Tras veinte años de crecimiento económico continuo, el milagro peruano llenaba páginas de prensa. El sueño de los desarrollistas se materializaba y finalmente un país latinoamericano parecía superar la trampa de la renta media y consolidar su crecimiento.

De hecho, entre 2005 y 2015 el país consiguió sacar de la miseria a más de siete millones de personas, reduciendo a la mitad su índice de pobreza. Los indicadores de pobreza monetaria (vivir con menos de dos dólares al día) y pobreza multidimensional (carencias y privaciones en salud, educación y calidad de vida) se acercaban, lo que es síntoma de una reducción sólida y consolidada de dicha pobreza.

La receta del milagro parecía bastante convencional. Liberalización de la economía siguiendo el modelo de ajuste estructural propuesto por el Banco Mundial, apertura a nuevos mercados y búsqueda de inversión extranjera.

Sin embargo, el secreto del éxito no era la fórmula, sino el auge de la demanda de materias primas que tiró del crecimiento de toda América Latina durante varios años.

Ese auge permitió disminuir la deuda y sostener los programas sociales, especialmente los de transferencia monetaria condicionada, que mejoraron la situación de muchas familias. El crecimiento por derrame parecía funcionar, traía prosperidad y un círculo virtuoso de ahorro e inversión.

Pero todo lo bueno se acaba. O, como dicen los economistas, los ciclos económicos fluctúan. Con la disminución de la demanda de minerales se desaceleró el crecimiento, la capacidad de financiar programas sociales y el déficit. De hecho, la desaceleración era ya una realidad en 2016, cuando Keiko Fujimori se batió en duelo electoral con Pedro Pablo Kuczynski, que resultó ganador por un estrecho margen en la segunda vuelta. Sin embargo, ni entonces ni ahora los candidatos a la presidencia han presentado propuestas realistas para cambiar la situación del país.

La pandemia, la corrupción y el retorcido uso de las facultades de la Asamblea Nacional para deponer presidentes terminaron de convertir el milagro en pesadilla. Entre 2016 y 2021, Perú tuvo cuatro presidentes y la corrupción carcomió los cimientos del Estado, revelando una de sus mayores debilidades.

A su vez, el desmoronamiento del sistema de partidos y un endiablado modelo de control del presidencialismo convertían al Poder Legislativo en una selva donde los presidentes se juegan no sólo la capacidad de sacar adelante propuestas, sino su propia permanencia en el cargo.

El estrecho margen de diferencia entre los dos candidatos da cuenta de un país roto

A pesar de la inestabilidad, el Gobierno (ahora en manos de Martín Viscarra) intentó maniobrar rápidamente para contener la pandemia en sus inicios. Las fuertes medidas de cierre se unieron a un esfuerzo considerable en materia de gasto público para evitar que el coronavirus doblegara al país. El esfuerzo, que comenzó con éxito, ha terminado en desastre. El 2020 se cerró con una caída de la economía del 11% y una de las tasas de mortalidad más altas del mundo. Hasta 170.000 personas pueden haber fallecido por la Covid en Perú.

La pandemia visibilizó otra de las grandes falencias del país: más del 70% de los empleos son informales. La economía había crecido, pero no había mejorado la calidad del empleo, ni la capacidad fiscal, ni la productividad. El consumo interno se sostenía en la endeble base del trabajo informal.

El escenario de la nueva cita con las urnas no podía ser más difícil. El país necesitaba un líder. Un buen gestor con capacidad y aptitud para transformar el país. En lugar de eso, a la segunda vuelta electoral llegaron Keiko Fujimori, acompañada de varias acusaciones de corrupción, y un hasta hace poco desconocido candidato de izquierda conservadora, Pedro Castillo.

A falta de propuestas sólidas, la campaña se ha centrado en construir enemigos a la medida. Fujimori utilizó a Castillo para agitar el discurso del miedo a un supuesto comunismo con el objetivo de aglutinar, incluso, a antiguos rivales.

Castillo, por su parte, llegó a los sectores de base hartos del ninguneo y de la frustración de sus expectativas. Su discurso popular está lleno de grandilocuentes significantes vacíos.

El estrecho margen de diferencia entre los dos candidatos da cuenta de un país roto. Sin embargo, ese margen también fue estrecho en las dos anteriores elecciones, en las que Fujimori llegó a la segunda vuelta contra Ollanta Humala en 2011 y Kuczynski en 2016.

Ojalá Castillo diera una sorpresa y se mostrara como un buen líder ajeno a cualquier afán autoritario

La ruptura no parece ser necesariamente entre izquierda y derecha. El particular discurso de Castillo, tradicionalista, incluso reaccionario en algunos debates sociales, no es atractivo en un marco de izquierda tradicional.

En estas elecciones, el miedo al otro moviliza una buena parte del voto, profundizando la polarización propia de los procesos de balotaje. A su vez, revela quiebras más profundas, como la que hay entre la sierra, la selva y la costa. Entre aquellos que no han visto los efectos del crecimiento económico más que puntualmente y los que se han beneficiado en mayor medida. Es una ruptura en la que el otro, la mayoría, es visto como peligroso e incivilizado.

La victoria de Castillo sobre Fujimori tendría que dar por finalizadas las ambiciones presidenciales de la candidata. Sin embargo, en el escenario político peruano no hay certezas. Fujimori se ha lanzado a denunciar un supuesto fraude y ha impugnado más de 500.000 votos a pesar de que los observadores electorales han reconocido la transparencia del proceso.

Es más, ni siquiera el ganador de las elecciones tiene la certeza de conseguir mantenerse en el poder. Probablemente agotará muchos de sus recursos en su propia supervivencia.

Ojalá Castillo, el más que probable ganador, diera una sorpresa y se mostrara como un buen líder ajeno a cualquier afán autoritario. Un líder interesado en conciliar crecimiento y distribución, buen gestor, buen negociador y creador de acuerdos inclusivos.

Ojalá Fujimori aceptara la derrota sin menoscabar la democracia.

Ojalá, por el bien del Perú.

 *** Erika Rodríguez Pinzón es doctora en Relaciones Internacionales, profesora de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid y coordinadora de América Latina en la Fundación Alternativas.

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