Apuro el último sorbo de vermut al mismo tiempo que paso la última página de Embriaguez de Jean-Luc Nancy. Leer esta obra con un vaso al lado tiene su punto. Como si el paladar también leyera, como si la lengua catara ideas. El filósofo propone la ebriedad como un territorio donde el espíritu se desborda y se hace presente, un estado de gracia que rompe las costuras de lo cotidiano. Leí que escribió este ensayo durante su visita a unas bodegas en Francia y no pude evitar preguntarme: ¿qué hubiera redactado Nancy si en vez de estar entre viñedos galos hubiese pasado su tiempo entre las tascas sevillanas?
Aquí conviene separar aguas. Una cosa es el beber y otra el buen beber. Del primero ya tenemos cátedras improvisadas los sábados por la noche, con máster en arrepentimientos. El segundo, en cambio, tiene su propia liturgia. Conversación lenta, trago corto, algo de picar, tiempo que no apremia y esa magia de que, a medida que la copa baja, el corazón sube. Kant, que de tertulias sabía, dejó caer en su Antropología en sentido pragmático que el vino anima la sociabilidad, desata la lengua y, de paso, despeja el ánimo. No hace falta ponerse muy filosófico, lo sabemos desde siempre en las tabernas.
Porque las tascas sevillanas son templo del buen beber. Esos bares de toda la vida donde la caoba de la barra está un poco pegajosa, las pizarras tienen la carta escrita en tiza, cuelga un calendario de cofradías, un cartel taurino amarillea en la esquina y el tabernero te llama por tu nombre o, peor, por tu apodo. El vino se sirve sin literatura, la manzanilla corta como una navajita de plata, el oloroso te pone voz de barítono y el vermut sabe a domingo. Antonio Núñez de Herrera escribió que muchos sevillanos iban a la taberna no tanto por amor al vino como por el placer de conversar y tapear. Y si falta cualquiera de esas dos patas, decía, la mesa cojea.
A las bebidas la llaman “espirituosas”, y no es casual. La alquimia de la destilación separa el espíritu del líquido, dicen. Algo de eso también pasa en la tasca. Uno entra con el cuerpo encogido de tantas preocupaciones, pero sale con el espíritu un poco más suelto. No es mística, es costumbre. Un brindis a tiempo, un montadito de pringá, una ronda de chistes malos y la vida parece volver a su sitio.
Me dirán que todo esto es nostalgia de barra. Quizá. También es aviso. Las tascas resisten, pero a veces sucumben ante el turismo salvaje. La reserva obligatoria para tomarte una simple copa, la cola que empieza en la esquina o la foto al plato antes del primer bocado están acabando con lo de toda la vida. Se ha perdido la espontaneidad de saltar de una barra a otra, sin necesidad de ir a deshoras para evitar las hordas de turistas.
No quisiera que esta columna sonara a apología de la bebida sin medida. Todo lo contrario. En defensa de las tascas de siempre propongo una ética modesta del buen beber. De salir con sed de conversación, de alternar la copa con la tapa, de pagar la ronda de quien te escuchó sin mirar el reloj y saber retirarse a tiempo, que también es un arte. Brindar no para olvidar, sino para recordar quiénes somos cuando nos detenemos media hora a ser parroquianos.
Si Nancy hubiera pasado por aquí, quizá habría descubierto que la embriaguez, entendida como exceso de presencia, cabe en un catavinos y en una mesa sin mantel. Sevilla lo sabe. El espíritu no está en la botella, está en la barra. Y mientras la barra siga viva, la ciudad tendrá conversación para rato.
