Se ha definido con una cierta crueldad, no exenta de realismo, a la Unión Europea como un gigante económico y un enano político y militar. Y ese parece ser el signo de los tiempos. Europa se suicidó con dos guerras mundiales que dieron como resultado la emersión de dos grandes potencias (Estados Unidos y la Unión Soviética) y cincuenta años de Guerra Fría.

Que el eje político, el choque de potencias e intereses se ubicaría en el siglo XXI en el Océano Pacífico es algo sabido y anunciado desde hace décadas. El siglo XX fue un siglo Atlántico, con un eje permanente conflictivo: el Mediterráneo.

Desde la antigüedad, el mar Mediterráneo concentra la reunión de tres continentes (Asia, Europa y África) y tres religiones (judaísmo, cristianismo e Islam), por lo que no hay forma de encontrar largos periodos de paz y estabilidad. Y ahora se añade una presión migratoria muy intensa. Un permanente dolor de cabeza para los estadistas occidentales y para los países ribereños.

El choque de intereses en el Mediterráneo no decaerá. Lo que ocurre es que el conflicto principal se ha desplazado, primero al Atlántico (de ahí la importancia de la OTAN) y, en el siglo XXI, al Pacífico.

Los Estados Unidos, en su condición de primera potencia desde 1918, tienen experiencia en la costosa y dramática lucha en ambos océanos. En el Atlántico, contra la Alemania nazi; en el Pacífico, frente a Japón. De nuevo es el área del Indo-Pacífico donde se va a jugar la hegemonía o la convivencia mundial sobre la base del equilibrio de poderes en las próximas décadas. Lo que los rusos denominaron la "coexistencia pacífica", una forma de vestir la imposibilidad de una guerra abierta entre Oriente y Occidente.

El reciente acuerdo militar y tecnológico entre el Reino Unido, los Estados Unidos y Australia (AUKUS) supone señalar que Europa no es la principal preocupación defensiva de los norteamericanos, y que van a desplazar su esfuerzo de gasto tecnológico y militar a un escenario mucho más amplio y contarán con otros aliados.

En este marco, Francia ha quedado como la novia plantada en el altar. Pero su capacidad militar y sus bases en Nueva Caledonia y en la Polinesia Francesa sugiere que en un futuro más o menos próximo Francia se incorporará a la entente del AUKUS.

¿Y Europa, la Unión Europea? La salida del Reino Unido de la UE supuso un debilitamiento de su capacidad defensiva. Por otra parte, la OTAN, sostenida presupuestariamente por los Estados Unidos, entra en un periodo de hibernación en el que los estados europeos se van a ver obligados a financiar buena parte del dispositivo defensivo, cosa que han venido haciendo en muy limitada medida desde la fundación del Tratado del Atlántico Norte.

Si en política doméstica hacer predicciones es harto arriesgado, en política internacional es aún más incierto debido a los múltiples factores y actores implicados. Lo que sí podemos es constatar hechos.

La potencia militar dominante en Europa es Rusia (que además tiene su fachada oriental en el Pacífico) y la potencia económica, tecnológica e industrial es Alemania. La canciller Merkel cometió el error seguidista de cerrar todas sus centrales nucleares con el argumento de apostar por unas energías renovables que no han sido capaces de suministrar la demanda de Alemania. Resultado: importación masiva y dependiente del gas ruso.

El entendimiento ruso-alemán tiene muchos precedentes; el más reciente, el de Ribbentrop-Mólotov de 1939. El interés de Rusia es tener manos libres y dominio en la línea recta que une el mar Báltico con el mar Negro, sus salidas marítimas por el norte y por el sur, respectivamente, a la vez que constituye un glacis defensivo. En esto salen perdiendo los países bálticos, Bielorrusia y Ucrania. Pero esa es una baza que los rusos no están dispuestos a ceder y que parece que Alemania, a cambio del gas, está dispuesta y obligada a otorgar.

Si esta visión es certera, en vez de una pax americana, asistimos a una nueva etapa de armonía ruso-alemana en la que los miembros de la UE tendrán que encontrar nuevos elementos de coordinación e independencia y de mantenimiento de sus condiciones de Estados nación. 

Tiempos de cambios y de adaptación. Y España, país atlántico y mediterráneo como Francia, ¿cómo queda? No estaría mal un debate de altura en el Congreso. Los españoles tenemos derecho a saber dónde estamos y hacia dónde vamos.

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