Hace veinte años, un día como este 3 de agosto, alrededor de las 11:30, recibí una llamada telefónica. Mi hijo José, sin cumplir aún los cinco años, acababa de ser víctima de un accidente fatal, al caer sobre él una persiana mallorquina en el número 6 de la calle Formentor de Puerto Pollensa.
El día anterior, cuando salíamos de la iglesia del pueblo, el niño pidió quedarse allí un poco más en presencia de Dios. Al llegar a casa, dibujó una puerta sobre un fondo azul como si fuera la del cielo.
Como escribió la doctora Elisabeth Kübler-Ross, los pequeños suelen tener premoniciones cuando algo va a suceder y las expresan con dibujos o gestos similares porque están más cerca de Dios. Por eso sienten de manera más directa los cambios de estado que se avecinan.
Los niños son seres más puros porque no están contaminados por los elementos culturales y sociales, por las creencias que rigen la conciencia de la sociedad.
Cuando un pequeño se nos va, lo hace con el alma pura y limpia que no ha llegado a nutrir durante la vida. Los niños se van como llegaron.
Unos días antes, José expresó con habilidad a su madre Gloria que “lo más importante en la vida es el amor porque el amor es más grande que el infinito”.
"Sólo quiero compartir con todos los padres que han pasado por esta situación la pena del recuerdo de aquel día en el que parecía que las tinieblas iban a cubrir la tierra para siempre"
Seguramente estas cosas les resultarán familiares a todos los padres que hayan perdido un hijo pequeño. Cuando los niños se van, nos dejan la más grande de las enseñanzas que puede haber.
Es como si Dios nos mandase el mensaje más grande a través de una tragedia como esta. Cuando la vida y la muerte se funden en una unidad, el alma se humaniza de la misma forma que el crepúsculo une el día y la noche.
Cuando hace veinte años nos ocurrió esto me sentía aterrorizado viendo las estrellas junto a su madre. Intentaba descifrar de qué trata el vivir en esta tierra. Cuál es el sentido de la vida. Por qué nacemos, por qué vivimos, por qué morimos.
Hoy, veinte años después, parecería que todo pasó en un instante y sólo quedó el mensaje del amor.
Ayer, en la oscuridad de la noche, llamé a un amigo y me convenció de que escribiera estas líneas. Sólo quiero compartir con todos los padres que han pasado por esta situación la pena del recuerdo de aquel día en el que parecía que las tinieblas iban a cubrir la tierra para siempre.
Y compartir también con ellos que, sin embargo, el albor de la luz brota de la inocencia de aquel mensaje de amor. El mensaje que estas almas puras y eternas nos recuerdan, ante nuestro asombro, cada día y al cabo de cada veinte años. De cada veinte años de amor.
