Los vendavales que encadenan este invierno la provincia de Alicante no son un simple capricho del tiempo, sino la consecuencia de un patrón atmosférico muy específico que está convirtiendo a la Comunidad Valenciana en un pasillo de viento más que en un territorio de lluvia.
Este invierno de 2026, marcado porun “tren de borrascas” muy activo, está dejando más avisos por viento que episodios de precipitación generosa en el sureste peninsular, y la combinación entre la trayectoria de las borrascas, la configuración de presiones y la orografía del interior valenciano explica por qué los temporales se viven en Alicante más como vendaval que como aguacero.
Lejos de tratarse de un fenómeno completamente nuevo, los temporales de viento ya formaban parte del catálogo de episodios adversos del Mediterráneo occidental. Así se puede observar en el archivo "Armicis" de Aemet.
Sin embargo, la sucesión de borrascas profundas en pocas semanas y el contexto de un invierno cálido y dinámico dan a este año un carácter especialmente llamativo: los avisos de la agencia meteorológica se repiten casi sin pausa y la sensación ciudadana es la de vivir en un “invierno de viento”.
El punto de partida está en el escenario de gran escala: una circulación del oeste muy activa sobre el Atlántico norte y la Península, con una corriente en chorro potente que ha ido dirigiendo una borrasca tras otra hacia el entorno de España.
Ese patrón ha dado lugar a un auténtico “tren de borrascas”, muchas de ellas profundas y con nombre propio, capaces de generar grandes contrastes de presión y, con ellos, rachas muy intensas de viento. Cada sistema frontal ha llegado con rapidez, descargando buena parte de la lluvia en la fachada occidental y en el centro antes de alcanzar el Levante, donde los frentes ya llegaban desgastados y con menor capacidad precipitante.
Para la provincia de Alicante el problema no ha sido tanto la ausencia de borrascas como la forma en que éstas se han colocado respecto al arco mediterráneo. Tras el paso de los frentes, se imponían vientos de componente oeste o noroeste, los clásicos ponientes y mestrales, que descendían desde la Meseta y el Sistema Ibérico hacia el litoral.
Ese descenso tiene una consecuencia doble: seca el aire, porque se recalienta al bajar de altitud, y lo acelera, generando rachas que superan con facilidad los umbrales de aviso meteorológico. El resultado: cielos cambiantes, nubes que pasan deprisa y una lluvia que, cuando llega, suele ser escasa o muy irregular, mientras el protagonista cotidiano es el viento.
La orografía del interior valenciano juega aquí un papel determinante. Las sierras de Aitana, Mariola, el Maigmó o el conjunto de relieves que separan la costa de la meseta actúan como una auténtica muralla frente a los flujos de oeste‑noroeste.
El aire, obligado a salvar estas barreras, se canaliza por valles y collados y se dispara al descender hacia la franja litoral alicantina, especialmente en comarcas como l’Alacantí, la Marina Baixa o la Marina Alta. Se trata de un mecanismo similar al conocido efecto foehn: el viento llega al mar más cálido y más seco, pero también más intenso, con rachas que pueden ser especialmente molestas en núcleos urbanos y zonas abiertas.
Cuando algunas de estas borrascas se han profundizado en el Mediterráneo, cerca del golfo de León, el cóctel se ha completado. La presencia de una baja activa al este y un anticiclón robusto al suroeste ha creado un corredor de isobaras muy apretadas sobre la fachada mediterránea española.
Esa “autopista de viento” ha reforzado aún más los temporales de mestral y poniente, extendiendo los vendavales desde Cataluña hasta la Comunidad Valenciana y, en ocasiones, también hacia Andalucía oriental. En Alicante, ese patrón se ha traducido en olas en la costa, árboles y mobiliario urbano puestos a prueba y una sucesión de alertas que llegaban casi semana tras semana.
Normal, pero no habitual
Los expertos recuerdan que los temporales de viento forman parte de la climatología mediterránea y que el Levante español ya ha vivido, en otras décadas, episodios de ciclogénesis en el golfo de León o de profundas borrascas atlánticas con consecuencias similares. Lo que singulariza a este invierno es, sobre todo, la frecuencia y la concentración temporal de estos fenómenos: en pocas semanas se han encadenado varias borrascas de impacto, con nombres propios y umbrales de aviso elevados, hasta el punto de agotar buena parte de la lista de denominaciones prevista para la temporada.
A ese rasgo se suma el contexto de cambio climático, con inviernos cada vez más cálidos y patrones de circulación que tienden a favorecer, en ciertos años, la presencia de potentes corrientes en chorro y borrascas más dinámicas, aunque eso no siempre se traduzca en más lluvia en todas las regiones.
En Alicante, la paradoja de este invierno es evidente: un ambiente más cálido de lo normal, un cielo a menudo revuelto y una sensación de temporal casi constante que, sin embargo, no se está plasmando en un exceso de precipitaciones acumuladas.
Por un lado, no se han registrado, de momento, los grandes episodios de inundaciones que acompañan a las gotas frías otoñales o a ciertos temporales de levante. Por otro, el encadenamiento de vendavales ha tenido efectos en la vida diaria: suspensión de actividades al aire libre, daños puntuales en infraestructuras, molestias en la navegación y preocupación en sectores como la agricultura, que ve cómo el viento deshidrata cultivos ya sometidos a estrés hídrico.
