Daniel Ramírez Carmen Suárez

“Libertad”. Esa era la palabra de entonces y esa es la palabra de hoy. ¡Con significados tan distintos! Suele ser estúpido decir que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero si se trata de “libertad”… En el Madrid de La Movida -cuentan sus protagonistas- la autocensura no campaba a sus anchas, no bajaba por los adoquines el río turbio del odio. ¡Viajemos, entonces, a ese Madrid! “Un día cualquiera no sabes qué hora es…”, ya suena. 

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Más palabras. Hay nombres que descubren el camino del corazón. Ese corazón en el sentido más puro del término: la sangre, el deseo, el ruido, el ritmo. “Nacha pop”. Bum, bum. Bum, bum. Se activan esos resortes. “¿De verdad es el de Nacha Pop?”. Brilla la mirada del hombre que pregunta por ese otro hombre de chupa gris y gafas de sol que sube las escaleras del Café Comercial. 

Nacho García Vega acaba de cumplir sesenta años; y La Movida, cuarenta. Con su primo Antonio, escribió las canciones que atestiguaron el amor, el sexo, la ilusión y la otra vez- libertad de los ochenta. Con aquel tiempo sucede algo mágico: tienen nostalgia incluso quienes no lo vivieron. 

Era un Madrid dentro de otro Madrid. Una ciudad dentro de la ciudad. Nacho, sentado a la mesa y con verbo rápido, imagina ahora La Movida desde arriba, como si fuera una maqueta de juguete. El Pentagrama, El Sol, Rock-Ola, La Vía Láctea… Todo sucedió aquí al lado, cruzando el paraíso. Para él son muy importantes las “pinceladas”. Habla de un cuadro y, poco a poco, lo va dibujando.

El país se había dado la vuelta. ¡Estaba desnudo! La transgresión invadía los escenarios. Los desposeídos lanzaban a gritos su mensaje al mundo. No importaba el conocimiento. Tampoco la técnica. Eso venía después. El fuego de expresarse quemaba las entrañas de Nacho y Antonio: “¿Sabes? Tener algo que decir y poder hacerlo es una fuerza imparable”. 

¿Movida? ¿Qué Movida? ¿De dónde salió aquello? Era una “palabra comodín”. Lo mismo daba “me voy, he quedado para una movida” que “vaya movida se montó en el concierto de anoche”. También estaba el “pásame un poco de esa movida”. La oscuridad del cuadro. Porque hubo mucha droga… y muerte. Nacho se lo escuchó por primera vez a su amigo Michel Soliveri, un italiano. Luego, a la movida se le puso la “m” mayúscula y quedó sellado el movimiento cultural.

Nacha Pop -se decía entonces- era una “aventura sentimental” entre el público y el grupo. La aventura de toda una generación. A lo largo de esta charla, Nacho desmiga la melodía del presente colocándola en el espejo del pasado. Y sí, por mucho que duela, el presente comienza a sonar desafinado.

En los conciertos de hoy, los que tienen más de cuarenta escuchan con los ojos cerrados, como viajando a un instante. Los jóvenes miran con los ojos muy abiertos, como queriendo vivir lo que no vivieron. “Es eso -susurra Nacho-. Los ojos abiertos y los ojos cerrados”.

Aquí al lado, cruzando el paso de cebra, están las calles de Nacha Pop. ¿Cómo era aquel Madrid de La Movida?

La primera pincelada creo que debe ser esta: era un Madrid más pobre. Un Madrid que salía de la tiniebla. Más cutre en muchos aspectos: las calles, los servicios públicos… Eso, en parte, le daba encanto, pero también dureza. Era un poco “búscate la vida como puedas”. Lo que más define La Movida es un lema que vendría a decir: “Si tienes ganas de hacer algo que no intenta nadie, no hacen falta conocimientos técnicos, ¡sal al escenario y hazlo!”. Estar encima de un escenario era lo prioritario. Un poco fuerte, ¿no? 

Y tanto. 

Claro, porque se supone que uno debe tener conocimientos musicales, interpretativos… Pero aquel Madrid era al revés. Primero al escenario y luego lo demás. Cuando la persona siente una necesidad imperiosa de expresarse de manera transgresora…. Eso es una fuerza imparable. Ese fue el carácter de La Movida.

En vuestro caso fue así: Antonio y tú, los compositores de Nacha Pop, no erais músicos de conservatorio. 

La música gustaba mucho en nuestra familia -primos carnales-, pero no éramos expertos, desde luego. En mi caso, mi primer profesor de guitarra fue, en realidad, el de mis hermanos mayores. A Antonio le pasó lo mismo. De hecho, era el mismo profesor. Yo no daba clases todavía porque tenía las manos muy pequeñas, pero en cuanto terminaban mis hermanos, entraba corriendo en la habitación -guarda silencio y coge una bocanada de aire-: me acuerdo del olor de esos pitillos.

Una habitación llena de humo.

Sí, el humo siempre está en el cuadro. Entraba en la habitación, cogía la guitarra y, como había estado mirando, me ponía a intentar tocar las escalas que el profesor había explicado a mis hermanos. Me volvía loco, me encantaba. Ya os digo: en La Movida, se podía palpar en todos los artistas esa fuerza imparable: la necesidad de expresarse. “Esto lo hago sí o sí”. La crítica por falta de técnica o profundidad no nos amilanaba.

¿Qué más había en el cuadro? 

Mucha marcha, muchas drogas…

¿Había tantas drogas como se dice?

Sí, sí. No tengo muy claro que ahora haya menos, eh. Pero sí, existía mucha facilidad para conseguir drogas. Se especulaba con que eso tuviera una intencionalidad política: drogas para anestesiar a la juventud. Creo que la apertura del país es eso, una apertura: entran y salen cosas a mucha velocidad. Eso nos ponía muy a prueba.

La fuerza de voluntad.

Sí, había gente que sabía canalizarlo de una manera más productiva o divertida, otros más deprimente… e incluso mortal. 

Antonio.

Sí, pero lo de Antonio es distinto porque no murió en esa época, sino mucho después. Por complicaciones que tendrían que ver, o no, con esos hábitos. En La Movida hubo sobredosis que dejaron en el camino a mucha gente. La droga dejó a Antonio, y a tantos otros, un poso de por vida. Y no era necesariamente un poso negativo. Dependía mucho de la personalidad.

Durante La Movida, la migración a Madrid no se producía por trabajo, sino por la necesidad de expresarse, ¡esa fuerza es imparable!

Llévanos a uno de esos fines de semana. 

El día era para hacer música; la noche para salir de marcha. Pero la fiesta siempre estaba relacionada con la música. La música era el pegamento que daba sentido a todo. No íbamos a un sitio sin buena música ni locos. Nuestras conversaciones eran 70% música, 30% erotismo. 

También fue aquello una revolución sexual, ¿no? 

Sí, fue otra de las claves. La gente llegaba al Madrid de La Movida desde pueblos y ciudades para liberarse. Lo recuerdo con casos así: “Vengo aquí porque puedo ser todo lo gay que quiera”. En otros casos, la migración de los pueblos a la gran ciudad tiene que ver con el trabajo. Entonces, enraizaba en el deseo de ser uno mismo. Otra fuerza irrefrenable. Pensadlo, es que era tremendo. Muy poderoso. Se veía en los rostros de la gente: muchas personas eran ellas mismas por primera vez en su vida. 

Con las gafas de sol puestas, protegido por el anonimato, ¿alguna vez vas a El Penta a tomar una cerveza y a emborracharte de nostalgia? 

No, no lo hago. Bueno, salgo a cenar con gente y a veces acabo en alguno de los bares de aquel tiempo, pero no en los más emblemáticos. Jode, es que en El Penta hay una foto mía en la pared. Pero me encanta ver esos garitos que mantienen su esencia y siguen siendo rentables. Es mágico. Después de tantos años, continúan haciendo feliz a la gente. La Cometa, El Pentagrama, El Sol… Y vuelvo a la música: son sitios que no tienen sentido sin ella.

Nacho García Vega, a orillas de Malasaña, epicentro de La Movida. Carmen Suárez

Una vez dijiste que, si hubiera otra Movida, no nos enteraríamos hasta diez años después. En los ochenta, ¿no tuviste la sensación de vivir continuamente a lomos de una noticia? ¡De algo nuevo!

Rotundamente, no. Ni yo ni nadie. Pero es muy difícil discernir la noticia social de la personal. Nosotros sí nos dábamos cuenta de que estaba pasando algo muy importante en la vida propia. Pasabas de ser un estudiante del colegio a un artista conocido al que paran por la calle. La música dictaba nuestros actos. Todos. Imaginad lo que significaba para nosotros ir a otra ciudad a tocar. ¡Era la hostia! Los conciertos en colegios mayores a cuatrocientos kilómetros de Madrid… 

Sociológicamente hablando, es normal que, después de cuarenta años, se siga hablando de La Movida. Lo veo en las caras de la gente que viene hoy a nuestros conciertos. Empiezas a tocar “La chica de ayer”, “Una décima de segundo”, “Nadie puede parar”… y muchos se echan a llorar al instante. Lo que sucedió no es falso. Los corazones siguen palpitando con fuerza.

Los jóvenes seguimos cantando esas canciones.

Y vais a los conciertos. Os veo con los ojos muy abiertos. No lo vivisteis, pero sabéis que sucedió.

Es verdad. Nosotros tenemos nostalgia de los ochenta y no habíamos nacido. 

Es muy emocionante. Las lágrimas y los ojos cerrados de los mayores, que escuchan los conciertos mientras se transportan al pasado. Y los ojos abiertos de los jóvenes para vivir, de alguna forma, lo que no pudieron vivir. 

Hoy nos estamos metiendo en un callejón peligroso. Entendemos la libertad de otra manera. Muy políticamente correctos. Hasta que dejamos de ser libres. Los dichosos condicionantes. 

Pero fijaos: no lo vivisteis, pero estáis aquí hablando de aquello. ¡Formáis parte de esto! No obstante, es verdad: el caldo de cultivo de hoy no tiene nada que ver con el de La Movida. Me subleva que se menosprecie lo que sucedió políticamente en los ochenta. La cicatrización. La costura no era perfecta, pero es mentira que nos obligaran a olvidar. Nos invitaban a mirar hacia delante y a digerir. En los últimos diez años se ha infravalorado todo ese trabajo entre los políticos de distinto signo. 

Lo estamos enterrando.

Y lo entierran los extremos; aquellos que menos representación tuvieron en esos pactos. Es como si quisieran tomarse la revancha: “Ahora sí que sí”. Reina la crispación, justamente lo que se había abstraído de la ecuación. Hoy, si eres muy agresivo, nadie te ve como un chalado, porque en el otro extremo hay alguien igual que tú. El maldito espejo. Si unos son bestias, ya verás cómo son los otros. Enfrentan a la gente. No puedo perdonárselo a un buen puñado de políticos de las últimas generaciones. 

El hooliganismo político. 

Mi generación tuvo la suerte de que nos lo dieron hecho. Pero vimos cómo nos lo ponían en bandeja. Por eso supimos apreciarlo. 

Cuando murió Franco, tenías catorce años. Lo celebraste pegando un brinco, pero tu padre te respondió con una bofetada. Te dijo: “Nunca debes alegrarte por la muerte de una persona”. 

Me dio la bofetada un hombre cuyo padre fue asesinado por el bando nacional. No me dio el tortazo por ser franquista, sino por principio: “Nunca te alegres por la muerte de una persona”. Y eso que Franco fue un tirano por el que mi padre nunca sintió aprecio. En esa época, la política era más humana. La sociedad también. 

En aquel Madrid de La Movida, ¿Franco estaba más muerto que ahora?

Mucho más. Han vuelto a traer a Franco a mi vida. En los ochenta o noventa, no podría haberlo imaginado jamás. ¿Tan protagonista? ¿Los viejos miedos? Nos están trasladando crispación. Que se odien ellos si quieren, pero que no nos inyecten eso a nosotros. Es tan injusto como peligroso.

La libertad de creación en La Movida era bestial; hoy, si no piensas igual que yo, 'eres un fascista o un comunista'

Antes hemos sobrevolado esta cuestión… Una de las palabras que más se escribe para relatar aquel tiempo es “libertad”. ¿Hasta dónde llegaba la libertad de creación? ¿Era tanta como se dice?

La libertad era bestial. El freno estaba en lo mercantil. “Haz lo que quieras mientras puedas permitírtelo comercialmente”. Eso, en el fondo, no ha cambiado, pero ahora se ha añadido un freno a la propia libertad. Lo más terrible es el “como no pienses igual que yo eres un fascista o un comunista”. Y lo siguiente es: “Como no piensas igual que yo, te pego un puñetazo”.

La autocensura es una enfermedad contemporánea que contagia a un montón de periodistas, escritores, pintores, músicos… ¿Lo notas? ¿Por qué entonces no tanto y hoy sí?

La autocensura es mala para el arte, nadie lo discute. Jamás la he experimentado, Antonio tampoco, creo. Porque nuestra música iba por otro lado. No existía ese complejo. La autocensura pone paredes a los horizontes. Hoy, la gente tiene miedo a ser juzgada por sus palabras. En aquel tiempo, no existía ese juicio constante. Bueno, en realidad… os confesaré algo.

¡Venga!

Hay canciones que escribí con diecisiete años y que todavía hoy me piden en directo. No las puedo cantar, estaría muy mal visto. “Quiero jóvenes muchachas que me sepan dar placer”. Si lo dice un crío no es tan grave, ¡pero un hombre de sesenta! Entonces, esas frases las canta el resto del grupo. Alguien tiene que hacer el trabajo sucio.

Nacho García-Vega, durante su entrevista con este periódico. Carmen Suárez

¿Cómo vivíais la política, por ejemplo, Antonio y tú? Un grupo que, como dices, iba por otro lado y no formó parte de la canción protesta.

Teníamos una relación personal con la política. Cada uno la nuestra. Creo que éramos de centro izquierda. Yo, por ejemplo, voté al PSP de Tierno Galván en las primeras elecciones. Nuestra visión era bastante amplia. Os parecerá raro, pero yo no sentía que estuviera tan, tan lejos lo que decía Alianza Popular de lo que decía el Partido Comunista. Eran cosas distintas, claro, pero no extremos. Hoy todo está en el extremo. La Movida tenía poco contenido político, en el sentido clásico de la palabra.

Lo político de La Movida era la libertad sexual y de expresión, el tomar la calle… Si analizáis las letras de entonces, encontraréis poca política tradicional. La Movida apartó, en cierto modo, la canción protesta, que tuvo un papel muy importante en la dictadura. Ayudó mucho a la Transición. Pero nosotros éramos unos tíos que subían al escenario con las guitarras, gritábamos… Me gusta homenajear a los cantautores de la canción-protesta. Gracias a ellos pudimos hacer nuestra música.

Durante esta campaña electoral, los candidatos no dejan de hablar de “libertad”. Se la atribuyen a sí mismos y se la niegan al adversario. Detectamos que te pone de muy mala leche.

Totalmente. Es maniqueo. El blanco o negro. Quieren llevarnos a los blancos atómicos y a los agujeros negros. En esa época, era todo gris. Había muy pocas cosas en blanco y negro. Lo habíamos dejado atrás con alegría. Hoy, un blanco impoluto y virgen es la bomba para muchos. Una pena. Es el populismo. 

¿Cómo era la relación de los políticos de los ochenta con la “libertad”?

“Libertad”, decir lo contrario sería absurdo, era una palabra mucho más utilizada entonces por la izquierda. Era lógico, veníamos de una dictadura de derechas. Dicho esto: hoy la derecha también puede, por supuesto, reclamar la libertad porque hace mucho que aceptó la democracia.

¡Exacto! Para Movida la que tenemos montada ahora

Hoy, los políticos dibujan un Madrid de trincheras que, por fortuna, no existe. Pero sí están consiguiendo destrozar los espacios de confluencia entre los distintos. En La Movida entiendo que sucedía justo lo contrario.

En aquel momento, mirabas a otra persona y no estabas pensando de qué partido era. La filiación política no era un dato diferencial. Hoy, sí. Nos lo han metido a presión. En La Movida, no existía ese ambiente. Tampoco en los círculos similares de Barcelona, Vigo y mil sitios.

Es que para Movida la que tenemos ahora montada.

Exacto. Ese es un buen uso de la palabra “Movida”. Jode, es que, en los últimos días, siete u ocho personas me han preguntado a quién voy a votar. ¡Eso no pasaba entonces! Pero tampoco hace quince años..

Nacha Pop escribió la memoria musical de unos años muy relevantes. Imagino que muchos políticos se os acercarían. ¿Tuvisteis algo de relación?

No. Es que los políticos de los ochenta pasaban de La Movida. Tenían otros gustos musicales. Se engancharon a nuestras canciones después. Estaban volcados en construir lo que estaban construyendo, en ponerse bien la corbata -sonríe-. El único hito es la famosa intervención de Tierno Galván, ya al final de La Movida. Lo de “poneos pedo” y tal, que por cierto me pareció un poco desafortunado. No era la frase más elegante, ni tampoco la más aplaudida. Habría tres colgados que aplaudirían.

Esa fue la mayor relación entre La Movida y los políticos. Eso sí, todos íbamos a votar. Tengo esa sensación. Salvo los tres más punkis que estaban tirados en una acera. Pero incluso esos dudaban si ir. Nos lo tomábamos en serio. 

En un encuentro digital, hace veinte años, un tipo te espetó: “Deje de colaborar con el PP”. Tú respondiste: “Nunca lo he hecho, cachondo”. Y a otro le contestaste: “Tiene mala memoria o no sabrá mirar bien, pero soy de izquierdas”. La izquierda ha cambiado mucho desde entonces… ¿Dónde estás tú hoy?

Con todo lo que he contado, quizá se pueda deducir dónde estoy. Pero te voy a contestar con algo que va a hacer mi mujer, que es un ejemplo de civismo extremo. Va a votar en blanco. Hay gente que le dice: “Estás loca, ¿para qué vas?”. Pues no se queda ahí. Va a hacer campaña por el voto en blanco. 

No hay muchos políticos que me gusten. En otro momento de mi vida, votaba a la persona, en función de lo que me transmitía. Incluso votaba a un partido en el Congreso y a otro en el Senado. Hoy están transmitiendo crispación y me parece impresentable. No tengo muy claro a quién votar.

¿Te sorprende el fenómeno fan que se ha generado con Ayuso? No irá a convertirse en “la chica de ayer”…

-Vuelve a sonreír-. Cuando el “fan” es de “fanatismo”, chungo. No sé. Hacen campaña y son capaces de lo que haga falta por conseguir el apoyo de la gente. Lo respeto, pero… El tema de la pandemia ha puesto en evidencia un hecho muy humano: todos lo hacen muy mal y al mismo tiempo lo mejor que pueden.

En una Comunidad dicen: “Mira qué mal les va a estos”. Y luego es al revés. Tiene una parte bonita: cuando llega una pandemia, todo el mundo lo hace como el culo, pero todo el mundo merece respeto por su voluntad de hacerlo bien.

Antonio nunca reveló el nombre de 'La chica de ayer'. Yo nunca lo he dicho ni lo voy a decir ahora

Por cierto, Antonio se llevó a la tumba el secreto. No contó quién fue la mujer que inspiró la canción. ¿Tú harás lo mismo?

¿Sabéis? Rajoy y Zapatero dijeron que su canción favorita era “La chica de ayer”. Lo bueno de una letra es que te haga entenderla de mil formas distintas. La guinda del pastel es cuando una persona piensa que habla de ella misma. Escribí una canción que se llama “Lucy”, dedicada a aquellos restos encontrados en África y relacionados con la primera mujer, la madre de todos nosotros. Varias “Lucías” se pensaron que iba por ellas. Es muy delicado decir que no…

¿Y “La chica de ayer” de Antonio? 

Yo estaba todo el día con mi primo Antonio. En el momento en que escribió esa letra, puedo pensar que era la persona con la que estuvo “ayer” en el sentido más amplio de la palabra, pero a lo mejor en el más explícito. Dudo entre una, dos, tres… No he dicho nunca el nombre y no lo voy a decir ahora. Pero es tan bonito que varias piensen que va por ellas…

Ten cuidado que se ha puesto de moda la arqueología musical. Creo que encontraron a la “Princesa” de Sabina.

En un documental que hicieron sobre Antonio, señalaron a una persona como “La chica de ayer”… y yo sé precisamente que ella no es.

Nacho García Vega sigue en activo: está componiendo canciones para un nuevo disco. Carmen Suárez

Volviendo a lo de antes: Ayuso habla mucho de “vivir a la madrileña”, insiste en que “aquí se vive de otra manera”. Exhibe el “orgullo de Madrid”. Algunos de sus rivales la han acusado de hacer “regionalismo”… e incluso nacionalismo.

Soy una persona que valora mucho lo de fuera. Siempre. De las treinta o cuarenta ciudades importantes en las que he estado de los cinco continentes, me gustan muchas cosas. Tengo un hándicap a la hora de defender el “madrileñismo”. Me encantan todos los sitios. Me hago una visión que me gusta de cada lugar. En ese sentido, soy facilón.

No obstante, Madrid me parece impresionante en muchos aspectos. Lo que más me gusta, y ya me gustaba en los ochenta, es que da igual de dónde seas, nadie te pregunta por el origen o por el apellido. Eso no ha cambiado. Jamás he visto a un madrileño hacerse fuerte ante otro por haber nacido en Madrid. Es una ciudad abierta que hace pocas preguntas, que no juzga.

Rafa Latorre suele decir: “A Madrid se viene a que te dejen en paz”.

Exactamente. Eso también es un motor económico. Poder desarrollar un proyecto de vida donde nadie te va a preguntar de dónde vienes. Me gustaría que Madrid siguiera siendo así toda la vida.

Nacha Pop no ha compuesto música de tono político, pero escribiste una canción titulada “Tú de qué lado estás”, claramente antirracista. El eje del racismo ha vuelto a la campaña. Parece mentira, pero es así.

Es una canción que habla a una persona que, en teoría, no es racista, pero que dice cosas que sí lo son. ¿Cuándo te conviertes en un racista? No sólo son racistas quienes persiguen explícitamente a una minoría. Es una persona muy cercana, muy querida. Le dediqué esa canción porque le oí, borracho, decir cosas que me rompieron los esquemas. No pude evitarlo.

¿Se dio por aludido?

No.

Imagino que habrás visto lo de Vox y los menas. Los carteles de la Puerta del Sol. 

Poner en esa balanza a unos menores no acompañados… Señalar negativamente a unos críos de esa manera… Todas las demás consideraciones me sobran. Detesto el racismo. Vox tiene que revisar ciertos aspectos humanos y ser consciente de la realidad del país en el que vivimos. Las políticas de inmigración son discutibles, por supuesto, pero el racismo… Lo rechazo de plano.

No ver con ternura a una persona con un trastorno mental es ser un cabronazo

¿Has seguido el asunto de las amenazas postales a políticos?

Podían acortar el camino y mandárselas entre los políticos. Más allá de la broma: si se traslada la crispación a la ciudadanía, es malo y peligroso. Era un esquizofrénico, sí, pero se le han dado esos argumentos de odio. 

Eres embajador de Antares. Has tratado mucho con personas que sufren enfermedades mentales.

A mí, sinceramente, un enfermo así me produce pena. No ver con ternura a una persona con un trastorno mental es ser un cabronazo. Hay muchas enfermedades raras. Tengo el honor de haber participado en un montón de campañas. Son los momentos en los que más me he enamorado de las personas. La grandeza de esas familias… Me gusta estar cerca. Es donde más cómodo me siento. Una de las cosas que más me interesa de esta vida. 

Está sucediendo algo extraño: hasta hace muy poco, los políticos no publicitaban esas amenazas. Las ponían en manos de la policía. Hoy, se fotografían con ellas y las pasean por radios y televisiones.

Forma parte de la parafernalia de la crispación. Yo no minimizaré jamás lo que supone recibir una amenaza, ¡pero es que les están sacando rendimiento! Eso me parece mal. Los políticos reciben amenazas desde que existe la política. Insisto: no le quito gravedad, pero por encima debería estar la nobleza de no crispar a la gente.

Después de todo, ¿sigues escribiendo sobre el amor y el deseo?

No sólo es el clima de encabronamiento, también es la edad. Se supone que el amor es algo que se vive con más fuerza cuando se tienen veinte o treinta años. Pero en el pop, el amor y el desamor son los dos grandes pilares. Yo sigo sintiendo esa pulsión. Antes hablábamos de autocensura. La combato todos los días para seguir escribiendo canciones de amor y desamor.

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