Reitero lo que dije el miércoles en Los Desayunos: "Para Sánchez y Casado pactar no es una opción. Para Sánchez y Casado pactar es una obligación. Una obligación patriótica, una obligación ante el conjunto de la nación española... Aunque los dos sean muy jóvenes, se están jugando su lugar en la Historia". Se acabó el merodeo. De ahí no me moverán.

Ilustración: Javier Muñoz

Pero dos no pactan si uno no quiere y de momento estamos en la fase declarativa de la parábola de los dos hermanos y la viña. Sánchez no sólo dice que está dispuesto a ir a trabajar a la viña del acuerdo, sino que proclama las excelencias de hacerlo. Casado, en cambio, se muestra abiertamente reticente. Por eso, dediqué mi extensa Carta de la semana pasada -Pactar en la Moncloa, aunque no te fíes del crupier- a argumentar por qué, tanto desde el idealismo como desde el pragmatismo, al PP le conviene atender esa llamada.

Pero, como bien nos enseñó San Mateo, lo importante no es cómo empieza la parábola sino cómo termina. No fuera a resultar también que, en la España del coronavirus, a la hora de la verdad, el que dice que va, no vaya; y el que dice que no va, vaya. Con la salvedad, claro, de que, si eso sucediera, ya no habría ninguna viña a la que ir a vendimiar.

Porque la peculiaridad de unos pactos entre el Gobierno y la oposición es que no se trata de una cita espontánea entre iguales, sino de un encuentro entre alguien que convoca, dispuesto a restringir el ejercicio de su poder ejecutivo, y alguien que acude, dispuesto a modular el ejercicio de su poder declarativo. Ni parten de la misma situación, ni aportan lo mismo. El Gobierno lleva todo el BOE bajo el brazo; la oposición sólo su derecho al pataleo. (Lo que no es poco en un momento de angustia social como este).

La singularidad del formato implica que, en su fase resolutiva, la voluntad real de Sánchez deba expresarse inexorablemente antes que la de Casado, por la vía de los hechos. El presidente es el que tiene la capacidad de iniciativa. En él recae la responsabilidad de impulsar una fórmula de gobierno u otra, un programa u otro. Sólo cuando él empiece a levantar sus cartas, estará poniendo de verdad a prueba a Casado.

Como en el ritual de toda seducción, quien primero ha de mover ficha es quien desea captar al otro. Y es, a continuación, en un segundo momento, cuando el requerido acepta el envite o no. Cumplidos, por ese orden, ambos trámites, es cuando comienza el baile, la presentación de credenciales, el intercambio de documentos, la negociación, el toma y daca, el pacto de la letra grande, la guerra de guerrillas por la letra pequeña...

Todo esto es tan de Perogrullo que no merecería haberle dedicado ni un párrafo, si no fuera por la actitud desconcertante, tan contraria a esas elementales reglas del cortejo, que viene adoptando Sánchez. Nadie que quiere atraer a alguien a un proyecto para el que es capital -sin Casado no habrá pacto que valga para nada- le ningunea, desprecia y ofende, como lo está haciendo el presidente. Tan llamativa es esa contradicción que llevo días preguntándome si es que este hombre no sabe, no quiere o no puede ligar.

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Ya que los Pactos de la Moncloa son el gran antecedente, comparemos la forma en la que Adolfo Suárez trataba a Felipe González, con los modales de Sánchez hacia Casado. Aquellas imágenes de complicidad e intimidad, en las que el uno encendía el pitillo del otro, captadas en 1977, tanto en el tresillo de su antedespacho de la Moncloa, como en la mesa alta en la que se reunían en el Congreso, lo dicen todo. Hablaban durante horas y Suárez se esmeraba en que el PSOE fuera consciente de que, como dijo el dirigente de UGT, José María Zufiaur, habían pasado "de las catacumbas al plató".

Felipe González enciende un pitillo a Adolfo Suárez en Moncloa, en 1977. Efe

Es verdad que Suárez, atenazado y rígido cada vez que le tocaba dirigirse a un auditorio, tenía un "cerca" inigualable. Hablo por experiencia, nadie se resistía a sus encantos. Pero mantener encendida la llama de aquellos cigarrillos, con el líder del PSOE, fue una de sus dedicaciones prioritarias. Alguien recurrió al chiste malo de que terminaron haciéndole duque por la cantidad de paquetes de Ducados que consumió, buscando la concordia.

Y junto a sus esmeros y desvelos, los de Fernando Abril cultivando a Guerra, los de Paco Ordóñez hermanándose con Boyer, los de Calvo Sotelo distinguiendo a Múgica -cuánto siento su muerte- entre todos los miembros de aquella Comisión de los Diez, mediante la que la oposición negoció concurrir a las elecciones del 77.

Alguien recurrió al chiste de que le hicieron duque por la cantidad de paquetes de Ducados que consumió, buscando la concordia

En lugar de eso, Sánchez ha dedicado cuatro minutos a hablar con Casado, durante el último mes. Menos de un minuto por semana. El líder del PP se enteró por la ministra portavoz, a la vez que el resto de los españoles, de que había sido convocado a una teleconferencia para el jueves, dentro de una ronda general de conversaciones.

Como si fuera un siervo de la gleba, recibiendo una citación de su señor, en plena recolección del diezmo, o un operador aéreo enterándose -por utilizar el símil de Cayetana- de cuál era la hora de su slot, entre un enjambre de despegues programados. Algo así como si un don Juan abúlico y disperso citara a doña Inés en su sofá, con límite de tiempo, mientras sus anteriores conquistas entran y salen de la habitación.

Adolfo Suárez enciende un pitillo a Felipe González, en el Congreso, en 1977. Efe

¿Son así de torpes en Moncloa o simplemente se lo hacen? La interpretación más indulgente combina el manca finezza -Sánchez nunca se ha distinguido por sus modales políticos- con el caos de un gobierno incapaz de coordinar su comunicación, ni hacia dentro ni hacia fuera. Menudo "mando único" que no logra ni mantener a raya a Pablo Iglesias en su desaforada ofensiva propagandística, ni imponer un criterio común sobre cómo pasar de curso en toda España, ni coordinar la compra y distribución de test, ni perfilar un plan de desescalada a la francesa, ni siquiera armonizar la forma de contar los muertos en cada autonomía.

Pero, en este caso, la simple torpeza no cuela. El equipo de Sánchez siempre lo ha fiado todo a la estrategia, hasta adquirir un aura de virtuosismo en la maquinación que alimenta una mezcla de temor y respeto. Cada gesto, cada comparecencia mediática, cada interlocución reservada del presidente con periodistas, empresarios, agentes sociales o líderes políticos es meticulosamente debatida, como una pieza más de un itinerario. En ese plano nada pasa por casualidad. Este sábado por la noche Sánchez tenía entre sus objetivos preestablecidos el de no mencionar a Casado, en su hora y cuarto de perorata, y lo logró pese a las reiteradas preguntas sobre su falta de comunicación con él. La decisión estratégica es, desde hace tiempo, meter al PP en la nevera para ayudar a que Vox siga creciendo, según el mismo cálculo que convirtió a Rajoy en padrino político de Podemos.

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¿Estamos, por lo tanto, como denunció el miércoles el propio Casado, en la sesión de control, ante un mero "teatro de guiñol" o, intentando profundizar un poco más en el maquiavelismo monclovita, ante una sesión de fantasmagoría, en la que el foco de la Linterna Mágica de los medios gubernamentales se pone sobre unos anhelados pactos, sin soporte ni especificidad, culpando de antemano al PP de su frustración, para que la oscuridad se apodere del resto de un recinto, en el que las equivocaciones se mezclan con los cadáveres y los lamentos quedan ahogados por la dominante voz del narrador?

Algo de esto hay, sin duda. Pero la explicación me parece miope o, al menos insatisfactoria, en la medida en que soslaya la perentoria necesidad real de los pactos. Tanto para que la sociedad española acepte de forma equilibrada los sacrificios que va a requerir la apenas iniciada travesía del desierto de la pandemia, como para la posterior reconstrucción de cuanto vaya desmoronándose durante el trayecto. Y sobre todo, para comparecer ante la Unión Europea con alguna credibilidad de futura disciplina fiscal que permita financiar la ingente escalada de nuestra deuda, sin caer en el desgarrador abismo de un rescate.

De Sánchez y los suyos pueden decirse muchas cosas, pero no que sean tontos. Alimentar la hipérbole de unos "nuevos Pactos de la Moncloa", simplemente para desviar la atención de los trágicos errores en la gestión de la crisis y tender a los espíritus ardientes que rodean a Casado una trampa para que se precipiten en ella, sería, en estas circunstancias críticas, algo propio de aficionados. Más que retablo de don Cristobita, mal teatro universitario.

¿Estamos, por lo tanto, como denunció el miércoles el propio Casado, en la sesión de control, ante un mero "teatro de guiñol"?

Al final del día quien habrá fracasado, si esos Pactos no se firman, es quien los ha propuesto porque los necesita para gobernar con eficacia. Pasados los primeros diez o quince minutos de propaganda, o incluso análisis fundado, sobre la cerrazón de Casado, la obcecación de Cayetana y la obstinación de Teodoro, la responsabilidad de cuanto ocurriera -en los hospitales, en las empresas, en los mercados- seguiría siendo de Sánchez. Igual que en el 77 lo era de Suárez.

Sólo ofreciéndole asumir el programa del PP y obteniendo una negativa ad hominem; o dimitiendo con estrépito, para denunciar su falta de colaboración, podría Sánchez traspasar de forma estable la culpa a Casado. ¿Verdad que no va a suceder ni lo uno ni lo otro?

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Aquí hay un enigma para el que no tengo respuesta pero que, en mi opinión, tiene más que ver con la impotencia política del Don Juan de la Moncloa que con su torpeza o su doblez. Si he traído a cuento la escena del sofá es porque pienso, como Marañón, que el desdén y la traición, no son en el fondo sino el disfraz de algo mucho más profundo que caracteriza el mito de don Juan.

Su punto de partida, cuando por primera vez se ocupó del tema en el artículo Notas para la biología de Don Juan, publicado en 1924 en la Revista de Occidente, no difería demasiado de lo que cada mañana oímos decir a Vox y sus corifeos sobre Sánchez: "Visto de cerca, y sin prejuicios literarios ni filosóficos, es un pobre rufián, sin inteligencia y sin interés, cuyas aventuras son un tejido de injusticias y de canalladas".

Pero a un "pobre rufián" no se le dedican tantas horas de reflexión y estudio durante quince años. Es en 1940, al publicar Don Juan. Ensayos sobre el origen de una leyenda, cuando todo eso sedimenta en una interpretación psicológica sobre su mitificada sexualidad que puede ayudarnos a entender los límites de la aparentemente insaciable pasión de Sánchez por el poder.

Marañón indaga, desde los prejuicios de hace un siglo, en la "ambigüedad", la "indefinición" o la "vacilación" de la sexualidad de don Juan. Incluso en su presunta homosexualidad, apoyándola en el descubrimiento de los documentos que probaban que el asesinato del Conde de Villamediana -figura en la que se inspiró Tirso de Molina para su Burlador-, había destapado una red de prostitución masculina en la corte de Felipe IV.

La analogía no traspasa, por supuesto, el ámbito del proceder político de Sánchez, ambiguo, indefinido y vacilante donde los haya, pero dominado por la determinación fagótrofa de engullir a quien le estorbe. Cada día en la Moncloa es una conquista más pero, a diferencia de lo que ocurre con otro carnívoro voraz como Pablo Iglesias, no sabe muy bien a dónde va ni para qué. En eso a quien se parece es a Rajoy.

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La tesis de Marañón quedó plasmada, medio siglo después, en una obra teatral de Jerónimo López Mozo, titulada "D. J. (Don Juan Tenorio)", en la que un personaje secundario, que se dedica a seguir y escuchar a Don Juan, plantea el misterio: "Sus relatos acaban siempre a las puertas de las alcobas. ¿Por qué nunca cuenta lo que sucede en ellas?". Tal vez porque, según el psiquiatra y académico de Medicina Alonso Fernández, se trata de "una adicción sexual con poco sexo".

El ámbito del proceder político de Sánchez, ambiguo, indefinido y vacilante, pero dominado por la determinación de engullir a quien le estorbe

Tirando por elevación, yo creo que todas esas teorías desembocan en una sola cosa: la incapacidad de amar de quien tanto proclama hacerlo. O sea, en la estéril intrascendencia de esa "virilidad cuantitativa", denostada por Marañón. Por algo resume su diagnóstico clínico, fijándose en el verdadero convidado de piedra de tantas idas y venidas: "¡Pobre Cupido!"

El problema de Sánchez, como el de don Juan, es la falta de un proyecto que convierta su adicción al poder en una verdadera pasión política. Adolfo Suárez lo tenía y era consciente de que en aquella España, con tanta carga viral cainita, los pactos eran a la vez un medio y un fin. Por eso antes de los Pactos de la Moncloa vinieron los de la reforma política y después los del consenso constitucional.

Suárez tenía perspectiva porque enlazaba su conocimiento del pasado con su urgencia de futuro. El adanismo de Sánchez, instalado como don Juan en el "cuán largo me lo fiais", le convierte en una isla a la deriva. Porque, como ha escrito Camus, al hermanar al Tenorio con su Sísifo, "el hombre absurdo es el que no se separa del tiempo... el que no sabe contemplar los retratos... el que ha elegido ser nada".

Esta es la verdadera razón por la que las expectativas de la conversación de este lunes son tan bajas. Ojalá me equivoque, pero Sánchez llegará de vacío y eso ayudará a escabullirse a Casado para regresar mentalmente a su refugio de Génova sin desgarro ni mácula alguna. Lástima que la catástrofe que amenaza con aplastarnos no permita ni a uno ni a otro seguir las inclinaciones de su naturaleza.

Antes o después, Sánchez tendrá que ejercer de médico a palos o de bombero por equivocación. Yo que el líder del PP no me levantaría ya de la mesa virtual y me aferraría a la silla de la buena disposición hasta que el infierno se hiele, tal y como hace al final de la obra de López Mozo, la joven que acude a ver a don Juan, cuando le dicen que ni está ni se le espera: "Parece que he llegado demasiado pronto... No importa. Si a ustedes no les molesta, le esperaré aquí".