Hubiera ido con gusto al ágape del Rianxo. Aquello era, visto a la distancia, una reunión donde las cloacas se hacían de terciopelo y el socialismo de Garzón y Lola se volvió cipotudo y rentable. Porque tanto ir y volver del Cono Sur a hablar de democracia judicial, para algo nos habría de servir al resto de los ciudadanos. Todo español de bien tenía que haber ido al Rianxo, con el laureado Villarejo con una medalla al mérito bien colgona, con Lola en los postres y con Balta como anécdota y como protagonista. Qué felicidad la de Baltasar desatado, con Lola Delgado asintiendo en las empresas vaginales del otro. Y orujo entre las miguillas de pan en el mantel. Y El Gordo, con sus cosas.

Claro que nos quedan más grabaciones, pero Villarejo se las dará a Netflix o a Hollywood si le prometen algo, y entonces España será un casting como en aquella idea de Mario Camus de usar "actores reales" en el audiovisual. Dolores Delgado, el sempiterno juez Garzón, Villarejo y demás. Mariscos y sororidad y un zapatófono registrando esa competición por el mayor disparate. En esto está España.

Dimita o no -y entre que andamos hundidos como país-, anda Lola de tacón de freno (micromachismo) del cimborrio ministerial. La cena del Rianxo es una obra de teatro en la que los españoles aplaudimos porque hay algo, alguien, con quien nos identificamos. Hay un giro del lenguaje o una derivada de las confidencias que hacen a los grabados de lo más nuestros.

Desde que se grabó la cosa pasó el tiempo y pasó la vida, que es lo que tiene. Lola Delgado perseguía a criminales y el mundo se le iba haciendo, desde entonces, una entidad ultraderechista para chantajearla. Pero Lola y Baltasar son las pinturas negras de Goya retratadas por un comisario al que sólo se le ve en los papeles con una boina y mirando al suelo. El lodazal que dicen que ha creado Villarejo, insisto, no es más que un reflejo de nosotros mismos. Las viandas y la gramática parda del Rianxo existieron, pero es que todo plumilla saca las cosas de quicio.

Sánchez aguanta a Delgado y viceversa. Del doctor a la machirula media un abismo -académico y de los otros-. Una sostiene al otro que a su vez es sostenido por Torra al que sostiene su racismo integrador (sic). Lo que es cierto es que las cloacas hablan, quieren su derecho a existir, su cuota ministerial, su gabinete de alcantarillas. Porque Lola, ay, yo sí te creo.

La comida del Rianxo es la batalla de Guadalete, el abrazo de Vergara, el gol de Iniesta. Es Historia viva y grabada. Toda ministra sostenida, reprobada, encarada y silente hace grande el proyecto de Sánchez, que es un proyecto que ya no se cree ni su Begoña. Pedro Sánchez obvia el protocolo y vive esperando que a Dolores Delgado la llamen de la ONU. Sánchez se doctoró por persona interpuesta en el Rianxo, pero tampoco lo sabe atribuir claramente en la bibliografía.

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