Febrero le dio el relevo a marzo a base de bombas en la antigua Persia. Isfahán ha sido bombardeada estos días, así que el mundo es definitivamente un lugar peor que el de aquel lejano 28 de febrero. Mismos errores y misma barbarie, confirmando que la historia del horror es pendular: cada pocas décadas el humano se da cita con su autodestrucción, ahora refrendado por presidentes electos. Ya no parecen necesarios los golpes de estado, los tiranos gozan de popularidad global, incluso están de moda entre los jóvenes.
Este tiempo que vivimos es la confirmación de que no se diferencian tanto los autoboicoteos personales -qué poder el de la mente para explorar el camino de la felicidad o justo el contrario- de los perpetrados por la humanidad. Tantas veces he pensado en la suerte que tenemos de vivir en este rincón de la Tierra que suelo olvidar que debajo de la antigua Hispalis yacen tantos cuerpos asesinados como explicaciones nos faltan para la guerra.
Las fronteras son eficaces instrumentos de organización, pero se han probado tan dañinas como absurdas: si aplicásemos la gran escala veríamos que la corteza terrestre es la misma allí que aquí, un subsuelo compartido de 50 km de espesor donde reposan los caídos en las grandes guerras, testigos de esa sinrazón por acaparar territorios y recursos.
Para la batalla, los ciudadanos eran tratados como peones, que acababan convencidos de que la patria valía la vida. Anexionarse o separarse de los vecinos era motivo suficiente. El teatro de títeres en el que se convirtió el mundo en 1914 y 1939 arrasó continentes enteros, y cuando todo había acabado, nadie sabía la razón del desastre. Hoy las reglas del juego han cambiado, y la destrucción se sigue a través de Twitter o refrescando las páginas de los periódicos, alejando el dolor propio y el ajeno. Los doscientos niños masacrados por los bombardeos estadounidenses no duelen, ni se les vela, acaso ocupan unos segundos en los teletipos. No todas las víctimas valen igual, eso también está demostrado.
Las pantallas han traído un saco de cosas buenas, y otro tanto de nefastas. Hace un año, Antonio Muñoz Molina contaba en una de sus lúcidas columnas que una de las claves del éxito de Hitler fue los avances tecnológicos en la megafonía, que desencadenaron el fervor de las masas hambrientas. Supusieron el añadido perfecto para crear una atmósfera de fervor jamás antes conocida: hoy no es necesario tampoco reunirse ni acudir a grandes concentraciones, sino que cada teléfono es un nicho aislado, una caja de resonancia en la que solo se oye a un octogenario de tez anaranjada ladrar odio y ejecutarlo. Un showman convertido en carnicero.
La arquitectura es un indicador de lo que ocurre en la sociedad. Basta ver el salón dorado que Trump ha planeado levantar en una de las alas de la Casa Blanca para entender que, aunque parezca que nos estamos mudando a un mundo puramente virtual, los edificios siguen siendo poderosos altavoces. Por eso Israel y Estados Unidos han fijado la diana en la plaza de Naqsh-e-Jahan -Patrimonio Mundial desde 1979-, ejemplo magistral de la arquitectura safávida. Desde el siglo XVII el espacio ha vivido varias guerras, pero nunca se vio amenazada como ahora.
Hace unos meses hablaba con el delegado de El Español de Sevilla, Manuel Moguer, de reflexionar a cuatro manos sobre las transferencias entre la arquitectura de los parlamentos y el régimen de cada país. Del vidrio y el metal de las instituciones europeas al hormigón y el granito soviético, las cámaras soberanas suelen proyectar el espíritu de naciones y federaciones. La de EEUU se ha vaciado de funciones -Donald Trump no ha tramitado el ataque a través de ella-, y la de Irán nunca las tuvo. Esa mímesis es el drama que vivimos: no hay bandos buenos y la democracia languidece en todos los frentes.
Además de las bombas, la mitad de marzo nos trae el adiós de Moguer del periódico. La suerte de vivir en este zaguán entre el Mediterráneo y el Atlántico también se siente por la oportunidad de escribir en esta ventana de la pantalla. Su suerte -la de este periódico también-será la nuestra, porque hoy más que nunca la información veraz y sosegada es, como puede llegar a serlo la arquitectura, un instrumento indispensable para defendernos de los bulos y el odio. Aunque Isfahán desaparezca, la verdad de lo que está pasando quedará registrada en los millones de bytes acumulados en la nube. Desde pequeñas ventanas nos seguiremos leyendo, mientras quede alguien al otro lado.
