Vísperas del 36

El conde de Romanones

(19 de noviembre de 1935, martes)

Carlos Rodríguez Casado

Carlos Rodríguez Casado

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Resumen de lo publicado. -Josep Pla sigue tratando de indagar en el escándalo del estraperlo, que ha dejado fuera del Gobierno a Alejandro Lerroux. Ahora, entrevista al conde de Romanones con el objeto de hallar novedades.

- Señor conde, por favor.

- ¡Hombre, Pla! ¡Cuánto tiempo sin verle! Ya me han dicho que está usted indagando sobre este escándalo de calderilla. Me extrañaba que no se acercara... 

El conde de Romanones era de los políticos más estrafalarios y también de los más odiados del panorama madrileño. Estaba entre dos fuegos: los monárquicos consideraban que había hundido la monarquía y los republicanos toleraban mal que se inscribiera, en el Congreso, como monárquico. Era un provocador nato, que lo mismo podía presentarse en las Cortes del bienio azañista con abrigo de pieles, chaqué y calzado reluciente, que pasearse por la Casa de Campo en mangas de camisa, el cuello abierto y sucio, las botas embarradas. Cojo de nacimiento, llevaba bastón, y su expresión, con esa mandíbula saliente, boca cínica, nariz insolente y ojos observadores, resultaba perturbadora. Además de no morderse la lengua, cada vez estaba más sordo y hablaba a voz en cuello.

- Supongo que me querrá tantear para ver si le cuento algún secreto… Pero ya sabe que no hablaré más que bajo tortura y en presencia de mi abogado… Claro que mientras llega –le guiñó el ojo- no tengo inconveniente en soltar alguna perla sobre la conspiración de nuestros amigos socialistas…

Romanones era todo un personaje. Cuando cayó el Gobierno Samper, estuvo entre los que más gritaban contra la farsa gubernamental: “¡Que dimita, que dimita!”. Pla lo había visto golpeando con el bastón en el suelo, indignado como el peor jacobino, como si aquello fuera la Convención misma. Era el Talleyrand castellano. Ni siquiera Lerroux le ganaba en camaleonismo y marrullería. No había nadie que conociera tan bien los entresijos de la Cámara. Aquel viejo zorro había atravesado la Restauración, la dictadura de Primo de Rivera y la de Berenguer, a quien abandonó miserablemente. Y por supuesto no podía faltar en la República, donde seguía teniendo influencia. Era el único gran terrateniente que se amoldaba al régimen. Incluso cuando empezaron las reformas agrarias, parecía el más entusiasta: “Hombre, a los propietarios no nos gusta hacer sacrificios, pero tratándose del bien común…”. No había nadie tan capaz de compadrear con sus propios enemigos. A diferencia de Lerroux y don Niceto, que eran, los dos, hombres del siglo pasado, decimonónicos, Romanones había sabido entender las exigencias de los nuevos tiempos. Él había iniciado a Alfonso, de muchacho, en la política, y a él acudió el rey para salvar su trono, y fue quien le aconsejó la abdicación. Cuando la reina y sus hijos subieron al tren, para emprender el viaje al exilio, en la desierta estación de El Escorial, Romanones, que los acompañaba, se justificaba diciendo que si no lo hubieran hecho probablemente habrían perdido la vida, “y al resto de nosotros nos habrían cortado el cuello”. De la manera en que se habían hecho las cosas, no se había derramado una gota de sangre. Los demás diputados le respetaban de forma instintiva y no había nadie que osara rechazar su mano cuando pasaba. Eso le animaba a seguir acudiendo al Congreso. 

- Tengo prisa, pero me da la impresión de que su hombre es el señor Martín Luis Guzmán, un exiliado mejicano afincado en Madrid y llamado familiarmente el Generalito, muy apreciado por Azaña, quien hace especial caso de sus informaciones... Tengo entendido que su compatriota Strauss le escribió desde La Haya este verano, informándole de sus desventuras. No le puedo aclarar más, pero a partir de ahí estoy seguro de que un buen periodista como usted puede seguir tirando solito del hilo –dijo, metiéndose en el lujoso Mercedes que esperaba en plena carrera de San Jerónimo.

 Era un trance habitual. Cada vez que había turbulencias, más de uno se le acercaba a preguntar por las últimas informaciones. Por lo demás, fiel a su feroz independencia, Romanones había sido el único durante todo el asunto del estraperlo en acercarse al banco de Lerroux, que estaba solo como un apestado, y sentarse a su lado a departir amistosamente, delante de todos. El conde siempre encontraba la manera de significarse.

- ¡Siga indagando, Pla! –exclamó, según arrancaba su automóvil -. ¡Y escriba bien de mí!

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