Esta semana se ha ocasionado cierto revuelo cuando en el Congreso de los Diputados afirmé que Joaquim Torra es el 10º presidente de la Generalitat y no el 131º.

Hay 120 presidentes de la Generalitat que son un añadido imaginario en una maniobra legitimista del nacionalismo catalán, que busca en la historia argumentos para justificar las ‘bondades’ la secesión de Cataluña del resto de España. Es habitual que el nacionalismo busque en el pasado momentos gloriosos para justificar acciones en el presente que no se sostienen. Y si no se encuentran, se inventan.

Comenzaré por decir que entre los muchos mensajes que he recibido en las últimas horas, al margen de las muestras de odio y los insultos, se señalaba como circunstancia incapacitante para hablar de este asunto mi condición de malagueño. Algo inverosímil si tenemos en cuenta que mis agresivos interlocutores creen que los derechos y las esencias personales emanan del suelo y es del suelo que yo piso de donde surgió el nombre de Generalitat. Fue precisamente un malagueño: Fernando de los Ríos, quien sugirió esta nomenclatura. En las negociaciones con Maciá, que quería aprovechar el revuelo del advenimiento de la 2ª República para proclamar la República Catalana, De los Ríos, que era miembro del Gobierno Provisional de la República, propuso al mandatario de Cataluña el nombre de Generalitat.







Por otra parte, la necesidad de la creación de una nueva historia ha sido habitual. La creación de un pasado glorioso patrio es algo que los nacionalismos y los supremacismos precisan para nutrir sus propios mitos. El secesionismo en España, sea el catalán o el vasco, ha invertido ingentes cantidades de dinero público en fabricar un pasado. Un pasado construido a instancia de las instituciones públicas.

Lo que la ley no da, la historia lo legitima. Así funcionan los nacionalismos modernos. Y así lo describe Ignatieff en Sangre y pertenencia, una lectura que no puede estar más de actualidad.

El gran problema es que el Estado ha sido demasiado permisivo con la falsificación de la historia. Había una especie de consenso en tolerar la ‘construcción nacional’ pujolista, ya fuera a base de competencias, privilegios o una historia en gran medida inventada. Y es un error. Porque la hipótesis que sostiene esta autentificación del nuevo mito, es que debe servir para la secesión. El nacionalismo es voraz e insaciable.

La historia no legitima. La memoria de los muertos ha de servir para el bien de los vivos y para el conocimiento del presente. Pero el motor de la política es la ley. Los derechos surgen de las leyes, no del suelo ni del mester de clerecía.

Pero cuando la historia se falsifica, del mismo modo que cuando se pervierte la neutralidad en la educación de los menores en pro de la politización de las aulas, el Estado ha de intervenir. Hay que poner pie en pared. El 131º presidente, es una historia en construcción.

Los hechos:

Existió en la Edad Media una Diputación de General o Generalidad medieval. Su función principal era la recaudación de impuestos para la Corona de Aragón. Este organismo no estaba presidido por nadie. Había cuatro representantes de cada uno de los estamentos medievales, como saben: el nobiliario, el eclesiástico y el ciudadano.

En 2003, Josep Maria Solé i Sabaté, hace un listado de los que él considera presidentes de la Generalitat. Si bien el mismo autor reconoce que esta figura no existía en el medievo y decide escoger al eclesiástico de más de edad de los cuatro que había en estas Diputaciones para este listado.

Ha sido muy esclarecedor el texto que han elaborado Historiadors de Catalunya, determinando por qué son diez, siguiendo los criterios coherentes y habituales en estas materias.

Para poder establecer una dinastía en este sentido, debería haber una continuidad, que no la hay, funciones similares, que no las hay, y existir el cargo, que no existía. La lógica del secesionismo nos llevaría a enlazar al rey de España con Trajano o Witiza. Lo único que tienen en común la actual Generalitat y la medieval, es el nombre.

La única continuidad del nacionalismo es con el nacionalismo. Todos inventan un agravio, en La tentación de la Inocencia, Pascal Bruckner establece casos paradigmáticos de construcción de agravios para constituir naciones o justificar agresiones y exterminios. Me autoproclamo víctima y ya estáis todos en deuda conmigo. 1714 y la Guerra de Sucesión es el agravio elegido por los secesionistas catalanes, evidentemente con las correspondientes falsificaciones de la historia.

La gran pena de este asunto es que el daño a la historia de Cataluña puede ser irreparable. Cuando escribí la biografía de Hipatia de Alejandría, era casi imposible determinar algunos hechos, ya que la figura había sido utilizada y deformada a favor y en contra de la Iglesia Católica en varias campañas. La niebla sobre el personaje estará para siempre.

Lo mismo puede suceder con la historia de Cataluña si no hacemos frente a las ficciones del nacionalismo. A los supremacistas les importa poco terminar para siempre con la historia de su tierra, porque la consideran un medio para sus fines. La historia será la que tenga que ser. El nacionalismo robará para siempre la historia de Cataluña a todos los catalanes y la sustituirá por un cuento al servicio de la secesión.

En estos momentos, en Wikipedia se están gestando las vidas de los presidentes de la Generalitat. Aparecen ya sus nombres, pero casi todos en creación. Se está poniendo orden en la falsificación.

En La Vanguardia del 27 de abril de 1980 se habla de un Pujol, 115 presidente de la Generalitat, el 21 de abril de 2001, en el mismo periódico afirma ser el 116. Se sucedió a sí mismo. El 21 de diciembre de 2003 Pujol pasa a ser el 126. Vamos, que está todo clarísimo. Gracias Andrea Mármol por navegar en la hemeroteca.

Joaquim Torra es el 10º presidente de Cataluña. Eso no lo hace ni más ni menos presidente que de ser el 131º. Su legitimidad o no, emana de la ley. Ley que ha tardado muy poco en desafiar.

Si el presidente Torra es aficionado a buscar antepasados, si lo que quiere es pertenecer a una saga muy antigua, puede hacerlo. No por la vía de la sangre ni del cargo, sino por su persistencia en una idea. El presidente Torra puede sin problema alguno proclamarse guardián y miembro de una estirpe milenaria: la de Caín.