Si algo precisa la crisis humanitaria - y política- del Open Arms es claridad y altura de miras. 151 refugiados a la deriva, en condiciones precarias y enfrentados a un temporal severo, no sólo deben movernos a la solidaridad, sino que deben sensibilizarnos acerca de una realidad indeclinable: el Mediterráneo conforma la frontera marina más cercana -y más profunda- entre el primer y el Tercer Mundo. Y ahí la ley del mar impera ante una Europa anquilosada frente a su mayor desafío.

Ni el vicepresidente italiano Matteo Salvini puede desentenderse de esta alerta humanitaria con amenazas, ni mucho menos puede despejar balones con mensajes de mal gusto en las redes que revelan la catadura moral del político. Porque si la insolidaridad de Salvini era previsible, lo que es intolerable es que tanto Italia como Malta (países de la Unión Europea) hayan denegado el permiso para que la embarcación se refugie en sus aguas ante unas condiciones marinas que prevén olas de más de dos metros para este miércoles.

Problema de todos

Se trata, pues, de una cuestión capital que afecta a los valores mismos de solidaridad y humanismo de la Unión Europa. De nada sirve que la Comisión Europea parchee este asunto negociando discretamente con la ONG y con diferentes miembros, cuando no va -ni parece querer ir- a la raíz última del problema. 

Y todo esto sin olvidar, claro, una sensibilización profunda de que la frontera sur de Europa es un problema que les atañe a todos sus miembros, no sólo a los países ribereños. Tanto en el plano de la inmigración como en el de la seguridad.

Populismos

Todo es mucho más que un problema de voluntarismo. Por eso, son incomprensibles las ocurrencias de los alcaldes de Valencia o Cádiz, que ofreciendo sus puertos para que se refugie el Open Arms (de bandera española) ganan puntos sin comprometerse a nada mientras que embarran políticamente la cuestión del drama migratorio. De hecho, convierten un problema de consecuencias imprevistas en una cuestión abonada para los populismos de uno y de otro signo. 

El Mediterráneo por el que zozobra el Open Arms es el mismo que hace poco más de un año recibió al Aquarius en Valencia con todo el aparato propagandístico del Ejecutivo de Pedro Sánchez. Cuando un refugiado clama que prefiere morir en el mar a regresar a Libia, Europa no puede mirar hacia otro lado. Y es responsabilidad del propio Sánchez -que hace justo un año tomó la iniciativa y se reunió con Angela Merkel en Doñana para abordar el tema migratorio- hacer que Bruselas mire al Mediterráneo.