Entre campiñas onduladas y mares de olivos, la antigua línea ferroviaria Linares‑Puente Genil se ha reinventado sin perder su alma. Durante casi un siglo, desde 1893 hasta 1984, este ferrocarril fue la arteria por la que circulaba, en vagones cargados a rebosar, el aceite que sostenía la economía de la comarca.
Aquel convoy, al que todos conocían como el Tren del Aceite, ya no silba ni humea, pero su huella sigue viva en forma de Vía Verde.
Hoy, el trazado se ha convertido en un corredor de ocio y naturaleza que se puede hacer a pie en una senda sencilla pero llena de matices. Y es que donde antes chirriaban ruedas de hierro, ahora se escucha el ritmo pausado de las botas, el rodar silencioso de las bicicletas y el trote contenido de los caballos.
Puente de Baena.
Es otro tipo de viaje, más lento, más íntimo, pero igualmente ligado al aceite que da nombre a este camino.
De Baena a Luque
El tramo que une Baena con la Estación de Luque (de unos 8 kilómetros) resume como pocos esa transformación. Es una ruta amable para senderistas, cicloturistas y caballistas, una recta larga y serena que invita a dejar que el paisaje marque el paso y que resulta apta para todos los niveles.
De hecho, hay que seguir este ramal en un ejercicio que no deja de ser, en el fondo, como leer en la tierra la crónica de un territorio que vivió pegado a las vías.
El silencio actual sorprende. Solo el crujido de la grava bajo los pies, el roce de los neumáticos o el latido de los cascos rompen la quietud. Cuesta imaginar aquí el trasiego de operarios, el intercambio de mercancías, el ir y venir de vagones que daban trabajo y horizonte a los pueblos de alrededor.
Ese contraste entre lo que fue y lo que es ahora mismo convierte a este recorrido en un ejercicio de memoria en movimiento donde a cada paso se respira el amor por la tierra.
La Almedina de Baena.
A ambos lados, el paisaje cumple con todas las expectativas: un olivar prácticamente infinito que se pierde en el horizonte, geometrías de troncos retorcidos y copas perfectamente alineadas. Además, el caminante avanza encajado en un túnel de verde plateado donde cada vista recuerda que el aceite no es solo un producto, sino la razón de ser de estas lomas.
Las raíces del oleoturismo
En Baena, el oleoturismo no se ha improvisado al calor de las modas. Aquí, visitar un molino o una almazara equivale a regresar a lo esencial como demuestra el Museo del Olivar que se ha instalado en el antiguo ingenio de José Alcalá Santaella.
En sus más de 800 metros cuadrados podemos ver maquinaria del siglo XIX completamente restaurada como el gran molino con su empiedro, la termobatidora o una prensa hidráulica de la Fundición La Cordobesa.
Puede estar bien como parada previa a una ruta que comienza oliendo la humedad de las naves donde se almacenan las aceitunas y escuchando el rumor de la maquinaria que transforma este fruto en líquido.
Cucharada de aceite de oliva.
La experiencia se completa frente a las copas por lo que recomendamos degustar un aceite en Baena que es aprender un nuevo lenguaje: identificar matices de verdes, de sabores frutados, amargos y picantes; descubrir que detrás de cada nota aromática hay una variedad de aceituna, una forma de cultivo, una forma de entender el campo.
En cada paso entre la Vía Verde y las almazaras, el visitante entiende que el Tren del Aceite fue mucho más que un medio de transporte. Fue un hilo de vida para una región que ahora se puede redescubrir a pie, en bicicleta o a caballo, siguiendo el rastro de las viejas vías.
