Antes como ahora, el silencio. Y si no es el silencio, es el olvido. Pero, sobre todo, el relato.

Nada de lo que arrepentirse. Quizás estuvo mal matar, pero era una guerra. ¿La gente corriente? Algo habría hecho. Ya ves, el quiosquero, un chivato, y otros muchos como él. ¿Y los niños? Daños colaterales, ¿no?

Llevamos oprimidos desde que Castilla conquistó Euskal Herria. Sufrimos mucho en la Guerra Civil. Nada comparable con lo de Guernica. La represión de Francisco Franco contra el pueblo vasco fue brutal. No nos dejaban hablar en euskera. El Estado Español aplastó nuestra cultura y nuestras tradiciones. Sólo eso ya justifica la lucha armada. No nos dejaron otra salida.

En 1957 se abrió la primera ikastola. La lengua vehicular era el euskera. En 1969 se creó la Federación Diocesana de ikastolas. Franco murió en 1975. ETA siguió matando durante 36 años más. ¿Por qué?     

¿ETA una banda armada? Sí, algo sé, creo que se cargó a Carrero Blanco. Ese era de Franco, ¿no? ¿Miguel Ángel Blanco? No sé quién es. ¿Hipercor? Silencio. 

Todo eso ya está pasado. Lo hemos hecho mal, pero no por parte de ETA, no. Todos lo hemos hecho mal.

Hubo mucho dolor por ambas partes. 2.500 atentados terroristas, 858 asesinados, 2.600 heridos. Sí, pero ¿y esas familias que se han jugado la vida en la carretera para poder ver a los suyos en la cárcel?   

Las palabras del párroco de Lemona en el documental Bajo el silencio de Iñaki Arteta: “Que un pueblo oprimido responda con violencia no sé yo si es terrorismo, es una guerra entre bandos”. “La opresión del pueblo vasco está ahí, estuvo y está”. Ni compasión, ni amor, ni arrepentimiento. Dios expulsado de su casa.

Diez años sin ETA. Sin muertes. ¿Qué toca ahora?

Los presos etarras ya están en cárceles vascas o de comunidades limítrofes. La competencia de prisiones, en manos del Gobierno vasco. Esto hay.

El miércoles se cumplieron diez años del momento en que la banda anunció que dejaba la lucha armada.

La derrota policial y también la falta de apoyo social. Hasta el que está acostumbrado a hozar en una charca (moral) acaba por hartarse.

Pero antes, unas cuantas treguas trampa. Todas con muertos.

El martes, José Luis Rodríguez Zapatero se reivindicaba y pedía abrazos. “Hay que transitar de la coexistencia pacífica a la convivencia”. Una nueva vuelta de tuerca del lotófago contador de nubes.

Pidamos lo mismo a la mujer violada o a la que sufre malos tratos. Que conviva en paz y armonía con su violador, con su maltratador. Es su deber moral, ¿no?  

Y en este conflicto que no fue, las víctimas nunca se han vengado (una anomalía en la historia de los conflictos que sí fueron). Y porque nunca lo han hecho, ahora se tiene el cuajo de exigirles no sólo que perdonen, sino que olviden, para que la sociedad que les dio la espalda pueda olvidar también. ¿Por mala conciencia? No parece. Quizás sea porque, visto ahora en la distancia, lo que pasó, bonito no fue.

Lo decía también el socialista y muñidor de este proceso de paz que no ha sido, Jesús Eguiguren (este sí, maltratador condenado): “La memoria de las víctimas es esencial. Cuando digo memoria digo dolor, contención. Es más auténtico que el que se promueve desde la exaltación”.

Que perdonen y que no hagan ruido. Que lloren hacia dentro y que no estorben.

Y llega Arnaldo Otegi por la mañana, con uno de Sortu, a interpretar su papel en esta farsa. Traje chaqueta, atril blanco, fondo de cuadro de Fragonard. Declaración solemne: "Su dolor nunca debiera haberse producido, a nadie puede satisfacer que aquello se hubiera prolongado tanto en el tiempo".

Repique de campanas en el Gobierno. ¿Veis como no hay nada malo en pactar con esta gente? ¡Si hasta piden perdón y todo!

Arnaldo Otegi por la tarde. Camiseta con mensaje, americana oscura. Su público. “Tenemos a 200 en la cárcel. Y si para sacarlos hay que votar los presupuestos, votaremos los presupuestos”. Y si hay que decir que nos duele el dolor de las víctimas, pues también.

Necesitamos que el PSOE y Podemos gobiernen seis años más. “Es ahora o nunca”.

Un ongi etorri en una plaza. El pueblo reconoce y recibe a los suyos. En la misma plaza, una víctima.

Diez años. Esto es.

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