Javier Zurro Daniel Mantilla

La cuarta temporada de The Crown ha encandilado a la crítica, pero hay algo en lo que no todos se han puesto de acuerdo. ¿Qué pasa con Gillian Anderson? La mítica Scully de Expediente X da vida a Margaret Thatcher en una interpretación que ha dividido a todo el mundo. También a la redacción de Series & Más.

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No se acostumbra a hablar de ellas a la vez, pero el aterrizaje de Lady Di y Margaret Thatcher en la sociedad británico fue coetáneo e igualmente arrollador. Su conversación con el presente y su relación con la sociedad británica no puede ser más diferente. La princesa del pueblo sigue siendo una figura venerada como aquellos que, como decía El caballero oscuro, mueren como héroes o viven lo suficiente como para acabar convertidos en villanos, mientras que las consecuencias de famosa mano de hierro de Thatcher se notan aún años después de su muerte. 

Ironías de la vida, la cuarta temporada de The Crown nos recuerda esa máxima vital que dice que lo poco gusta y lo mucho cansa. Emma Corrin ha sido una incorporación natural y melancólica al excelso reparto de la serie de Netflix y, sin embargo, tanto los defensores como los - contados - detractores coinciden en que los diez episodios de esta entrega han estado demasiado condicionados por Carlos y Diana, dejando poco espacio para el resto de personajes (Felipe de Edimburgo se quedó sin su propio episodio) y evitando que Peter Morgan pudiera hacer un retrato más preciso de la época y menos dado a los “cotis vintage”.

Es curioso que la mayoría de críticas vengan de quienes no vivieron el thatcherismo en directo. Quienes lo sufrieron coinciden en su fiel reconstrucción

Con Thatcher ha sucedido lo contrario: la serie se ha limitado a contarnos lo suficiente para entender el legendario carácter de la conservadora y las claves detrás de la implementación del liberalismo en las raíces más profundas de Reino Unido. Morgan ni siquiera tiene que incluir en sus tramas la devastadora huelga de los mineros o su influyente relación con Ronald Reagan para que quede claro quién fue la primera ministra. Eso es mérito de los guiones… y de la actriz que le da vida: doña Gillian Anderson. Y digo doña cuando en realidad deberíamos llamarla Dame, como a las grandes damas de la interpretación británicas. Esperemos que su vinculación a The Crown no impida que en el futuro reciba ese título honorario, aunque ella no lo necesita.

Sí, la forma de alargar las palabras y engolar la voz de su Thatcher hace que el personaje absorba todo el aire de cada espacio que ocupa, pero esa era precisamente lo que pasaba en la vida real. YouTube está a un click de distancia para comparar. Hasta el propio biógrafo de Thatcher ha declarado que es la única interpretación del personaje que hace justicia a su figura, tirando por tierra el oscarizado trabajo de Meryl Streep en La dama de hierro. Es curioso que la mayoría de críticas vengan de quienes no vivieron el thatcherismo en directo. Quienes lo sufrieron coinciden en su fiel reconstrucción. Y no, no me vale la teoría de que esa versión del personaje no era más que una construcción pública y que no tiene sentido que Anderson actúe de la misma forma de puertas para adentro y junto a su marido. Yo no he tenido una audiencia con la Thatcher para saber cómo era en privado. Los detractores de Anderson tampoco.

En sus manos, la primera ministra es una presencia avasalladora y absorbente, incluso en los eléctricos duelos que comparten con otra bestia de la interpretación como Olivia Colman (la discusión tras la crisis del Apartheid es para verla en bucle). Cada encuentro de estas dos mujeres forma ya parte de los mejores momentos de la serie de Netflix. Y eso, amigos, es mucho decir.

Gillian Anderson como Margaret Thatcher en 'The Crown' Netflix

EN CONTRA 

Javier Zurro: Gillian Anderson tiene mis 12 puntos en 'Tu cara me suena'

Antes de que me corten la cabeza, como haría la reina de Corazones de Alicia en el país de las maravillas, voy a dejar claro que amo The Crown. Cada temporada ha sido una auténtica joya, y la cuarta no ha sido menos. Es la ficción más redonda de Netflix, y no hay año en el que deje unos cuantos episodios para el recuerdo, entre ellos ese Fagan que entronca con la mejor tradición del cine social británico y que muestra, precisamente, las consecuencias de la política de nuestra gran protagonista, Margaret Thatcher. Porque no lo podemos negar, el morbo de esta temporada consistía en verlas a ellas, a Lady Di y a la Dama de Hierro.

Para la primera eligieron una actriz desconocida, Emma Corrin. Se ha comido la pantalla. Copia esa forma de mirar, pero llena a su personaje con emoción y consigue transmitir esa mirada triste que escondían los ojos azules de Diana. Para la segunda tiraron por todo lo alto y eligieron a Gillian Anderson, una de las mejores actrices británicas. Y lo siento pero por ahí no paso. La Anderson -una de esas actrices que se ha ganado a pulso tener un artículo delante de su nombre- está más pendiente de imitar a Thatcher que de interpretarla.

Si este fuera el programa de Àngel Llàcer yo pediría los 12 puntos para Gillian Anderson y que fuera concursante en la siguiente edición, pero esto es 'The Crown' 

Dar vida a alguien con una forma de hablar y moverse tan peculiar es un arma de doble filo, porque muchas veces los actores y actrices se esfuerzan tanto en parecerse a ellos que se olvidan de hacerles reales, de transmitir con ellos. Anderson parece obsesionada en clavar su voz, su rictus y sus poses, y lo que acaba pasando es que acudimos a una imitación de Tu cara me suena. Si este fuera el programa de Àngel Llàcer yo pediría los 12 puntos para Gillian y que fuera concursante en la siguiente edición, pero esto es The Crown y una ficción.

La Thatcher de la actriz está todo el día al borde del ictus, y con unos gestos que parece del celebrity de La hora chanante. Esas bocas torcidas, esa cara, ese cuerpo encorvado… es imposible conectar con su personaje. Ahora dirán que su biógrafo ha dicho que Anderson está maravillosa… bueno, también ha dicho que es la única del reparto que lo está. Vamos, que la opinión de alguien que opina que Olivia Colman no borda su personaje o que Josh O’Connor no está fantástico como Charles no me parece el mejor ejemplo para defender la interpretación de Gillian Anderson.

Su Thatcher me recuerda a lo que pasó hace menos de dos años con otro actor, Rami Malek, y su interpretación de Freddie Mercury. Estaba tan obsesionado en lucir sus dientes postizos y en demostrar que había estudiado las coreografías del líder de Queen que todo sonaba impostado y falso. Era el menor de los problemas de aquel filme. Malek ganó el Oscar. Y Gillian Anderson ganará el Emmy y el Globo de Oro, porque no hay nada que le guste más a los académicos que premiar a un actor dando vida a una persona real. Ojalá hubiera una candidatura de mejor imitador y otra de Mejor interpretación, así nos quitábamos este problema todos los años.