Real Madrid

Los motivos de la euforia en Chamartín

Hace solo un mes, ¿quién hubiese imaginado un final de temporada tan halagüeño en la casa blanca? Zidane templa la ola de optimismo que recorre el club tras la victoria ante el Wolfsburgo.

Celebración de la victoria ante el Wolfsburgo.

Celebración de la victoria ante el Wolfsburgo. Reuters

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Ganar 3-0 al Wolfsburgo (un club seis o siete veces más pequeño que el Real Madrid) no era una gesta, sino una obligación. La pobre temporada del equipo exigió una "noche mágica", como había pedido Ronaldo, el héroe, y el madridismo respondió en masa para superar una situación dramática. Una vez evitada, el entusiasmo ha regresado a Concha Espina. Trabajadores del club se juegan 50 euros a que el equipo gana un título esta temporada. El 2 de abril, a las 21.45, los de Zidane parecían desahuciados: perdían 1-0 frente al Barcelona, que le sacaba entonces 13 puntos. Cuatro días después fueron derrotados en Wolfsburgo. 'Zizou' insiste en ser prudente y disimuló cualquier ambición excesiva tras la victoria del martes. Pero la nueva esperanza blanca existe y se fundamenta en estas razones:

El regreso de las remontadas

Justo cuando empezaba a dudarse de él, el 'espíritu de Juanito' reverdeció en el Bernabéu. El equipo merengue no superaba una eliminatoria europea tras perder el primer partido desde 2002 (Bayern de Múnich). Desde aquella remontada, el Real Madrid lo había vuelto a intentar en ocho ocasiones. Infructuosamente. Aquel año, la volea de Zidane llevó al club a conquistar la 'Novena'. Desde el banquillo, el francés ha logrado el 'milagro' de recuperar la magia europea de Concha Espina a 90 minutos de un descalabro de proporciones inconcebibles.

La 'resurrección' de Cristiano

La demostración de fuerza y liderazgo de la estrella portuguesa ante los alemanes augura un final de temporada con sensaciones fuertes.  Criticado durante toda la campaña por su tendencia a maquillar malas actuaciones contra rivales poderosos con borracheras de goles frente a equipos débiles, lastrado por ciertas salidas de tono con la prensa, perseguido por el rumor de su próxima salida del club, Ronaldo ha callado miles (millones) de bocas con su actuación del martes. Acaudilló al equipo en su día crucial (como había hecho en Roma, hace poco más de un mes) y va camino de firmar una temporada estratosférica en cuanto a eficacia goleadora: es 'pichichi' en Liga y Champions y acumula 46 goles cuando quedan aún seis semanas de competición. Su entrenador le hizo un regalo insuperable: calificarle en público como "el mejor jugador del mundo".

El bajón del Barça

La victoria en el Camp Nou fue la primera señal indudable de la crisis (o minicrisis) culé. Precisamente cuando los de Luis Enrique acariciaban el título liguero y se empezaba a rendir pleitesía a su equipo, considerándose incluso superior al de Guardiola, la gasolina se ha terminado en Can Barça. La apoteosis blaugrana era el contrapunto lacerante para la nave blanca, extraviada en una segunda temporada estéril que enfrentaba su modelo gerencial a la 'filosofía deportiva' recreada por Johan Cruyff en un debate que, casi siempre, le deja en mal lugar.

El amago de implosión barcelonista (refrendado en Anoeta) excita al madridismo, que de verse abocado a comparaciones odiosas revive en diez días, se coloca a sólo cuatro puntos de los azulgranas en Liga y podría incluso ver pasar el cadáver de su rival si el Atlético le venciera en el partido de Champions que estaba aún disputándose al cierre de esta edición. La hipótesis de un enfrentamiento en la máxima competición continental es mucho menos aterradora que hace tres semanas. Benzema avisó tras el partido del Wolfsburgo: "Podemos hacer algo este año".

La unión del grupo

Zidane, el 'rey mago' que vino para enderezar un equipo desmotivado y sin rumbo, ha logrado con su carisma y su política de atenciones al jugador (el "cariño para todos") recomponer la solidaridad del once en el campo. El Madrid no juega siempre bien, pero juega más junto. El compromiso de los atacantes con el técnico se traduce en un mejor repliegue y un mecanismo de ayudas propio de un equipo campeón: algo que el supuestamente 'defensivo' Benítez sólo logró en un par de partidos entre finales de septiembre y primeros de octubre. Los jugadores no creían en él, se aburrían con sus métodos y le tenían en poca estima. Un vestuario endiosado al que se le había tratado "demasiado bien" (según la directiva) necesitaba un líder al que pudieran admirar. Los blancos pueden mejorar mucho todavía, pero se parece más a un conjunto de voluntades enfocadas a un fin colectivo. Zidane se dedica a templar cualquier arrebato de euforia exagerada: "Hay que seguir, aún queda mucho, el sábado [Getafe, en posiciones de descenso] tenemos otro partido complicado".

La recuperación física

Además del valor del cariño y del esfuerzo, Zidane privilegió desde su primer entrenamiento el trabajo físico: sabía desde mucho antes de llegar que la condición muscular de la plantilla era deficiente desde tiempos de Ancelotti (o, al menos, eso piensan los responsables del club) y que Benítez no había logrado meterles en vereda. Los viajes intercontinentales de la pretemporada eran mencionados en público y privado por los futbolistas para justificar su estado. La 'BBC' no se dignaba a bajar a defender y el equipo arrastraba unos bajones de intensidad impropios de un club de esa categoría.

El alarde de los últimos 20 minutos en el Camp Nou, arrasando al Barça incluso tras la expulsión de Ramos, mostró un vigor desconocido desde hace muchos meses. El atropello al Wolfsburgo durante los primeros 25 minutos de la vuelta en el Bernabéu y el mantenimiento (no constante, pero sí mayoritario) de la intensidad competitiva frente a un equipo alemán y proverbialmente recio dan aliento a una afición sedienta que, por ahora, solo silba al desdichado Danilo. Nadie imaginaba que el Madrid afrontaría una situación tan esperanzadora en el mes decisivo de la campaña.