De pronto ha venido a mi memoria la imagen de un cielo oscuro cargado de estrellas en una noche de verano donde cada vez hay más estrellas y ese cielo lentamente se vuelve más claro con una media luna presidiendo la bóveda del firmamento. Sólo oigo el silencio y el sonido de algunos grillos que se repite acompasadamente y el aire apenas tiene presencia cuando queda poco para la media noche.
Hace ya muchos años, esa noche estaba tumbado plácidamente en una hamaca de mi patio uno de esos días de vacaciones en los que sorprendentemente no salí con mis amigos. Oía algún tímido ladrido de un perro que se encontraba lejos pero nada más.
Miraba las paredes encaladas del patio de donde colgaban macetas de geranios y la tinaja del rincón que se quedó allí como recuerdo de la casa antigua. Al otro lado de mi cómoda posición estaba la piscina y después de estar a punto de levantarme y darme un chapuzón decliné hacer ese desplazamiento que me hubiese distraído más de la cuenta de mi descanso infinito.
Seguía concentrado en el canto de los grillos y algún zumbido de un mosquito que pasaba cerca de mi rostro. Miraba hacia arriba, a la eternidad, al misterioso universo que se eleva hasta la nada. Pensaba que ante ese paisaje nocturno ningún problema ha de preocuparnos pues esa contemplación tanto tiempo seguido hace que ese cielo que ya no es tan oscuro y que se vuelve más estrellado conforme mis ojos se van acoplando a él, sea nuestro cielo protector.
No había nadie en casa, todos habían salido. Todavía queda mucho para que termine el verano. Pienso en esa amiga rubia con rizos que conocí el último fin de semana, me encantan sus ojos verdes y su voz melosa. Creo que no para de mirarme porque le gusto.
El último día que nos vimos puso su cabeza encima de mi hombro como si se hubiese quedado dormida, pero me dio la sensación de que lo hizo para enviarme una señal. Hubo un momento en que quise besarla pero estábamos acompañados de los amigos de la pandilla y no me atreví aunque la oscuridad imperante en el cine hubiera sido cómplice de mi determinación.
Lo que menos importaba era la película 'El expreso de medianoche'. Al fin y al cabo, yo ya había leído el libro, mucho más interesante. Pero me gustó su banda sonora. Desearía ver a Melisa el próximo fin de semana, quizás venga al pueblo con sus padres. No le pedí el teléfono de su casa.
Sigo observando el espacio ahí arriba, continúo gozando de una temperatura ideal en esta noche de la sierra que no claudica y que me envuelve. No me importa la soledad, al contrario, me gusta estar sólo, pensando, meditando. Me siento muy cómodo conmigo mismo. Me relajo, reflexiono y hay momentos en que no pienso en nada. Una leve brisa hace que cubra mis piernas con una toalla.
Melisa apretó mi mano cuando yo se la cogí pensando que estaba realmente dormida y no sé si inconscientemente ella reaccionó como en un acto reflejo o es que disimulaba y por eso se había acurrucado junto a mi, notando yo su cabello rizado en mi cara y el aroma indescriptible que desprendía.
Ahora vuelvo a revivir esos momentos, justo cuando suenan las doce campanadas de la torre de la iglesia y la última de ellas se queda resonando intensamente. Parece como si el tiempo se hubiera parado. Observo una lagartija en la pared de enfrente que uno de los dos faroles ilumina tenuemente. Huele a noche, hace un poco más de frío.
Subo las escaleras y pienso en mi cama y la radio. Pondré una cadena musical que a esta hora hace sonar jazz. Y desde ahí seguiré mirando al cielo hasta que me duerma oyendo a Charlie Parker, Miles Davis y Dizzy Gillespie, pensando en Melisa.