Tiene que ser una cumbre muy importante para empequeñecer la del G-7. De un lado, Joe Biden, todavía con olor a nuevo y con la misión de recuperar el liderazgo del Capitán América. Del otro, Vladímir Putin, con el olor a rancio del autócrata impertinente y con la misión de sentarse en la mesa de los más poderosos, aunque no tenga con qué pagar la cuenta.

La puesta en escena, una hermosa villa del siglo XVIII con vistas al Lago de Ginebra, porque los suizos siguen viviendo de estar bien con Dios y con el diablo. Vamos, de hacerse los suizos, como hicieron en 2014 al no unirse a las sanciones occidentales contra Moscú por la anexión de Crimea. Precisamente, el asalto a mano armada a los ucranianos será uno de los principales temas a discutir entre Biden y Putin.

Por supuesto, nadie espera que devuelvan el territorio expoliado. Lo que sí espera el zar ruso es que le levanten las sanciones, que ya le hicieron crujir los huesos en 2014. Y ahora, con una pandemia que no termina de irse, más todavía. La última palabra la tendrá Biden, que ha tenido el buen tacto de recuperar la alianza con Europa. Angela Merkel y Emmanuel Macron, líderes respetables con esa manchita de hacerle regularmente guiños a Putin, agradecerán no tener que hacer maromas para no quedarse sin el gas ruso que calienta los hogares europeos.

¿Qué pedirá Biden? En líneas generales, que Putin deje de alborotarle el avispero a Occidente. Es decir, que ordene a sus piratas cibernéticos no intervenir en elecciones o cortar el suministro de gasolina a la Costa Este de Estados Unidos, como ocurrió recientemente. Fuera del terreno digital, Joe exigirá que Vladímir retire su apoyo, sobre todo militar, a los regímenes que sacuden la estabilidad del continente americano.

Biden intentará consumar con Putin un pacto que respete las zonas de influencia de cada uno

Esta estrategia es harto conocida en el mundillo político estadounidense, y es bipartidista. De hecho, ya la intentó Donald Trump en 2019. “Putin se queda con Ucrania. Trump con Venezuela. Está hecho” dijo en su momento Ian Bremmer, el reconocido analista internacional y presidente del Grupo Eurasia.

Por supuesto, se equivocó en lo de que estaba hecho. Putin sabía que Trump no tenía suficiente influencia en Europa como para garantizarle el levantamiento de las sanciones a cambio de dejar en paz a Venezuela, el gran foco de perturbación en Latinoamérica. Trump pensó que sí y dio su apoyo tácito a una insurrección militar en Caracas en abril de 2019. La jugada se fue al traste porque, ya con Nicolás Maduro en la rampa de salida, el ministro de la Defensa y hombre de Moscú, Padrino López, no recibió luz verde de Putin.

Así que, al final del día, Biden intentará consumar con Putin un pacto que respete las zonas de influencia de cada uno. La idea es que en Crimea, donde se sienten muy rusos, se queden rusos, más allá de las andanzas gansteriles de los últimos años. Y en Venezuela, que se logre un acuerdo político para una transición que respete las posiciones de todos, incluyendo las rusas.

La meta es que no se desestabilice aún más un país que se ha convertido en un antro donde conviven enormes bandas de crimen organizado, desde hampa común hasta narcotraficantes y terroristas. Por supuesto, todo barnizado por unas elecciones, porque al final del día quien decide es el pueblo. Y tal.

 *** Francisco Poleo es analista especializado en Iberoamérica y Estados Unidos.

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