Vísperas del 36

Largo Caballero regresa a casa

(6 de diciembre de 1935, viernes)

Carlos Rodríguez Casado

Carlos Rodríguez Casado

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  3. Francisco Largo Caballero
  4. Alejandro Lerroux

Resumen de lo publicado.-Lerroux continúa siendo investigado por la comisión. La policía llama a la puerta de Largo Caballero.

-Bueno, ya estoy aquí.

Los obreros de la construcción vivían generalmente en Tetuán, los metalúrgicos en Vallecas, los tipógrafos en Chamberí, marmolistas, picapedreros, tallistas y soladores en las Ventas; carpinteros en las Vistillas o en la Guindalera. Los empleados de transporte en Chamartín de la Rosa o en Pacífico, igual que muchos plomeros y fontaneros. Los de teléfonos y electricistas, en Fuencarral. Eso era el cinturón exterior de Madrid y en el centro estaban los parásitos del comercio y la banca, curas e intelectuales. La primera casa de Largo Caballero estuvo en la calle de Eloy Gonzalo. Pero más tarde sus compañeros García Quejido y Vicente Barrios compraron en terrenos colindantes con la Dehesa de la Villa unas parcelas de a diez céntimos el pie en la calle Pirineos. Una sociedad afín se encargó de construirles viviendas baratas a pagar en veinte años. A Largo Caballero le ofrecieron una parcela y un amigo de infancia y constructor apreciado por los socialistas, le hizo la casita de una planta donde residía desde entonces. No obstante, últimamente el líder ugetista había pensado que su domicilio en la Dehesa de la Villa podría ser poco seguro para él y su familia y había decidido mudarse a un piso de alquiler en la calle de Viriato, muy cerca de la plaza de Chamberí, donde había nacido.

Hoy, al bajar del taxi que lo traía desde la Cárcel Modelo, a cuya puerta había sido acogido por vítores de centenares de personas congregados en la calle de Blasco Ibáñez, el placer era doble. Acompañado de su hija, aspiró con fuerza.

-Huele a hogar –dijo.

-A mamá le habría gustado.

Aquello fue un recuerdo amargo. Al severo y enjuto Largo Caballero, tan rígido en sus costumbres, le costaba encajar la ausencia de su esposa, Concepción. Cerró los ojos y sacudió la cabeza. Mejor pensar en cosas prácticas.

-Me dicen que Prieto está en Madrid, ¿has tenido alguna noticia?

-Que yo sepa, a don Inda no se le ha visto todavía. Seguirá en la clandestinidad.

- No, ya está de vuelta, intrigando y haciendo las cuentas de la lechera… Les está diciendo a los compañeros que después de darles la mayoría parlamentaria a los republicanos, será inevitable que fracasen en el Gobierno, porque no conseguirán cumplir sus promesas electorales, y entonces se verán obligados a entregarnos el poder…

La familia Largo Caballero, como la de cualquier dirigente obrero, estaba acostumbrada a las complicaciones. La vida del padre era un continuo entrar y salir de la cárcel. Unas veces porque conspiraba y otras porque se sospechaba de que conspiraba. Cualquier anuncio de huelga bastaba para que se le encerrase hasta que el Gobierno consideraba pasado el peligro. En los juzgados de instrucción era muy conocido y transcurría poco tiempo sin que se le procesara, por lo civil o lo criminal. Esto resultaba molesto, y en la familia siempre estaban intranquilos. Cuando la revuelta de Barcelona contra la guerra de Marruecos, el año nueve, lo sacaron de casa a las dos de la madrugada, estando en cama y con fiebre de cuarenta grados. En la Modelo y por la insistencia de Pablo Iglesias, pasó a la enfermería. Sufría de fiebre tifoidea y al ponérsele en libertad, como no podía tenerse en pie, lo trasladaron en coche a su domicilio. Estuvo encamado tres meses y aún no había pisado la calle cuando recibió una nueva papeleta de citación del juzgado. En otra ocasión, con la huelga revolucionaria del 17, lo tuvieron incomunicado en Prisiones Militares y le dieron como lectura Las últimas veinticuatro horas de un condenado a muerte, de Víctor Hugo. Aquella vez, tras pasar por el consejo de guerra, lo enviaron a Cartagena, con Besteiro y otros compañeros, cargados de grillos, en un coche jardinera como los que se utilizaban en Madrid para ir desde Ventas al cementerio del Este. Allí esperaba el traje pardo del presidiario y la foto que luego publicó el ABC.

-Lo que sí se habla mucho es del robo de la plazuela de la Villa…

No llegaron ni a comentarlo, porque llamaron a la puerta.

-Padre, son policías.

-¿Tan pronto? ¿Qué quieren ahora?

-Dicen que no es cuestión política. Sencillamente quieren confirmar que lo del atraco de la plazuela de la Villa no tiene nada que ver con los socialistas.

-Diles que ahora mismo estoy con ellos –suspiró Largo Caballero.

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