Esta semana pareció que el país entero no hablaba de otra cosa, de los mentideros a los Parlamentos: que si Ana Iris pacá’, que si Ana Iris pallá’. Que si falangista. Que si la única izquierda con la que se puede hablar. Cuando nos pega, nos pega fuerte. Vaya último mes de embarazo le han dado a la chavala. Yo pienso que la Iris Simón es brillantísima, me cae bien en la lejanía y, desde el parcial desacuerdo, me parece valioso que haya puesto a España entera a pensar ¡a lo loco! sobre quiénes queremos ser y cómo hacerlo (saben mis allegados que nada me excita más en la vida que una buena guerrilla cultural a tiempo).

De hecho, le agradezco a la escritora algo más íntimo: que me haya puesto a pensar en mi propia familia y en mí, que me haya hecho comparar compasivamente los viejos dolores y los nuevos, que me haya hecho levantar el teléfono para entrevistar a mi señora madre y confirmar lo que ya sabía, o lo que intuía profundo. Que no envidio en absoluto la vida que ella tenía a mis 29 años. Lloramos las dos un poco hablando, ella desde Málaga y yo desde Madrid, y luego nos reímos: qué tontas, coño. Es que somos andaluzas sentías y nos gusta mucho llorar.

Decía el otro día Rafa Latorre en su columna en El Mundo (al respecto de esta polemiquilla) que cree que es un error convertir la historia personal en una generalidad política. Yo también, por eso sólo escribiré, sin pretensiones, de lo que conozco bien. Y lo que conozco es que mi madre se llama Rosa y que nació en el 65. Que era flaquita y tímida, y aún hoy. Que se crió sin un chavo. Que era sensible y cobarde: una de esas hembras comedidas que no hablaban por no molestar, a pesar de lo hilarante que resulta cuando se suelta, a pesar de la coña secreta que lleva en lo alto. Que era listísima y creativa, que leía bulímicamente y que tenía el oído entrenado en las fabulosas historias de las viejas.

Que tuvo que hacerse mayor deprisa para cuidar de los suyos. Que nunca pensó qué significaba “disfrutar”, ni para qué carajo servía eso, ni siquiera si era bueno y no egoísta. Que la operaron del corazón a los 16 años y vio que se moría y desde entonces comenzó a hablar más alto, porque en la vida sólo se tiene palabra una vez. Que estudió como una condenada y trabajó, que se arremangó fregando, que sirvió helados y que era (es) muy guapa, pero no se lo creyó nunca.

Ella me enseñó la copla. La tradición oral. Los cuentitos fúnebres y esotéricos de los pueblos perdidos de Andalucía. Los amores imposibles, el lenguaje de las matriarcas y los bandoleros. Ella puso en mi boca todas las palabras importantes, las palabras que me permitieron defenderme del mundo. Ella me dijo que para camisetas no había dinero pero para libros, el que yo quisiera.

Ella fue niña también, aunque fuera un rato, y se enamoró de Miguel Bosé cuando cantaba Linda y de Pedro el de Los Pecos cuando aún tenía pelo, y pensó que la vida iba a ser otra cosa. Háblame de ti, de la libertad: si las clases te aburren, ¿hacia dónde vas? Mi madre, en realidad, nunca le habló a nadie de sí misma: los sueños eran cosa chica. Fruslerías. Menudeces para incautas. Escribía, y muy bien, pero quién iba a leerlo, pero quién iba a entenderla, así que dejó de hacerlo. “Me fui silenciando”, dice. “La escritura la tengo latente. Estará dormida, no he dejado que se despierte. Entonces creía que mi cabecita no veía la realidad de las cosas, que tenía que ocuparme del mundo real”.

Sólo tuvo un novio, Rosa, y ese novio fue mi padre. No besó a nadie más, ni siquiera tuvo amigos varones. No tiene claro qué es el amor, pero seguro que nunca fue lo leído ni lo escuchado en los bolerillos tramposos sobre esas devociones que parece que siempre experimentan los otros, los guapos de la pantalla grande: mientras ellos se seducían, mientras se mandaban cartas larguísimas y se juraban la vejez y la muerte, una sólo hizo lo que tenía que hacer. No eligió casi nada, mi madre. Sólo fue libre, como escribió Carlos Barral, para decidir lo que no importa.

Mamá.

Hubiese querido estudiar Psicología, pero se decantó por Magisterio porque tenía que ir buscando un oficio relativamente cómodo que compaginar con su previsible papel de madre. Recuerda que era jueves (siempre se recuerdan con exactitud los días de derrota) cuando la llamaron para que trabajase como interina en un colegio de Marbella, y a todo el mundo eso le pareció una locura. ¡Málaga-Marbella! ¡Cómo iba a ir ella para allá, una mujer sola! ¿Con qué coche? Sí, bueno, tenía un Ford fiesta marrón más bien andrajoso, pero lo utilizaba mi padre: como si no lo tuviera. Renunció. En la vida no hizo otra cosa, mi santa Rosa María. Renunciar en base a no se sabe bien qué: a una hipotética unión más sólida (“no podía dejar que mi familia se resintiera”), a unos valores de cohesión bien mamados, a un facilitarle las cosas a los demás. A un cuidar al resto, subterráneamente, sin espectacularidades. 

Con 21 se casó. Con 25 me tuvo a mí. “Yo siempre he tenido una debilidad, una flaqueza, y ha sido la idea de pertenecer a un único grupo: a mi familia. No me he expandido nunca más allá. No he tratado con mucha gente más, ni por trabajo ni por amistad. Me entregué a la familia que yo constituí”, me dice. “Siempre he sido muy exigente conmigo misma para eso y para todo. Nunca he sido especialmente feliz. Me puse a estudiar otra vez para montar la asesoría y sólo me llenaba el tándem que tú y yo formábamos. Eras pequeña y eras mi amiga. Nos lo dijo una dermatóloga, me acuerdo: que se notaba que tú y yo éramos amigas. Solas estábamos muy bien, leyendo y escuchando casetes con cuentos mientras tu padre llegaba tardísimo del trabajo”.

Tuvo dos abortos que la marcaron mucho. La aterrorizaba ‘dejarme sola’ si a mi padre y a ella les pasaba algo. Quería que tuviese un hermano, un compañero. Suerte que fueron dos que hoy son mis pies y mis manos. “Siempre he sido muy obediente, y eso es malo. Muy conciliadora. No quiero echarle la culpa de todo a los demás: yo siempre necesité protección, seguridad. Me crié en ese miedo. Yo hoy no entiendo que las niñas se casen con 22, casi como hice yo. Yo no quería casarme, pero eso era lo que había que hacer, ¿sabes? Ahorrar. Comprar un piso. Estaba todo más estructurado. Siempre pensé que si seguía ese camino las cosas acabarían por ir mejor. Qué ilusa, ¿no?”.

Cuántas renuncias y cuántas mierdas, dice ahora.

“Si llevabas tres o cuatro años con tu novio pues ya te tenías que casar, porque si no te acababas convirtiendo en una solterona. Decías: bueno, el tipo es raro, pero tiene días buenos, a veces está simpático. Sin él, ¿a dónde voy a ir yo?”. Cree que ha ocupado todo el tiempo de su vida trabajando como una mula porque así no le daba ocasión a pensar. “Tienes muchas cosas que hacer, la vida te va llevando. Pero alguna vez veía una película y lloraba: ¿esto por qué no me pasa a mí, esto por qué no lo siento yo?”.

Le daban algo de envidia sana esas mujeres por las que sus maridos experimentaban admiración: nunca se sintió una de ellas. Le daba envidia que Clint Eastwood apareciese a buscar a Meryl Streep empapado, bajo la lluvia, en Los puentes de Madison. “Yo la entendía a ella, ¿eh? Dejó al amor de su vida pasar porque antes que su devoción estaba su obligación. Las mujeres de mi generación hemos tirado más a lo que teníamos que hacer que a lo que preferíamos”. ¿Y el sexo? “Bueno, como decía mi tía Rosa, ‘eso era una faena más’. Un trabajo que había que hacer”. Un tentáculo más de los oficios para ser una buena esposa. Un callar y dejarse. 

Una vez escuchó a un hombre conocido decirle a otro que no sufriera por esa tía, que “todas tienen lo mismo: un sitio por donde entrar”, y que “por ponernos, mejor nos quedamos con una sumisa”, y entonces sintió terror. Pensó en el sexo concebido por los hombres como desahogo, y entonces sintió algo más amarillento que el pánico: el asco.

Una mierda, dice ahora: una mierda.

Le hablo del libro de Marta Sanz llamado Éramos mujeres jóvenes: de cómo ahí la escritora hilvana los prejuicios y los tabúes sexuales de las chicas de la Transición. Toda esa vergüenza. Toda esa culpa. Todo ese imperativo de agradar. Toda esa espesa sensación de sentirse usada, de no poder agarrar las riendas del deseo propio. Qué es el deseo, quién sabe: quién supo lo que querían ellas. Mi madre asiente.

Se separó a los 52. Lo hizo cuando mi hermana pequeña se fue a estudiar fuera, por fin. Tenía que proteger el nido hasta el final.

Y ya nunca más. Nunca más.

Por todo esto y por mil cosas más que el respeto y la protección me impiden contar, nunca podré envidiar la vida que tenía mi madre a mi edad. Ni la que tuvo antes, ni después. Mi madre, una mujer buena y hermosa y delicada y dura y sacrificada que el mundo se cargó sobre los brazos y llevó en volandas hacia el hogar previsible y crudo que jamás eligió: allá donde le señalaron que estaba el futuro. A mi madre (como a tantas otras) la engañaron, la encauzaron y decidieron por ella: una y otra vez, una y otra vez, hasta la nulidad, hasta la insignificancia, hasta la desaparición.

Mi madre y yo.

Ella no se arrepiente, subraya, no se arrepiente de nada porque nos ha tenido a nosotros, a sus tres hijos, que sois lo que más quiero en el mundo.

Qué más da que a los 29 tuviera un coche y una casa (como celebra Iris Simón acerca de sus padres en Feria) si para eso tuvo que entregar todo lo demás. Yo hoy, está claro, no tengo tampoco ni coche ni casa propias, pero puedo escribir y escribo. Hoy tengo la palabra, aunque precaria, que no tuvo jamás mi madre. Y la ejerzo, la ejerzo, la ejerzo: me la creo, la defiendo con el cuerpo y además, cobro por ella. No me cabe entre líneas la nostalgia: es tan grande y pesado y tramposo ese mamotreto.

No tengo marido, no tengo hijos ni ganas. No tengo grandes amos. No tengo pudor y hablo bien alto. Tengo experiencias. Tengo el “no” siempre a las puertas de la boca, para cuando lo merezcan los de afuera. Soy consciente de mi vida: no dejo que ganen nunca en fuerza los días laborables. Sé lo que significa la palabra “disfrutar”. Yo aprendí de voluntad, de seducción y de deseo, y besé a mis amigas hembras y abracé a mis amigos hombres y jamás les tuve miedo; y elegí mi carrera, mi trabajo y a los diminutos amores de mi vida, y leí a autoras feministas y bebí de referentes que siempre sacaban los pies del tiesto y ya nadie me marca el camino, y como diría Panero, “a nada sino al azar y a ninguna voluntad sagrada de demonio o de dios debo mi ruina”. Sólo a mí misma, mamá. Sólo a mí misma.

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