Si algo ha puesto de manifiesto la pandemia es el amplio abanico de posibilidades que ofrece la tecnología, ya sea para el control de la enfermedad o para trabajar a distancia. Las aplicaciones móviles se han revelado útiles para hacer frente a lo que se ha dado en llamar "la nueva normalidad".

Lo sorprendente es que, en el plan de desescalada del Gobierno, los recursos tecnológicos, claves para monitorizar los avances contra la epidemia, hayan sido soslayados. Y eso, cuando en el BOE del 28 de marzo se encomendaba a la Secretaria de Estado de Digitalización e Inteligencia Artificial el "desarrollo urgente" de aplicaciones informáticas para "el apoyo en la gestión de la crisis sanitaria". 

Gran olvidada

De hecho el Ministerio de Justicia informó una semana después de que se estaba estudiando un sistema de vigilancia epidemiológico que contaría con todos los beneplácitos jurídicos para no vulnerar los derechos de los ciudadanos. Pero es que, además, el Ejecutivo disponía de dos apps desarrolladas en este sentido, AsistenciaCOVID y DataCOVID, que han sido desdeñadas en el protocolo de desescalada.

No se entiende que la tecnología sea la gran olvidada en esta crisis cuando los datos, con un buen uso, son los mejores aliados. Solo hay que atender a nuestro entorno para comprobar que países como Italia o Noruega, pero también Corea del SurAustralia, entre otros, conciben las aplicaciones móviles como indispensables para la vuelta paulatina a la normalidad.

Anacronismo 

Incluso había una iniciativa europea al respecto, la Pan-European-Privacy-Preserving Proximity Tracing (PEPP-PT) que, por el debate entre privacidad y seguridad, ha perdido apoyos. Pero, garantizados los derechos fundamentales, renegar de la innovación es un peligroso anacronismo.

Resulta incomprensible que los avances tecnológicos hayan sido orillados en el dificilísimo trance de salir del confinamiento. El ministro de Sanidad, Salvador Illa, condiciona ahora su aplicación a que den "valor añadido", obviando que hayan sido utilizados exitosamente en otros países y que el propio Gobierno los alentó. Una justificación muy pobre para una desescalada analógica. Y en pleno siglo XXI.