La etimología de la palabra “escéptico” nos remite a la reflexión, no a la duda. La Semana Santa es el mejor momento para reflexionar sobre la existencia de Dios, pues lo importante no es que Jesús naciera -todos nacemos-, sino su resurrección, suponiendo que fuese cierta.

Hace unos meses, en una librería de viejo, dos títulos llamaron mi atención: Cartas a un escéptico en materia de religión, de Jaime Balmes, y Por qué no soy cristiano, de Bertrand Russell. No hubo ninguna duda sobre la necesidad de confrontarlos…

Balmes parece haber escrito sus Cartas rodeado de bolitas de naftalina del tradicionalismo: habla, por ejemplo, de que un Dios terriblemente vengador es inevitable si queremos que haya justicia en la Tierra. Defiende la influencia de la religión sobre las masas para que estas no se desborden, influencia que nunca podrá ser sustituida por la filosofía. No admite que la religión acabe con el amor propio, ya que: “Quien desea ser eternamente feliz, ¿no se ama a sí mismo?”.

A Russell no le cabe en la cabeza que nuestro mundo sea lo mejor que la omnipotencia ha logrado

Balmes está convencido de que el cristianismo ha mejorado las costumbres, disminuyendo los delitos, neutralizando el egoísmo. Si la religión no existiera, “todos seríamos profundamente inmorales”. Asegura que han sido religiosos los hombres más grandes. Y concluye el ensayo pidiendo que le dejen creer en cosas extraordinarias: “La claridad es la excepción, el misterio es la regla”.

Leyendo a Bertrand Russell me sucede lo mismo que cuando leo a Ganivet, Steiner o Eco: al otro lado de la página hay un pensador brillante (lo cual no equivale a compartir todas las opiniones). A Russell no le cabe en la cabeza que nuestro mundo, del que forman parte el Ku Klux Klan o los fascistas, sea lo mejor que la omnipotencia y la omnisciencia han logrado. Según él, la gente cree en Dios porque le han enseñado a creer desde su infancia. Y le reprocha a Cristo que creyera en el infierno: “Yo no creo que ninguna persona profundamente humana pueda creer en un castigo eterno”. Por eso, dice que la religión se basa en el miedo, “el miedo a lo misterioso, a la muerte…”, de ahí el anhelo de tener un hermano mayor que nos defienda. También se basa en la autoestima, pues nos hace sentir importantes que Dios derrame en nosotros su mirada.

Al contrario que Balmes, afirma que la religión cristiana ha sido la principal enemiga del progreso moral del mundo; y que los cristianos modernos son menos tajantes porque, desde el Renacimiento, distintas generaciones de librepensadores les han avergonzado. Russell responde al argumento cristiano de que sufrir es purificar el pecado, invitando a cualquier creyente a que le acompañe a la sala de niños de un hospital para que presencie los sufrimientos que allí padecen, a ver si luego insiste en que esos niños están tan moralmente abandonados que merecen lo que sufren.

“Mi religión es luchar con Dios desde el romper del alba hasta el caer de la noche”, escribió Unamuno

Entre Balmes y Russell se situaría Unamuno, que tenía “sed de eternidad”. Una vez, viajando de Madrid a Salamanca en tren, se le acercó un señor:

—Usted es don Miguel de Unamuno, si no me equivoco.

—No se equivoca.

—Hace tiempo que siento una curiosidad a propósito de usted.

—Diga, diga…

—¿Cree usted en Dios?

—Mire usted, quienquiera que sea: para poder contestarle, tendríamos que averiguar qué entiende usted por “creer”, cosa que resultaría muy difícil; y luego, habríamos de hacer otro tanto sobre qué entendemos por “Dios”; y esto, entre usted y yo, sería absolutamente imposible, de modo que déjeme en paz.

Para saber la opinión de don Miguel, nada mejor que su ensayo Mi religión: “Mi religión es luchar incesante e incansablemente con el misterio; mi religión es luchar con Dios desde el romper del alba hasta el caer de la noche… Nadie ha logrado convencerme racionalmente de la existencia de Dios, pero tampoco de su no existencia. Tal vez no pueda saber nunca, pero quiero saber. Que busquen ellos como yo busco, que luchen como lucho yo, y entre todos algún pelo de secreto arrancaremos a Dios, y por lo menos esa lucha nos hará más hombres, hombres de más espíritu”.

A Fernando Savater, mientras firmaba libros en la feria madrileña, también le abordó una desconocida:

—¿Usted es creyente?

—Creyente… ¿en qué?

—Pues en lo corriente.

—Creo en lo corriente; en lo que no creo es en lo sobrenatural.
Savater sí cree en los dioses grecolatinos, cuyo analfabetismo “resultó un magnífico caldo de cultivo para las letras humanistas, que rompieron así el agobio esterilizador de tantas escrituras con dogmático copyright celestial”.

Salvador Dalí definió a Nietzsche como “un hombre débil que había tenido la debilidad de volverse loco”

Es curioso que a los primeros cristianos los romanos les tildaran de ateos, ya que pasar de creer en varios dioses a creer en solo uno parecía un sacrilegio. Al final, el cristianismo se convirtió en la religión oficial del Imperio Romano y el mundo entero vio derramarse la mirada de Dios.

Para Juan Pablo II -el único papa enterrado entre dos mujeres-, la humanidad empezó a perder el rumbo en el siglo XVII por culpa de Descartes: el “Pienso, luego existo” debilitó a Dios, mostrándolo como simple contenido de la conciencia humana. En 1802, imbuido de subversión, Hegel escribiría: “El sentimiento sobre el que descansa la religión del tiempo nuevo, el sentimiento de que Dios está muerto”. Y Nietzsche daría el tiro de gracia en El Anticristo: “El cristianismo… la corrupción de las almas por el concepto de culpa, por el concepto de castigo y de inmortalidad”.

A pesar de que Nietzsche, luego de matar al viejo Dios, estaba dispuesto a gobernar el mundo, su adversario parecía resucitar de continuo. En Francia, por ejemplo, en la Facultad de Filosofía de Vincennes, un grafiti rezaba: “Dios ha muerto (Nietzsche)”; y debajo, en otro grafiti, “Nietzsche sí que ha muerto (Dios)”.

Una mañana melancólica, Amado Nervo, después de mirar el firmamento, pensó que el cielo se había convertido en un desierto porque ya no había ángeles. Por aquel entonces, Salvador Dalí era un niño que jugaba con sus amigos “a ver ángeles” (presionando sobre las órbitas para provocar fosfenos). En casa, en la biblioteca de su padre, el pequeño Salvador solo encontraba libros ateos; en la escuela, durante un curso entero, un profesor le repetía una y otra vez que Dios no existía. Sin embargo, paradójicamente, Nietzsche despertó en él la idea de Dios. Y si el filósofo alemán había definido a Jesús como “el hombre de instintos débiles, el que no lucha jamás”, Dalí definió a Nietzsche como “un hombre débil que había tenido la debilidad de volverse loco”.

Para Unamuno -enemigo del escolasticismo-, la Iglesia católica hace bien al defender la vida contra la razón

“¡Nunca he conocido a un prototipo de español tan perfecto! ¡Qué fanático!”, exclamaba Sigmund Freud cuando le preguntaban por Dalí. Para Freud, las religiones son delirios colectivos. A una discípula le confesó: “¿Sabía usted que yo soy el diablo y ellos construyen catedrales en torno a mí?”. Acabaría encontrando el infierno en la Viena ocupada por los nazis. Décadas después, Benedicto XVI visitaría Auschwitz, preguntando a un cielo encapotado: “¿Por qué, Señor, permaneciste callado?”.

En Biografía del silencio, el sorprendente sacerdote Pablo d’Ors reflexiona sobre la meditación. D’Ors, a quien dos obispos han tachado de hereje, afirma que nos decepciona el Dios en quien creemos porque no atiende a nuestros reclamos. Y añade: “Deseo tener hijos, plantar árboles, escribir libros… Oler las flores, amar a las mujeres”. El papa Francisco le nombró consejero cultural del Vaticano. En una entrevista rompió mis esquemas al asegurar que es idéntico el miedo a la muerte de creyentes y ateos.

Tras mucho reflexionar, todo parece reducirse a una disyuntiva entre la fe y la razón. Para Unamuno -enemigo del escolasticismo-, la Iglesia católica hace bien al defender la vida contra la razón: “La teología no tiene nada que aprender de la ciencia”. Y cita a Tertuliano: “Creo porque es absurdo”. Sin embargo, el cardiólogo Valentín Fuster llega a Dios por el camino de la ciencia: “¿Cómo se explica que un corazón latiendo sesenta veces por minuto no se desgaste y, en cambio, a un Boeing 747 haya que cambiarle alguna pieza cada dos por tres…? Gran parte de mi fe se deriva de esta maravilla”.

Cuando uno es padre, comprende en toda su profundidad que no hay nada más importante que un hijo. Por eso, la principal grieta que veo en la religión, en el corazón de ese supuesto Dios, es que haga sufrir a los suyos. Ningún paraíso justifica la muerte de un niño.

*** José Blasco del Álamo es periodista y escritor.