Sin soltar amarras

Los homófobos

Hace más de veinte años, cuando estaba en la universidad, mi amigo J. sufrió una agresión homófoba. Un grupo de chavales le dio una paliza brutal que lo dejó medio muerto en la calle. Hubo gente que presenció los golpes, pero no intervino. Luego, al presentar la denuncia, J. no encontró precisamente empatía en los hombres que le atendieron, como si pensasen que de alguna forma su tendencia sexual le hacía merecedor de los palos recibidos. Sé que suena espantoso, pero es que así fue. Nadie se prestó a hacer de testigo. Los culpables no fueron encontrados, y la agresión quedó impune.

Hace unos días, un chico al que conozco pasó por algo parecido: un grupo empezó a hostigarle en el metro, y a la salida recibió patadas y puñetazos por parte de aquellos malnacidos, machirulos ellos. Al día siguiente puso el caso en conocimiento de la asociación Arcópoli. Desde allí le asesoraron sobre cómo proceder, le aconsejaron que denunciase y le acompañaron a comisaría, donde recibió su caso fue tratado con el respeto que uno espera en una sociedad civilizada. El caso está siendo investigado y es posible que consigan localizar a los agresores.

Es terrible que estas cosas sigan pasando. Que un chico tenga que enfrentarse a la mínima falta de respeto por su condición sexual, no digamos ya a una cascada de golpes. Que haya personas capaces de hostigar a otra sólo porque es distinta a ellos. Que cobardes fortalecidos por el grupo quieran imponer la ley del odio. No sé si la educación, la presión social y la labor de los medios de comunicación servirá algún día para que deje de existir gente así, gente salvaje que enturbia el mundo y lo hace un lugar mucho peor. Pero algo hemos cambiado con respecto a hace veinte años, cuando pegaron a mi amigo: ahora quien sufre una agresión sabe que cuenta con instituciones dispuestas a brindarle apoyo, que hay gente profesional a la que acudir, y que a ningún policía se le ocurre mirar con una sonrisita de desprecio a un chico gay con el labio partido.

Quizá es en eso en lo que se notan los pequeños pasos que vamos dando hacia una sociedad verdaderamente libre, verdaderamente moderna, verdaderamente civilizada donde los homófobos sean una especie extinguida. Hasta entonces habrá que seguir trabajando y reconociendo la labor extraordinaria de colectivos como el de Arcópoli, que tejen su red de asistencia para amparar a un chico asustado que ha sido víctima de la intolerancia y la barbarie.