Traiciones íntimas

Sokolov y la banalidad

  1. Opinión
  2. Columnas de Opinión
  3. Televisión
  4. Corazón
  5. Juan Marsé

El mismo día puedes escuchar a Grigori Sokolov en una inconmensurable interpretación del Preludio núm. 20en Do menor de Chopin, o puedes someterte a cualquier majadería televisiva como, por ejemplo, el Hora Punta de Javier Cárdenas. Tú eliges. Las dos experiencias son, sin duda, diferentes, y desde luego no hacen lo mismo con tu cerebro. Parecen del todo incompatibles, pero ambas son posibles.

El problema para nuestra sociedad es que el interés que despiertan una y otra opción se revela del todo desigual: casi dos millones de personas siguen el programa de TVE, y solo 2.324 pueden llenar el Auditorio Nacional para escuchar al pianista ruso deslizando sus dedos por el teclado de un Steinway & Sons.

Cada vez se banalizan más los contenidos de la televisión, la radio o incluso de los periódicos. Por eso, cada vez resulta más sencillo hacer un programa de televisión carente de la menor inteligencia y, sin embargo, disfrutar de al menos cierto éxito con él. Por la misma razón, la conquista de nuevos adeptos que exploran más allá de los límites en cualquier disciplina artística se muestra poco eficaz, y esquiva.

A medida que se asiste a la permanente trivialización de la oferta que se puede encontrar en muchos medios de comunicación parece más evidente que se arrincona a quienes prefieren que se priorice el ingenio, el riesgo, la brillantez.

Ya cantaba Ariel Roth en 2003 en “o se” que “al estilo lo llevaron detenido/la elegancia ahora viaja en ambulancia/parece que el buen gusto estuviera prohibido/voy a encender una vela por si aún queda una esperanza”. Pero lo siento, Ariel: si queda, es muy poca.

La mayoría sigue enganchada a programas torpes y vulgares; muchos continúan queriendo saber si ese cantante es gay, o si aquella escritora tiene roto el corazón porque la abandonó -qué injusticia- su novio, ahora en otra relación. No interesa tanto si la última composición de Dani Martín reúne los mínimos de calidad exigibles; o si la obra de Lucía Etxebarria que ganó el Planeta es de verdad “bochornosamente inane”, o la de Maria de la Pau Janer un “engendro novelístico”, como cree Juan Marsé.

En otros engendros, estos audiovisuales, como Dónde estás corazón o Aquí hay tomate, se ironizaba, en tiempos del disco de Roth, sobre si Paulina Rubio tenía intereses bisexuales. Afortunadamente -aunque tarde-, todavía hay quien censura el cotilleo, como el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, que acaba de condenar éste con contundencia al considerar que se ha violado el derecho a la intimidad de la cantante mexicana.

La Constitución asegura, en su artículo 18, que todos tenemos derecho “al honor y a la intimidad personal”. Debería haber, también, un artículo que amparara a la población de los males que provoca la telebasura; o, al menos, una norma disuasoria que propusiera algún correctivo imaginario para quienes consumieran demasiada, porque un poco ya es demasiada.

Mejor que destruir las capacidades intelectuales con cualquier tipo de arte-basura es, sin ninguna duda, alimentarlas leyendo a Munro o a Philip Roth. Mejor, quién lo puede negar, que sentarse a escuchar sandeces irrelevantes frente a un dispositivo tecnológico es regalar al sistema auditivo y sensorial una melodía interpretada por Coltrane o por Charlie Parker.

Mejor, mucho mejor, que echar el tiempo al icono de la basura es asistir al momento en el que Sokolov, posiblemente el mejor pianista vivo, palpa la inmortalidad al hacer sonar la Fantasía y Sonata en Do menor K.457 y 475 de Mozart.