• Esta crítica de la serie 'Jupiter's Legacy' de Netflix se ha elaborado tras ver los cuatro primeros episodios y no contiene spoilers.

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Las adaptaciones al cine de Mark Millar habían sido un soplo de aire fresco. Hollywood tuvo una época en la que se volvió loco por adaptar novelas gráficas, y fueron las de Millar las que mejor paradas salieron. Quizás porque encontraron en Matthew Vaughn al hombre perfecto para ello. El director se encargó de la cañera y juguetona Kick-Ass, y también de la saga basada en su obra Kingsman. Éxitos de crítica y taquilla que demostraron que si encontraban a un creador a la altura, el universo Millar podía dar muy buen resultado.

Desde Netflix debieron pensar lo mismo. La plataforma se encontraba en un punto intermedio en la lucha Marvel y DC, con Disney+ estrujando su gallina de los huevos de oro gracias al universo Marvel, y con HBO haciendo lo mismo con Batman y compañía. Los superhéroes se han convertido en un género propio y en uno muy rentable. En plena lucha de las plataformas, Netflix estaba huérfana, y debió pensar que fichar a Millar para adaptar su universo de cómics sería una buena estrategia para paliar esa ausencia.

En la teoría el movimiento es perfecto. Fichar a un autor con una mirada personal y diferente para apostar por los superhéroes pero desde un lugar diferente. Las obras de Millar son más adultas, más violentas y mucho más irreverentes que las de sus competidores. Para que una adaptación suya triunfe hay que mantener esa esencia, si no, será una más. Y eso es lo que ha pasado con su primera adaptación para Netflix, la saga Jupiter’s Legacy, que llega este mismo viernes a la plataforma.

Hay una serie muy interesante en Jupiter’s Legacy, pero no es la que ha creado su showrunner Steven S. DeKnight. Da mucha rabia pensar en lo que podría haber sido esta serie, porque apunta temas realmente potentes que la diferencian de otros productos de superhéroes. Ahí está esa discusión entre los hermanos protagonistas, dos superhéroes entrados en años que discuten sobre hasta dónde deben involucrarse. Uno cree que deberían entrar en política, mojarse, se recrimina no haber hecho más en la II Guerra Mundial; el segundo cree que hay un código ético que no deben saltarse, y opinar no está entre las cosas que un héroe deba hacer -un poco como The Crown con superpoderes.

El problema es que eso sólo se apunta, es una pincelada. Y eso pasa con todo lo interesante de Jupiter’s Legacy. Porque también pasa con su supuesta radiografía al sueño americano y al capitalismo. La serie mezcla el presenta, con esta liga de superhéroes y la generación venidera que ha aprovechado el éxito y la fama para salir de fiesta en vez de para hacer el bien, y el pasado, con los primeros superhéroes encontrando sus poderes en un contexto muy concreto, la crisis de la bolsa del 29. Esto debería servir para analizar un país en el que lo que te define es el dinero y quién eres, pero queda más como un bonito contexto histórico que como otra cosa.

'Jupiter's Legacy'.

Jupiter’s Legacy se queda en un terreno medio muy peligroso. Se toma demasiado en serio sin llegar a ser oscura y profunda; y eso hace que evite todo tipo de canallismo tan propio de otras versiones de Millar. No hay ni rastro de humor, ni de irreverencia. La generación joven podría haberse aprovechado para desengrasar, pero no. Los chavales no son divertidos, no son carismáticos y no interesan. Tampoco en la violencia toman una decisión. Los cómics de Millar (y sus películas) son violentas. Aquí todo se rebaja unos puntitos para no asustar a nadie. No se atreven a mostrar las consecuencias de las peleas.

Esa es otro problema, sus escenas de acción son rutinarias, no tienen personalidad, son confusas y están envueltas en un despliegue de colorines. A eso sumen un reparto irregular que da su protagonismo a Josh Duhamel -que nunca fue el mejor actor del mundo y sigue sin serlo. Y es una pena, porque ves lo que podría haber sido. Los mimbres que había. La posibilidad de hablar de algo diferente. De América, del peso del legado, de los 15 minutos de fama de Warhol, del capitalismo, del libre albedrío… Pero tan pronto como tema se apunta, desaparece. Hay más reflexión, más temas astutos en la cínica The boys que aquí. El Millarworld se ha estrenado a medio gas, y esperamos que mejore.

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