Como una forma de “criminalizar al independentismo”, así califica Torra el nuevo terrorismo descubierto por la Guardia Civil (abroncada por Marlaska) y puesto a disposición de la Audiencia Nacional. Pero, ¿cuál es el origen de todo esto?

En los años ochenta miles de profesores abandonaron sus puestos en los colegios de Cataluña y se fueron a impartir clases en otros lugares de España. Los programas de inmersión lingüística desencadenaron una presión insoportable en los claustros contra los maestros catalanes que eran castellanoparlantes, como la gran mayoría de la población, entonces y ahora. Algunos son mis amigos y sé el daño que les hicieron, y con qué odio fueron tratados. Aún peor, tuvieron que oír que su sacrificio era por la paz social en Cataluña. Así empezó el baile, la expulsión del Estado en forma de maestros, guardias civiles o jueces.

Jordi Pujol y Felipe González acordaron impulsar el proceso con normas de Estado para facilitar los traslados de los funcionarios. No fue la única cesión de los gobiernos socialistas al soberanismo catalán -el juez Jiménez Villarejo y otros podrían aportar casos-, pero impresiona recordar cómo, con el idioma, se acosaba y se presionaba para que se fueran de Cataluña a profesionales de la enseñanza en un territorio en el que un 55% de sus habitantes tienen el castellano como lengua materna y el 31%, el catalán. ¿Cómo se pudo llegar tan lejos?

En La deriva reaccionaria de la izquierda, Félix Ovejero ofrece algunas respuestas. Por ejemplo, de los parlamentarios catalanes, dice, “tan solo el 7% reconoce el castellano como su identidad lingüística”. Es con la lengua como arma como se han producido los mayores atropellos, pero el objetivo fundamental ha sido el de romper el sentimiento común de ciudadanía que une a todos los españoles, el ataque violento al concepto de España. Con respecto a la época de González y Pujol, la diferencia hoy es que esta estrategia nacionalista de expulsión del Estado se consolida en otros territorios, como País Vasco, Navarra, Baleares o Comunidad Valenciana. Y se radicaliza.

La clave de esta anomalía pasa directamente por la trayectoria histórica del PSC, un partido que se ha dedicado a vivir políticamente de pedir el voto para “la izquierda” y utilizarlo para fortalecer el soberanismo, es decir, para clasificar a los catalanes en ciudadanos de primera y de segunda, de casa y de fuera. Han aplicado la técnica de la caza con reclamo, con la que una voz tramposa simula ser de los tuyos para que te confíes. Así han engañado durante décadas a la buena gente trabajadora del Barcelonés y de los barrios obreros de Tarragona. Cuando muchos descubrieron el fraude, cambiaron el voto, aunque ahora vuelve la trampa del reclamo: “Somos la izquierda, como tú”.

El sanchismo se impone en el PSOE gracias al apoyo de las federaciones del partido encadenadas a los soberanistas

Cuando al actual líder del PSC, Miquel Iceta, le piden los medios soberanistas que se defina, nunca se equivoca de bando, sea para pronunciarse sobre indultos o sobre políticas que suponen la persecución del castellano. Ya en 2005 lo dejó claro: “Necesitamos a los medios públicos catalanes para fabricar catalanistas”. Ya lo creo, TV3 y Catalunya Ràdio no han hecho otra cosa y ahí siguen.

La historia del PSC, imprescindible en el origen del sanchismo, demuestra que Miquel Iceta y Ernest Maragall, ahora en ERC, son intercambiables, y que Sánchez está lanzando la peor mentira cuando quiere hacernos creer que él será el verdugo de los soberanistas. Pero los hechos demuestran que no es su enemigo, que es su aliado imprescindible en Navarra, Cataluña, País Vasco, Baleares, Comunidad Valenciana.

El sanchismo se impone en el PSOE gracias al apoyo de las organizaciones territoriales del partido encadenadas a los soberanistas, con los que ni quieren ni pueden romper, como demuestra el caso navarro. Viven de la caza con reclamo y no harán otra cosa. ¿Va a romper Pedro Sánchez con Iceta, Chivite, Armengol y compañía?

Los críticos de Cs que lidera Francesc de Carreras cometen un serio error al minimizar esta dependencia sanchista del soberanismo. Pero, para comprender, no pregunten a Sánchez, que ahora lleva careta electoral, pregunten a Iceta. Él, que lo casca todo, como dice Inés Arrimadas, se ha explicado perfectamente. Dice que en 10 o 12 años los independentistas serán más del 60% en Cataluña y entonces nadie podrá evitar un referéndum de autodeterminación. ¿Se le entiende?

El propio Sánchez deja pistas por todas partes. En la entrevista con García Ferreras dijo esto para el que quiera enterarse: “Si yo hubiera querido pactar con el señor Rivera, ¿para qué vamos a ir a las elecciones si sumamos 180 escaños?”. ¿Se le entiende? Y, cuidado, que en materia de procés no decide Sánchez, decide Iceta.

Los soberanistas saben que, agotado el 'modo Ibarretxe', deben replegar el nacionalismo catalán hacia el 'modo Urkullu'

Cuando desde una izquierda que se adjetiva como catalanista se están haciendo esfuerzos por banalizar el procés, conviene ponerse en guardia. Un importante historiador catalán, Enric Ucelay-Da Cal, ha publicado recientemente un libro, Breve Historia del separatismo catalán, en el que apunta en la misma dirección. En su opinión el golpe del 1-O habría sido un simple “calentón impulsivo”, el descontrol de algunos exaltados que, ya se sabe, se suben a un coche de la guardia civil y todo se desmadra. Olvida Ucelay que muchos colegas suyos de la universidad, encuadrados en un Consejo Asesor para la Transición Nacional, se molestaron en elaborar documentos para diseñar el nuevo Estado. ¿Exaltados? No, simplemente no les salió el farol como esperaban.

Pero, la ofensiva soberanista, la operación para ir expulsando a España, la mayor amenaza para nuestro país hoy, no es ninguna broma. Por supuesto que saben que, agotado el modo Ibarretxe, deben replegar el nacionalismo catalán hacia el modo Urkullu. No será fácil en el corto plazo, pero en eso están. Y en esa operación de camuflaje para volver al soberanismo pragmático, la subordinación del sanchismo a los nacionalistas es vital. Saben que Sánchez debe disimular hasta el 10-N, pero las nueces caerán del árbol. Y Sánchez volverá a encontrarse con su “España, nación de naciones”. Es el destino, si se les permite.

La experiencia histórica demuestra que la respuesta a esta explosión de soberanismos en España, que pueden convertir a nuestro país en el nuevo enfermo de Europa, no vendrá ni de la izquierda ni de la derecha. La fuerza política para detener la avalancha sólo puede salir de la parte central del electorado, que tiene en esta amenaza un poderoso incentivo para ir a votar.

La ofensiva de todos contra Cs, desde UGT y CCOO al nuevo candidato Íñigo Errejón, cuya primera decisión ha sido pactar con soberanistas, tiene su origen en la posición inequívoca del partido de Rivera contra los nacionalistas. Se piense lo que se piense sobre este partido, con el PP centrado en restaurar el viejo bipartidismo, su posición frente a la amenaza secesionista les hace imprescindibles en la respuesta a un virus que tiene como objetivo debilitar el Estado nacional, nada menos.

En su último Alderdi Eguna del pasado domingo, el presidente del PNV, Andoni Ortuzar, bramó en la campa de la romería: “Querrán que los vascos se sientan españoles, ¡ni por el forro!”. Ahí está en plenitud la España sanchista, la de la moción de censura que hizo presidente a Sánchez. Inestabilidad asegurada.
De esto va el 10-N, trampantojos aparte.

*** Jesús Cuadrado Bausela es geógrafo y ha sido diputado nacional del PSOE en tres legislaturas.