prevenir un apocalipsis, la NASA y la Agencia Espacial Europea (ESA por sus siglas en inglés) han desarrollado una misión de desvío de asteroides para estar preparados cuando llegue el momento de salvar a la humanidad de un golpe fatal.

La primera parte del plan fue la misión americana DART (Double Asteroid Redirection Test). La prueba impactó con éxito una nave espacial de media tonelada disparada a 22.000 km/h en el asteroide Dimorphos, consiguiendo cambiar su trayectoria. 

El dispositivo espacial LICIACube (Light Italian Cubesat for Imaging of Asteroids) de la Agencia Espacial Italiana (ASI) realizó más de 400 imágenes de los efectos de la colisión que ahora son interpretadas por un equipo internacional de investigadores, dirigido por el Istituto Nazionale di Astrofisica- INAF (Italia) y en el que participa el catedrático.

Representación de la misión DART de la NASA.

La segunda parte corresponderá a la institución europea con la misión HERA, que estudiará los efectos del experimento en el objeto para diseñar las futuras estrategias contra rocas potencialmente peligrosas. La UA está aportando modelos físicos y simulaciones numéricas para que sepan de antemano qué van a encontrar cuando en octubre se lance la nueva sonda hacia el asteroide seleccionado como conejillo de indias, que llegará en dos años desde su lanzamiento.

La nave europea estará seis meses alrededor de Dimorphos y cuando termine su labor se posará en él para poner el broche final a la operación. El asteroide en cuestión mide 800 metros, y su satélite 160 metros. "El 15 % de estos cuerpos tienen un acompañante", asegura el físico, quien indica que se eligió este en concreto por ser "el más accesible, porque hay que tener en cuenta la velocidad y la distancia debido a los altos costes del lanzamiento". El sujeto de pruebas ha tranquilizado a los científicos al comprobar que con un objeto del tamaño de una caja de zapatos se puede desplazar un gran asteroide.

Campo expresa que a partir de los 500 metros ya sería preocupante si se dirigieran hacía el planeta. "Un cuerpo de ese tamaño haría un cráter de unos 10 km y provocaría que el polvo subiera a la atmósfera, creando lo que se llama como invierno nuclear, con una onda expansiva que barrería el territorio, sería una catástrofe a nivel regional y continental", resalta.

La mirada de los astrofísicos está ahora puesta en Apophis, un asteroide que se dirige a la Tierra y que llegará en el año 2029. La roca, de 335 metros, es una amenaza real para el planeta. Pasará dentro de cinco años a aproximadamente 30.000 kilómetros de la superficie, a menor distancia que los satélites geoestacionarios.

Según los numerosos estudios realizados, rozará el planeta azul, pero cualquier desviación a causa de un impacto o por las influencias gravitatorias podrían hacer que se diera el fatídico encuentro. Si no es Apophis, será otro el que tenga como diana el planeta, por lo que los científicos trabajan para crear un sistema de defensa fiable que evite una desgracia cósmica.