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Vermeer tiene Instagram (y un timbre de bici)

¿Puede haber algo más holandés que este objeto para la bicicleta, estampado con 'La joven de la perla'? ¿Pueden los objetos revelar el espíritu?

El timbre con la pintura más famosa de Vermeer, en el Museo Mauritshuis.

El timbre con la pintura más famosa de Vermeer, en el Museo Mauritshuis.

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No se llevaron la bici, se llevaron el timbre. Llegué rápido, muy rápido, pero tarde, tan tarde que ella ya no estaba en la terraza y yo sin móvil. Tengo problemas con la autoridad, la puntualidad y las conexiones, y al salir, alguien, en los quince minutos que duró mi búsqueda en el local abarrotado, había sacado un destornillador de alguna parte de sí mismo para quedarse con el maravilloso timbre que compré ese año en el Museo Mauritshuis, que es “el museo de la La joven de la perla”.

El mundo de los objetos, que es inmenso, a menudo resulta más revelador del espíritu que el espíritu mismo

La propia institución de La Haya se define como portadora de esta obra icónica en todos los folletos y dispositivos publicitarios -a pesar de contar con La lección de anatomía, de Rembrandt, y Vista de Delft, también de Vermeer-, así que no entiendo por qué me extrañó haberme quedado huérfano. ¡Es precioso! Era.

“El mundo de los objetos, que es inmenso, a menudo resulta más revelador del espíritu que el espíritu mismo”, leí una vez en un artículo de François Dagognet, en el que tranquilizaba la mala conciencia por adquirir y acumular apegos. Juntas dos y ya tienes una colección. Las tiendas de los museos son un gran centro comercial de espíritu, capaces de resumir en un timbre la pintura holandesa del siglo XVII… Y el espíritu: nada más holandés que un timbre de bici.

Gemelos con la famosa pintura del artista holandés.

Gemelos con la famosa pintura del artista holandés.

Si estos fueron los pintores de la vida cotidiana, si sacaron a la luz la intimidad y la privacidad de personajes anónimos, sin importancia, sin historia, si lo que Holanda inventó -como dijo Malraux- no fue cómo colocar un pescado en un plato, sino que ese plato de pescado dejara de ser la comida de los apóstoles, no puede haber nada más Vermeer que un timbre para bici con un cuadro de Vermeer.

Dame banalidad

La pintura holandesa del XVII es una cosechadora de lo típico, el Instagram del XXI. Por primera vez en la Historia de la pintura, la vida doméstica es el tema central, no una historia santa, ni la vida de un mito, ni la hazaña de un héroe, sólo la pura banalidad. Parece pintura sin asunto. Esa es la diferencia entre lo cotidiano y lo excepcional, que lo importante no es el retratado, sino el retratado al servicio de la actividad. No lo que la persona es, sino lo que la persona hace.

Lo que le interesa no es el mundo de los hombres, sino el mundo de la pintura

El mérito de Vermeer no es convertir en bello lo feo, sino en descubrir la belleza de lo vulgar. Claro que usa sus propios filtros para enseñarnos a ver, porque con él triunfa la subjetividad del artista, no la mirada objetiva sobre el mundo. Él se detiene sobre la plenitud de una mirada, de un gesto anodino, sin intención psicológica, ni moral.

Sólo hay pintura, sólo el placer de observar y relamerse en la pintura. Vermeer es la pausa que se reboza en la nada sin acontecimiento. El filósofo e historiador Tzvetan Todorov dice que Vermeer no da la impresión de pintar a personas, sino cuadros, que lo que le interesa “no es el mundo de los hombres, sino el mundo de la pintura”. Un mundo menos imperfecto ése. Uno en el que los héroes están a mano y el arte es tan alegre que hace ring-ring.