AFGANISTÁN

Héroes, propaganda y fuego amigo: la muerte de Pat Tillman

Un periodista cuenta cómo la Casa Blanca se aprovechó políticamente de la muerte del soldado.

Retrato de Patrick Tillman.

Retrato de Patrick Tillman.

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Uno de los deseos del cabo primero Pat Tillman mientras cumplía servicio en Iraq era entrevistarse con el intelectual Noam Chomsky. Había leído algunos de sus libros y, aunque no estaba de acuerdo con todos sus argumentos, le gustaba la heterodoxia de su discurso. De vuelta en Estados Unidos, había llegado a contactar con el intelectual a través de una amiga. Chomsky había accedido a encontrarse con él. Corrían los primeros meses de 2004. Pero Tillman, que había completado un turno de servicio en Iraq y estaba de regreso en su base militar cerca de Seattle, recibió por aquellas fechas la orden de regresar al frente, en este caso a la provincia afgana de Jost, fronteriza con la inestable región noroeste de Pakistán.

El encuentro con Chomsky nunca se llegaría a producir. Tillman falleció de dos disparos en la cabeza la tarde del 22 de abril de 2004. La versión oficial proporcionada por la Casa Blanca y el Pentágono: muerto en una emboscada talibán. Pero no había sido así. Mentían. Una de sus tantas mentiras.

Modelo para armar

La historia de Pat Tillman lo tenía todo para que el periodista Jon Krakauer se interesara por ella y le dedicase varios años de trabajo para contarla en el libro Donde los hombres alcanzan toda gloria. La odisea de Pat Tillman (Capitán Swing, 2015). El joven, nacido en California en 1976, representaba uno de esos modelos sobre los que se fundamenta la mitología del buen patriota norteamericano. También encajaba entre los tipos aventureros que Krakauer ha retratado en otros de sus libros (en España se han estrenado en los últimos años dos películas basadas en dos de sus obras periodísticas, Hacia rutas salvajes y, la más reciente, Everest).

Tillman jugaba como defensa en el equipo de fútbol americano Arizona Cardinals cuando se produjeron los atentados contra las Torres Gemelas. La temporada acababa de comenzar días antes del ataque. Tillman realizó un buen torneo aquel año. Tan bueno que su equipo le ofreció una renovación de contrato de 3,6 millones de dólares por tres años, su contrato más alto hasta la fecha.

Como escribió el propio Pat Tillman en una carta, estaba en su mejor momento profesional. Además, se había casado meses antes con su novia desde el instituto. ¿Qué más podía pedir? Pero Tillman rechazó la oferta de su equipo, y también su confortable vida conyugal. Impresionado por los atentados del 11-S, y queriendo contribuir a la defensa de su país, decidió firmar otro contrato de tres años con un sueldo base de 1.290 dólares mensuales: el que le vincularía con el 75º Regimiento de Rangers del ejército de Estados Unidos, uno de los regimientos más duros. Junto a él se alistó también su hermano pequeño, Kevin, que jugaba en un equipo de las ligas menores de béisbol.

La historia de los hermanos Tillman era perfecta para la propaganda del Pentágono y de la Casa Blanca. Intentaron usarla, pero tanto Pat como su hermano Kevin rechazaron participar en el espectáculo y declinaron todas las peticiones de entrevistas para la prensa. Su decisión de alistarse, argumentó Pat, hablaba por sí misma. A pesar de este rechazo a presentarse como ejemplo de nada, la maquinaria mediática, recuerda Karakauer, se encargó de presentar a los hermanos Tillman, en especial a Pat, como un modelo a seguir. La misma maquinaria mediática, con el New York Times a la cabeza, que meses más tarde asumiría la falsa versión oficial sobre las armas de destrucción masiva en Iraq.

El soldado escéptico

Pat Tillman tenía escasa confianza en su comandante en jefe, George W. Bush. Tampoco creía en Dios- In God we trust, God bless America, etc.-, ni en el más allá. Respecto a la política, su norma era poner en cuestión todo lo que escuchaba o leía. Algunas de sus dudas, incertidumbres y anhelos los registró en el diario que, de forma intermitente, mantuvo desde el instituto. En una de sus páginas, escrita en una tienda de campaña en pleno desierto saudí, a escasos kilómetros de la frontera con Iraq, Pat escribió: “Espero que esta guerra sea más que petróleo, dinero y poder. Pero dudo que sea así”.

Krakauer se sirve de los diarios de Tillman y de las conversaciones con su viuda, amigos y compañeros de armas para trazar el retrato de un joven de sólidos principios no exento de serias contradicciones. Por ejemplo, al tiempo que cuestionaba las razones oficiales para invadir Iraq, ansiaba entrar cuanto antes en combate para apretar el gatillo.

La “guerra contra el Terror”

Krakauer no se conforma, sin embargo, con contarnos la historia de Tillman. En Donde los hombres alcanzan toda gloria describe también la llamada “guerra contra el terror”, una abrumadora sucesión de actos ilegales llevados a cabo bajo las órdenes de la Casa Blanca y el Pentágono. El modo de trabajar de Krakauer fue exhaustivo. Revisó miles de páginas de documentos oficiales, solicitó que se desclasificara información, viajó a Afganistán y compartió patrulla con soldados estadounidenses destacados en los valles de Jost. Hace unos meses, la Universidad de Barcelona publicó un libro, titulado El nuevo Nuevo Periodismo, de Robert S. Boynton, que recoge entrevistas con Krakauer y otros destacados periodistas estadounidenses en las que explican la dura tarea de pasar meses, incluso años, dedicados a investigar un tema. La escritura de Donde los hombres alcanzan toda gloria fue difícil, ha reconocido Krakauer. Quería estar seguro de todos los detalles, confirmar todos los datos para poder realizar afirmaciones como la que del prefacio del libro: “la inmoralidad de las actuaciones descritas en las siguientes páginas es profundamente perturbadora, en gran medida porque uno de los principales responsables resulta ser un celebrado líder militar a quien se ha protegido de toda responsabilidad durante los últimos seis años”. El periodista escribió esto en 2010. Y el celebrado militar era Stanley McChrystal.

En abril de 2004, cuando Tillman falleció de dos disparos en la cabeza en un profundo desfiladero de la provincia afgana de Jost, McChrystal era el general a cargo del secretista Mando Conjunto de Operaciones Especiales (JSOC, por sus siglas en inglés). Fue por tanto uno de los primeros altos mandos en saber que la muerte del ranger Pat Tillman no se había producido por fuego enemigo. Las balas que le habían matado habían salido de un arma reglamentaria del ejército estadounidense. Fuego amigo. Pero McChrystal, y otros altos cargos del Pentágono y de la Casa Blanca, decidieron ocultar lo sucedido. La muerte de Tillman sólo podía ser usada como propaganda si sus asesinos habían sido talibanes. El libro de Krakauer habla también de este reverso ignominioso del gobierno y el ejército estadounidenses.

Una semana después de la muerte de Tillman, el veterano periodista Seymour Hersh publicaba en el New Yorker un largo artículo en el que se revelaban las torturas sistemáticas llevadas a cabo por soldados estadounidenses en la cárcel iraquí de Abu Ghraib. La punta del iceberg de una red de secuestros y torturas. A Pat Tillman le había gustado mucho una entrevista radiofónica en la que Chomsky dijo: si los estadounidenses supieran las atrocidades que se comenten en su nombre, se horrorizarían. El terror también estaba en casa.