Elche

"Debería estar muerto". José Manuel Sánchez Riera repite esta certeza varias veces durante la hora y media que dura la conferencia que ha dado el pasado jueves en el aula magna de la universidad CEU Cardenal Herrera de Elche, donde cada curso invitan a diferentes víctimas del terrorismo. Él también lo es, de un atentado en Irak en 2003 que mató a sus siete compañeros agentes del CNI.

Este madrileño ya no es espía, quiso seguir siéndolo después de aquel duro golpe, pero el estrés postraumático le llevó a salirse de la Inteligencia en 2014. Cambió de ciudad y en Valencia lo nombraron presidente de la Asociación de Víctimas del Terrorismo de la Comunidad Valenciana, cargo que sigue desempeñando en la actualidad. 

Previa a su charla ante una sala repleta de estudiantes que guardan silencio en todo el momento que dura su relato en primera persona, Sánchez Riera se excusa ante EL ESPAÑOL De Alicante, medio que le había solicitado una entrevista, ya que no se la ha concedido a ninguno en ningún momento. "Intento ser pudoroso porque mi presencia en un medio de comunicación va a despertar el recuerdo de estas siete familias", esgrime después ante el público a preguntas de los universitarios. Este es su mundo desde hace unos años, exponer ante varios tipos de audiencias su testimonio.

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Su anterior mundo, como cuenta en Elche, se quedó en Irak aquel 29 de noviembre de 2003 donde milagrosamente salvó su vida de un atentado cometido por insurgentes del país 8 meses después de que comenzara la invasión de la coalición liderada por Estados Unidos. "Si había motivos o excusas" para iniciar la polémica guerra, explica, no está en él la respuesta, tras aclarar que "es cierto que no había armas de destrucción masiva", como se aseguró en su momento, "pero no podemos simplificar porque cuando estabas allí y hablabas con los habitantes chiíes, estaban de acuerdo en la invasión; el 65% de la población iraquí lo estaba".  

Militar desde 1983 y agente del CNI desde 1992, José Manuel Sánchez Riera se presentó voluntariamente para ir al país de Oriente Próximo para relevar a otros agentes que estaban de retirada. Su misión -tras una exhaustiva formación previa- era la de "hacer labores de contrainteligencia para garantizar la seguridad de las tropas españolas", cuyo primer contingente estaba compuesto por 1.200 militares. "Íbamos a hacer el relevo entre diciembre de 2003 y enero de 2004, pero como somos psicóticos en el CNI, hicimos un viaje previo para ver el terreno", advierte. Llegaron el 26 de noviembre, tres días antes del ataque. 

Los nombres de los cuatro que acababan de aterrizar, incluido nuestro protagonista, y los cuatro que preparaban las maletas "tras tres intensos meses de trabajo" eran: Alberto, Carlos, José, José Carlos, Pepe, Alfonso, Luis Ignacio y José Manuel. En dos todoterrenos sin blindar y solo con armas cortas fueron a Bagdad, la misma ciudad donde el 9 de octubre fue asesinado en plena calle otro agente del CNI, José Antonio Bernal, por insurgentes. En ese clima de hostilidad, con atentados contra tropas occidentales cada poco tiempo, se desarrollaba esa visita a la capital. 

"Sí, no llevábamos vehículos blindados [tenían matricula iraquí para pasar desapercibidos], pero estaban pedidos y no podíamos llevar armas largas porque estábamos fuera de nuestra zona de actuación y veníamos a ser civiles", responde a preguntas de un estudiante. "Imaginaos qué pasaría yendo de civiles con armas largas si nos parase el ejército americano en un control...", se aventura a decir. 

Otra imagen de la conferencia que impartió este ex espía.

Ráfagas de Kaláshnikov 

Después de comer en Bagdad los 8, "emprendimos el regreso a la base". Para ello, debían recorrer 200 kilómetros por la conocida ruta Jackson, una autovía que llega hasta Diwaniya y Nayaf. A la media hora del trayecto "sin contratiempos", de repente "oímos el ruido de un motor que acelera y le siguen disparos", explica ante el silencio sepulcral de la sala del CEU. "Pasé dos o tres minutos de puro pánico, sin entender nada", rememora. Llueven ráfagas de Kaláshnikov que impactan mortalmente en el conductor de uno de los todoterrenos, Alberto, y también hieren de muerte a otro de sus ocupantes.

El segundo vehículo también se ve afectado "y pasó lo mismo", que muere el conductor, Alfonso y acaba saliéndose de la calzada. José Manuel y Luis Ignacio son los únicos que quedan ilesos, así que intentan resguardarse del fuego "detrás de las ruedas"; "solo podíamos cubrirnos allí y esperar", relata. Ambos pudieron hacer tres llamadas para ser socorridos, dos a la brigada española y a la polaca en Irak, "pero no cogieron el teléfono". A la tercera, a Madrid, fue la vencida. "Cuando estábamos enviándole las coordenadas GPS empezamos a recibir fuego de unas casas a 50 metros".

"Solo teníamos una pistola ametralladora, ineficaz para más de 10 metros", comenta este exespía. "Yo hice un disparo y dejó de funcionar", agrega. El compañero Carlos, a continuación, le pide a José Manuel que vaya al segundo vehículo" y eso es determinante "porque yo estoy vivo en parte porque Carlos me cubrió". "Llegué bien al segundo vehículo, me quedé en el sitio quedaba libre en la rueda delantera izquierda y, al poco rato (no tengo en realidad noción del tiempo, dicen que duró media hora) me da algo en el costado, que después me dijeron que sería el rebote de una bala, la única herida que tuve", prosigue.

Entre Luis Ignacio y él deciden que es este militar madrileño el que tiene salir de allí "en busca de un coche" para huir. "Crucé la carretera, intenté parar un vehículo que no paró, y a 200 metros, como estaban parados los coches ante los disparos, se me acercó gente que empezó a agredirme", afirma. "Y como curiosidad, un señor mayor se bajó de un autobús y me tiró una zapatilla", asegura. Pero lo peor y más curioso aún estaba por llegar.

El beso de un desconocido

En medio de ese linchamiento, alguien le quitó el cinturón que llevaba, lo maniató con él y lo metió en un maletero. "Era tal el caos que pude salir yo mismo de él", indica. Y la muchedumbre siguió pegándole, "no todo el mundo, había gente que me miraba y no hacía nada", aclara. Todo cambió con la aparición de un iraquí "que no vestía de occidental como es costumbre allí, llevaba túnica pero aclaro, no era un clérigo como se ha dicho en alguna ocasión". En definitiva, un desconocido que se acercó a él y le dio un beso en la mejilla. "A partir de ese momento deja de haber violencia y un taxista se ofreció a llevarme a la ciudad, como hizo", dice ante las miradas de asombro del público. 

Más tarde, a preguntas de un estudiante, aclara. "Después subimos quién era ese hombre porque era familia de uno de nuestros contactos en nuestra zona de actuación". Pero "este hombre me salvó sin saber nada de mí", aclara. Y es que, en el Islam, "un beso significa que te conocen, dos que tienen bastante relación contigo y tres que sois de la familia. Él me dio uno e hizo como que me conocía, avisando a todos" los presentes de que frenaran las hostilidades

Un beso redentor y un capellán consolador. Eso es lo que encontró horas más tardes en la base americana donde pasó la noche "fumando con otros soldados de guardia porque no podía dormir". Y eso que hacía dos años que había dejado el tabaco. Había llegado allí tras volver al escenario del atentado con un sargento español horas después. "Cuando nos acercamos con el coche lo primero que hizo fue agacharme la cabeza y decirme 'todos tus compañeros están muertos'".

Él no estaba para dormir y en la base de EE. UU. había un capellán americano, "un hombre metodista, casado y con cinco hijas", con el que también pasó la noche. "Me preguntó que qué religión practicaba, le dije católico y me dio un rosario", avanza. "Le dije que no podía dormir, que habían muerto todos mis compañeros, y me contestó que él perdía a los suyos un día sí y uno no", recuerda. 

Al día siguiente montaron un convoy "para recibir a mis compañeros, y cómo me vería el capellán que se montó conmigo en el coche..., sin necesidad de hacerlo y arriesgando su vida, para que estuviera tranquilo", dice José Manuel, agradecido con el gesto. "Tras el atentado pensaba que iba a morir, que yo no iba a salir vivo de Irak", confiesa. ¿Te arrepientes de haber entrado al CNI o en Irak? "Arrepentirse no sirve de nada, no me arrepiento, volvería a hacer lo que hice y si no igual, algo parecido".