Una respuesta de Donald Trump a una periodista que le preguntaba por Jamal Khashoggi, en la rueda de prensa tras la reunión de este miércoles con Mohamed bin Salman, ha desatado una ola de indignación mundial.
Trump ha excusado a Bin Salman de cualquier responsabilidad en el brutal asesinato del colaborador del Washington Post, pese a que la CIA concluyó que el príncipe heredero saudí aprobó el asesinato dada su omnipotencia sobre todos los aparatos de seguridad del reino.
Pero, además, ha minimizado este acontecimiento de repercusión global con evasivas repugnantes como "son cosas que pasan" y "podemos dejarlo así". No sin antes haber abroncado públicamente por "avergonzar a nuestro invitado" a la periodista que le inquiría. Una muestra más de su talante camorrista y de sus ataques a la prensa crítica.
Khashoggi, detractor del régimen saudí, fue descuartizado en 2018 en el consulado de su país en Estambul, adonde había acudido para tramitar documentos personales. Los responsables, según los servicios de inteligencia de EEUU, fueron agentes saudíes que actuaban bajo órdenes directas del mismo dirigente a quien Trump ha encomiado por su "historial en derechos humanos".
Tras la reunión en el Despacho Oval, lejos de dirigirle algún reproche a su interlocutor (como sí ha hecho con total normalidad en encuentros anteriores con otros mandatarios), Trump ha exhibido su amistad con Bin Salman, rubricando además una alianza militar privilegiada y la venta de cazas F-35.
El presidente estadounidense ha defendido al príncipe, afirmando que "no sabía nada al respecto". Al respaldar la versión con la que negó su implicación en el crimen (calificó el asesinato de "gran error" y "doloroso"), Trump vuelve a alinearse con el relato de un tirano sanguinario en una muestra de afinidad que excede la cortesía diplomática.
No es la primera vez que Trump se congracia con autócratas sobre los que pesan graves crímenes. Su política exterior se ha caracterizado por el acercamiento y el elogio a figuras como Vladimir Putin o Kim Jong-un, siempre bajo el pretexto de la defensa de los intereses nacionales estadounidenses.
Una cosa es que las conveniencias en materia de política exterior obliguen a menudo a soslayar ciertos escrúpulos éticos ante aliados indeseables. Pero otra muy distinta es avalar las prácticas criminales de un régimen condenado internacionalmente por su violación sistemática de los derechos humanos.
Que el líder de la primera potencia mundial desestime la gravedad de nada menos que un asesinato político, pretextando que Khashoggi era "extremadamente polémico", y que lo haga además reprimiendo el libre ejercicio del periodismo, ilustra el lóbrego escenario al que ha conducido la degradación del liderazgo global de EEUU.
