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La Gloriosa Enseña del Oriol es mucho más que una bandera ceremonial. En Orihuela, el Oriol funciona como un catalizador de memoria histórica, un signo de continuidad cívica y un emblema que ha sobrevivido a cambios políticos, guerras, saqueos, restauraciones y reinterpretaciones simbólicas hasta convertirse en uno de los grandes referentes identitarios de la ciudad. Y por extensión, de la provincia de Alicante y la Comunitat Valenciana.

Su exhibición pública, en vísperas del 17 de julio, no responde solo a la liturgia festiva de las Fiestas de la Reconquista, sino a una tradición que enlaza el presente con un relato histórico de larga duración, profundamente arraigado en la cultura local y en la construcción de la identidad oriolana.

La enseña, también conocida como estandarte o señera, se ha convertido con el tiempo en una pieza patrimonial de enorme valor simbólico. Su condición de Bien de Interés Cultural, reconocida por la Generalitat Valenciana, subraya precisamente esa doble naturaleza: por un lado, la material, como objeto histórico de conservación delicada; por otro, la inmaterial, como soporte de una tradición que la ciudad ha transmitido de generación en generación.

En la práctica, el Oriol no es solo un resto del pasado, sino una representación viva de la memoria colectiva, algo que explica la intensidad con la que Orihuela preserva cada detalle del ceremonial que lo rodea.

Su origen se vincula al imaginario de la Reconquista y a la recuperación cristiana de la ciudad en el siglo XIII, aunque la tradición festiva asociada a su salida pública se remonta, al menos, a finales del siglo XIV y se consolida en torno a 1400, cuando comienza a celebrarse de forma estable el acto del 17 de julio. Desde entonces, el estandarte ha quedado unido a la celebración cívica y religiosa de Orihuela, a la procesión hacia la catedral y al acompañamiento de las patronas, Santas Justa y Rufina, en una secuencia ritual que ha dado forma a una memoria compartida de la ciudad.

El valor histórico del Oriol también se entiende por su singularidad material. No es una bandera cualquiera, sino una pieza antigua, trabajada con una iconografía propia que incluye el ave coronada que le da nombre y que remite a una larga tradición simbólica. Distintas referencias históricas y locales la describen como una de las banderas más antiguas de España y como un símbolo que comparte con otros emblemas forales del territorio valenciano la idea de privilegio, dignidad y excepcionalidad ceremonial.

Esa excepcionalidad se expresa en un protocolo preciso: la enseña se expone verticalmente, se maneja con enorme cuidado y conserva la norma de no inclinarse ante nadie salvo ante Dios y el Rey, una fórmula que ha reforzado su aura histórica y casi sacral.

El Oriol cumple la función de identidad de un pueblo o comunidad con eficacia: representa a la ciudad ante sí misma. La presencia de la corporación municipal, de los síndicos portadores, de las comparsas y del vecindario confirma que no estamos ante una pieza de museo, sino ante un símbolo en uso, activado por la comunidad para renovar su relato de origen y continuidad. En ese sentido, la ceremonia no solo recuerda el pasado; lo reinterpreta y lo vuelve a poner en escena.

La novedad de este año añade una lectura institucional que refuerza aún más el interés informativo del acto. La asistencia de Juanfran Pérez Llorca, por primera vez como presidente de la Generalitat Valenciana, sitúa la cita en una escala política más amplia y convierte la exposición pública de la enseña en un gesto de reconocimiento hacia Orihuela y hacia un patrimonio que trasciende lo local.

El actual alcalde, Pepe Vegara (PP), en el acto del año pasado. Ayuntamiento de Orihuela

La presencia del jefe del Consell no altera el sentido del ritual, pero sí amplifica su alcance: hace visible que el Oriol no es solo una seña interna de la ciudad, sino también una pieza relevante del patrimonio histórico valenciano.

Anécdotas históricas

La biografía material de la enseña está marcada por las cicatrices de la Guerra de Sucesión, un conflicto en el que Orihuela pagó cara su lealtad al bando austracista. Tras la capitulación de la ciudad en 1707, las tropas borbónicas comandadas por el Cardenal Belluga confiscaron y destruyeron el remate original de madera dorada de la enseña como un castigo ejemplarizante. Aquella pérdida, lejos de disolver el orgullo local, espoleó a la ciudadanía: en 1732, el platero Miguel Ruvira esculpió el actual pájaro de plata sobredorada, transformando el ultraje centralista en un fastuoso contraataque de identidad oriolana.

Aunque popularmente se defiende que representa al oriol u oropéndola -el ave que da nombre a la ciudad-, morfológicamente el diseño resultante se asemeja mucho más a un águila heráldica, provista de garras agresivas y una corona imperial. Esta mutación visual no es casual: refleja la sutil presión de las autoridades y artesanos de la época por asimilar el viejo emblema medieval a los códigos de la monarquía absoluta de los Borbones. El Oriol, por tanto, sobrevivió al siglo de las luces convertido en un híbrido físico, atrapado entre la devoción por sus raíces locales y la sumisión visual al poder del Imperio.

Al ostentar el rango de Grande de España por privilegio real, el Oriol goza de honores de Capitán General, lo que le prohíbe taxativamente inclinarse ante cualquier autoridad civil o eclesiástica. Para cumplir estrictamente con esta prerrogativa de "no inclinación", el Ayuntamiento debe recurrir a una ingeniosa solución de ingeniería: dado que la enseña montada sobre su asta es más alta que la puerta del balcón consistorial, el pájaro es descendido a la calle completamente erguido, en rigurosa posición vertical, mediante un sistema de correas y cuerdas de terciopelo. Este tenso balanceo en el aire es el reflejo físico de una soberanía que se niega a agachar la cabeza.

La turbulenta andadura del Oriol sumó un último capítulo de resistencia durante los convulsos años de la Guerra Civil española, cuando su triple condición de símbolo monárquico, aristocrático y festivo lo convirtió en un blanco evidente para la iconoclastia radical. Ante el riesgo inminente de que la valiosa pieza de plata fuera saqueada o fundida, un grupo de funcionarios locales y defensores del patrimonio oriolano urdió un plan clandestino para salvarla.

La enseña fue desmontada en estricto secreto y emparedada en un doble fondo dentro de los propios muros del Ayuntamiento, donde permaneció oculta y a oscuras durante tres años.

Previamente, la enseña había vivido una visita regia que debía haber acabado con su tradicional verticalidad. En la década de 1920, cuando Alfonso XIII viajó a Orihuela para inaugurar las obras de los riegos de La Murada, para recibir al jefe del Estado con los máximos honores, el Ayuntamiento aprobó una excepción histórica: sacar el estandarte de su vitrina fuera de la festividad de la Reconquista. Aquel encuentro con el abuelo del actual monarca dejó una paradoja protocolaria que alimentó el mito del pájaro durante décadas.

A pesar de encontrarse frente al mismísimo Alfonso XIII, no quedó constancia histórica de que la enseña llegara a perder su estricta perpendicularidad ante él. El Oriol recibió al rey, sí, pero se mantuvo tan erguido y firme como ante cualquier otro mortal, desafiando las expectativas del protocolo cortesano y defendiendo la altivez de un municipio que, secularmente, medía sus fuerzas de igual a igual con el poder central.

Hubo que esperar casi un siglo completo para que esa histórica "rendición de honores" pendiente se materializara de forma documentada. En octubre de 2019, tras las devastadoras inundaciones provocadas por la DANA que asolaron la Vega Baja, el rey Felipe VI y la reina Letizia viajaron a Orihuela para arropar a los damnificados. Fue en ese contexto de catástrofe y consuelo donde el Ayuntamiento decidió, como la mayor muestra de gratitud y deferencia institucional posible hacia la Corona, sacar nuevamente la Gloriosa Enseña a la plaza consistorial.

Allí, bajo el peso de la emoción del momento, el Oriol rompió su legendaria rigidez secular y, por primera vez ante los ojos de la historia contemporánea, inclinó físicamente su asta ante Felipe VI.