Sebastián Díaz (Hermosillo, 1995) dejó una vida cómoda en México para cruzar el Atlántico y embarcarse en el proyecto del Lucentum, el club adquirido por el grupo empresarial de su familia. Un año después, camina Alicante sin coche, se refugia en la Explanada, el Castillo o Santa Cruz para combatir la nostalgia y, tras casarse y traer a Alicante a su mujer, resume su nueva vida con una frase: "Estamos viviendo una luna de miel eterna".
¿Cómo fue la decisión de trasladar su vida a Alicante?
Al principio no estaba seguro. No conocía la ciudad, pero cuando me puse a investigar se veía bien bonita. Está siendo una muy buena experiencia y fue una buena decisión hasta ahora.
Se le ve muy identificado con la ciudad. ¿Piensa echar raíces aquí o se lo toma como algo temporal?
A México he regresado algunas veces durante este tiempo, una de ellas para casarme. Me traje a mi mujer para acá y los dos estamos encantados. Yo le digo, entre broma y broma, que estamos viviendo una luna de miel eterna aquí.
Para nosotros es un sueño esto, estar en una ciudad así, bonita y tranquila. Es el balance perfecto, porque somos muy tranquilos y no nos gusta el movimiento o el ajetreo.
¿Qué es lo que más le gusta de Alicante?
Algo que la gente de aquí ve normal, pero que para mi esposa y para mí es importante y valoramos muchísimo. Yo vengo de una ciudad de un millón de habitantes y en la que para todo hay que coger el auto. Alicante es una ciudad caminable.
Se puede ir a todos los lados paseando: al supermercado, al puerto, a la playa, a la farmacia. De hecho, no tengo coche. También me gusta ese ruido y esa vida que hay por las mañanas, con la gente tomando su cerveza o café en las terrazas. Tienes el mar en la puerta de casa, pero también la montaña cerca. Se está aquí muy padre.
¿Qué es lo que echa de menos de su tierra? El calor no será...
La media de Hermosillo son 40 grados. Pero este verano, desde luego, es algo que no he echado de menos de allí. Añoro lo que cualquier persona: la familia, los amigos y, claro, la comida.
En Alicante hay buenos y reputados restaurantes mexicanos. ¿Dan la talla?
Sí, están bien. Te quitan el antojo de nostalgia, aunque el picante no se usa tanto como allí.
Y de la gastronomía alicantina, ¿qué es lo que más le gusta?
Los arroces y las marineras. Me encantan.
Usted es un empresario joven que tenía una vida cómoda en su país y rodeado de su entorno. ¿Por qué aceptó la aventura del Lucentum?
Estaba bien allí, pero salió esta oportunidad y me hizo reflexionar. Yo jugué al baloncesto de chico, soy aficionado y mi tío abuelo fue jugador y disputó tres Juegos Olímpicos. Era una gran oportunidad: conocer otra cultura, otro país y, encima, involucrarme en un equipo de baloncesto.
Es una de esas oportunidades que no se le presentan a la mayoría de las personas. Y me dije: "¿Por qué no?". Le di a mi vida un giro de 180 grados. Si me lo dicen hace dos años, no me lo creo. Fue una decisión difícil, pero cada día que pasa estoy más convencido de que fue la correcta.
¿Qué le dijeron sus padres?
Mi madre, como todas, que me iba muy lejos, pero mi padre me animó y me pidió que le echara ganas. Me dijo que estaba seguro de que lo iba a hacer bien, porque saben que me gusta el deporte. Claro que se echan de menos, pero la tecnología me permite hablar con ellos y verles las caras todas las semanas.
¿A qué es a lo que no termina de adaptarse en Alicante?
Una cosa que me llama la atención son los horarios de los comercios. En México el horario es corrido, pero aquí cierran un rato por las tardes. Y además hay días que no abren... Como te quedes un día clavado en el ordenador, ya no comes. Bueno, no queda otra que adaptarse y al final te acostumbras.
¿Qué rincón de la ciudad es su favorito para perderse?
Es tan diferente para mí que todo me gusta. Pero creo que me quedo con La Explanada. Es el emblema de la ciudad y lo es por algo. Es el primer lugar al que llevo a la gente que viene de México a visitarme. También el Castillo, que ya he ido a visitarlo y son impresionantes las vistas que tiene, y el barrio de Santa Cruz, que es muy pintoresco.
¿Cómo es un día normal de Sebastián Díaz?
Desayuno, leo un poco las noticias y me vengo andando hasta el pabellón para estar aquí sobre las nueve. Y, dependiendo de la agenda, ya salimos a las dos o incluso a las ocho de la tarde.
¿Cómo mata esos momentos de nostalgia de la tierra?
O llamo o pido que me manden un vídeo de mis sobrinas saludándome. Esas cosas me llenan rápidamente de energía otra vez.
¿En qué posición jugaba al baloncesto?
Jugué de todo. Crecí rápido, entonces empecé de cinco. Y luego ya fui bajando, de cuatro, de tres... Me gustaba mucho lanzar triples. Ahorita me das un balón y todavía lo intento, pero no doy ni a la red. Destacaba por agarrar rebotes, tenía instinto peleón.
¿Qué jugador era su favorito? No vale decir Michael Jordan.
Empecé a jugar al baloncesto por Allen Iverson, por eso Filadelfia es mi equipo favorito. Luego llegó LeBron James y, claro... Yo lo seguía desde la preparatoria y han pasado 25 años y sigue haciendo lo mismo. Ahora se ha ido a Filadelfia, por lo que estoy más que motivado para ver la NBA.
¿Esta aventura alicantina tiene fecha de caducidad?
Soy feliz aquí. No pienso en si estaré tres años, cinco o diez. No lo sabemos. La decisión de venir fue mía y solo pienso en disfrutar de lo que tengo y no en lo que me falta.
