Estos días de frío invitan a que uno se quede en casa sentado en el sillón cubierto con las enagüillas que guardan el calor del brasero.
El pasado viernes terminé en el despacho poco después de las dos de la tarde y mi primer pensamiento fue sugerir a mi mujer cruzar el puente de San Telmo para caminar por el centro y tomar unas tapas.
Después iríamos a la Casa del Libro a disfrutar ojeando algunos libros de filosofía, biografías o novelas, contemplando el agradable ambiente silencioso de las librerías.
Aunque yo tenía mis dudas, mi esposa me convenció para quedarnos en casa y descansar. Me alegré de caminar hacia mi hogar, tomar un saludable almuerzo, casi terminar una biografía de Stephen King y después ver un par de documentales sobre la vida del escritor.
He de confesar que nunca he leído ninguna novela del mago del terror aunque sí su libro “Mientras escribo” y parcialmente “Danza macabra”. El que estoy finalizando ahora es de Tony Jiménez, “El resplandor del genio”, y me está gustando mucho.
Por supuesto, sí he visto varias películas basadas en novelas de King como “El resplandor” o “Cadena perpetua”.
Siempre me ha llamado la atención la promiscuidad creativa del autor de Maine, que ha escrito más de cien libros y no todos de terror puesto que hay algunos de suspense, ciencia ficción, fantasía, etc.
Pero lo que más me ha interesado de King es cómo comenzó a escribir sus relatos, sus primeras novelas y cómo le llegó su primer golpe de suerte para que le publicasen “Carrie”, ganar una buena cantidad de dinero que les sacó a él y a su familia de la pobreza, animándolo a seguir escribiendo.
A partir de esa primera publicación exitosa y las siguientes junto a la adaptación para el cine de “Carrie”, el triunfo del autor norteamericano ha sido continuo.
Tampoco he leído a Lovecraft pero sí a Allan Poe y a Bécquer, entre otros. Me interesan mucho las biografías de escritores y por eso he leído dos de Poe, tres de Balzac, y las de Dickens, García Márquez, Cortázar, entre otros.
Igualmente recomiendo las memorias de Anthony Hopkins, que terminé recientemente, y las de Woody Allen “A propósito de nada”.
Y las biografías de Bogart, Chaplin o Hitchcock. Cómo no, de los Beatles, una de las primeras que leí. De Picasso, de quien este verano leí la quinta biografía y aún reservo tres en mi biblioteca pendientes de leer. De Goya, Da Vinci o Séneca.
Y de los políticos JFK Kennedy, Ted Kennedy, Trump, Churchill, Hollande, Chirac, Sarkozy, Suárez, Negrín, Azaña, Alcalá Zamora. De reyes y príncipes como Diana de Gales, los Windsor, Juan Carlos I, Felipe V, etc. De científicos como Ramón y Cajal o Marie Curie.
Gracias a mi padre, desde pequeño me aficioné al género biográfico y autobiográfico, y aún reservo en mi biblioteca para su lectura las vidas de los Bush, Blair, Azorín, Pérez Galdós, entre otras.
Es apasionante sumergirte en la vida y obra de los grandes genios y de los gobernantes, pues siempre resultan siendo igual o más interesantes que el guión de sus propias obras o de su carrera política.
Me sumerjo en estos libros y disfruto de ellos con frecuencia más que con algunas novelas o ensayos que tengo que abandonar antes de finalizarlos porque no me atraen lo suficiente.
Volviendo a la tarde del pasado viernes, refugiado en casa, leyendo, al calor de la lumbre, con nuestra perrita Beagle a nuestro lado, oyendo llover, pienso en aquellos que aparecen tarde sí y tarde no en encuentros regados de alcohol.
En celebraciones de lo más variadas, conversaciones intrascendentes, cortando una conversación cuando se vuelve interesante o al menos nuestro interlocutor habla con entusiasmo de un tema y quizás lo cortamos porque saludamos a otro asistente al ágape que también nos saluda o a nosotros nos interesa hablar con él, abandonando a quien educadamente se encontraba junto a nosotros.
Cuando uno tiende hacia la vida contemplativa, se vuelve estoico y no le importa quedar mal por decir que no a tantas invitaciones.
Cuando uno prefiere viajar a lugares tranquilos, diferentes, atractivos, para conocer a gente distinta, interesante y con otras costumbres, nos damos cuenta que hay que salir de nuestra villa para que después podamos disfrutar de nuestra propia compañía y de la de los más allegados sin necesidad de depender de aquellos que creemos nuestros amigos.