Este viernes, el Museo de Arte Contemporáneo de Alicante (MACA) se viste de gala para recibir a una de las figuras imprescindibles del arte español: Soledad Sevilla. Tras sus exitosas retrospectivas en el Reina Sofía y el IVAM, la artista aterriza en Alicante con una propuesta que es, ante todo, un reencuentro emocional.
La muestra abierta hasta el 17 de mayo se centra principalmente en la serie que la autora premio Velázquez dedicó a su gran amigo y mentor, Eusebio Sempere. Sevilla reconoce que exponer en este museo, nacido de la donación del artista de Onil, "es hermoso, es bellísimo... es como un broche final a esta serie".
Este paso por la ciudad era una deuda pendiente con el legado de Sempere. "Yo siempre lo pensé: 'Esto tiene que ir a Alicante, esto no puede no pasar por Alicante'. Para mí es muy emocionante", asegura al recordar sus años de amistad con el artista de Onil y con Abel Martín.
Los asistentes podrán contemplar en Esperando a Sempere un conjunto de obras que nacieron de una anécdota logística. Al encargar unos bastidores, Sevilla recibió unos formatos excesivamente grandes que decidió pintar mientras llegaban los definitivos. "Vi que me había pasado mucho de tamaño, que eran enormes, pero aún así los pinté, les di color", explica la creadora.
La exposición también invita a reflexionar sobre la supuesta frialdad de la geometría. Sevilla es tajante al respecto: "La geometría es tan cálida, tan rica y tan viva como cualquier otra expresión". Para ella, este estilo no es una estructura rígida, sino una forma de dar vida y vibración a la obra, tal y como aprendió observando a Sempere en el Centro de Cálculo de Madrid.
Sobre su proceso creativo, Soledad Sevilla asegura que se deja guiar por la intuición más que por la teoría. "Yo no pienso, yo voy trabajando, actuando... Sois los teóricos los que elaboráis luego esa teoría, ese análisis sobre esa obra que yo la he hecho de una manera intuitiva", razona con humildad.
Esa misma determinación es la que la llevó a defender la belleza en tiempos donde se imponía el "feísmo". La artista recuerda cómo su famosa instalación de los claveles nació tras ser rechazada por coleccionistas internacionales que alegaban que su obra tenía "demasiado buen gusto". Aquello, lejos de frenarla, la impulsó a usar elementos bellos directamente como arte.
Su carrera no ha estado exenta de obstáculos, especialmente por el hecho de ser mujer. Sevilla relata con dureza cómo, en sus inicios, sus propios colegas la ninguneaban: "A mí se me consideraba un poco como una ama de casa que pinta... había como ese punto de que tú no eras como ellos".
Sin embargo, su pasión se impuso a cualquier prejuicio. "Pintaba por encima de todo y pasara lo que pasara, eso era una vocación irrevocable", afirma rotunda. Para ella, el éxito en el arte es una combinación de talento y una "necesidad importante, única y vital de estar ahí".
Pese a su extensa trayectoria, la artista valenciana sigue sintiendo la misma pulsión que al principio, buscando siempre algo que parece escapársele. "Los artistas nos pasamos la vida pintando el mismo cuadro", concluye, subrayando que su trabajo actual con Sempere busca algo "emocional, invisible... que nunca consigues y por eso necesitas seguir y seguir".
