En su comparecencia en la Comisión de Reconstrucción del Congreso de los Diputados, la ministra de Igualdad, Irene Montero, ha anunciado dos medidas de calado. Por una parte, una Ley de Tiempo Corresponsable para que la nueva normalidad del teletrabajo no afecte ni a la conciliación ni a la igualdad entre hombres y mujeres. Por otra, un "pacto nacional por los cuidados" que, según dijo, debería genera alrededor de 300.000 empleos públicos o trabajadores subvencionados.

Montero ha sido muy poco precisa al especificar su plan y ha aludido a la retórica habitual de "transformaciones profundas". Pero si hacemos caso a las cifras que maneja la ministra de Podemos en términos de creación de empleo, un sencillo cálculo concluiría que esos 300.000 puestos de trabajo podrían tener un coste en el erario no menor de 6.000 millones de euros

Las CCAA

En el fondo, Irene Montero pone sobre la mesa un plan inconcreto, sí, pero un debate necesario: si bien gran parte de estas políticas dependen de las Autonomías -que aun con apoyo corresponsable del Gobierno central se ven exhaustas-, el análisis de cómo combinar el envejecimiento poblacional y las ayudas a la dependencia en un contexto de crisis es inaplazable.

Con todo, lo más flagrante es que sin cómputos solventes la ministra plantee como solución una oferta de empleo público cuya supuesta sostenibilidad se basa únicamente en cálculos de parte, sin más detalle. 

Coste de la iniciativa

Pero es que, además, la aprobación del ingreso mínimo vital y el inmenso gasto provocado por la crisis sanitaria -y la consiguiente socioeconómica- ya han elevado la previsión de déficit al 14% para este ejercicio, según la Airef. Y no se nos puede escapar otra advertencia: España es, en cuestión de empleo, el país más vulnerable de toda la OCDE ante un eventual rebrote del coronavirus. 

El problema de raíz de esta iniciativa de Irene Montero no es su oportunidad, pues parece indiscutible que hay que reforzar el Estado del bienestar, sino la fragilidad de una economía que lleva dos cursos sin aprobar sus Presupuestos y que, mientras mira a Europa como fuente de un maná todavía incierto, se embarca en promesas y gastos que pueden terminar de ahogarla.