- Déjeme aquí mismo. Vuelvo en media hora.





El conductor descendió para abrirle la puerta trasera al pasajero, que se apresuró por la acera hasta la entrada de cierto “hotelito” en el arranque de la calle O’Donnell. Un par de miembros de la Guardia de Asalto le cortaron el paso. “Soy el jefe del Gobierno. Vengo a ver al señor Lerroux”. Le abrieron la verja y Joaquín Chapaprieta, con paso pesado y poco elegante, cruzó los metros que lo separaban de la casa. Llamó con la aldaba de bronce dorado y todavía repitió un par de veces el gesto, algo más fuerte, antes de que se oyeran pasos dentro y le abriese la criada. Al poco quien bajó fue la señora de Lerroux, encogida y envuelta en su bata. Aquella sesentona entrada en carnes, de mirada algo apagada y el pelo, rizado y cano, que llevaba corto para disimular que raleaba, no parecía entusiasmada con la visita



- Lo siento, pero necesito hablar urgentemente con su marido. 

La mujer, con su acento francés, le rogó que esperase. Chapaprieta quedó en el recibidor, sombrero en mano. Ella desapareció escaleras arriba y a poco reapareció para indicarle que subiera. Chapaprieta lo hizo y, en el rellano, ella le señaló una puerta entreabierta por la cual salía algo de luz. Chapaprieta la empujó.

- Siéntese, por favor, don Joaquín.

El jefe radical, en batín y pijama, le tendió la mano. Junto a la cama había dos sillas a uno y otro lado de una mesita. Lerroux ocupó una, indicándole la otra. Se había calzado unas babuchas y puesto los quevedos. La cama había sido rehecha momentáneamente y en la mesilla de noche se veía un vaso de agua. El pijama resaltaba su edad y lo fragilizaba. Vestido de americana, con el pañuelo bordado asomando por el bolsillo y ese ojo burlón con que los observaba a todos, después de treinta años en las Cortes, el Viejo León todavía tenía una presencia digna y su tono, entre irónico y astuto, demostraba que aún le quedaba cuerda para rato. Sin la coraza del traje, sin embargo, se transformaba en lo que era: un septuagenario que se retiraba a casa a las nueve y se acostaba invariablemente a las once, cuidando de respetar la rutina. Ya no era tan amigo de las largas sobremesas, las cenas y los puros.



- Pues usted me dirá –dijo Lerroux, quien, era sabido, despreciaba a su visitante. No podía haber personalidades más opuestas. Chapaprieta era ante todo un estudioso, un tecnócrata de su tiempo, y Lerroux, un temperamento apasionado y romántico como los que se daban en el siglo pasado, cuya visceralidad lo había llevado, con la edad, a enfrentarse con los adalides de la nueva revolución y especialmente los socialistas.



- Bueno –a Chapaprieta le costaba arrancar -. Como imaginará, vengo del domicilio del presidente de la República, con quien despacho cada noche. Y hoy, tras haber comentado la guerra italo-etiopíe, hemos pasado a otros temas y me ha hablado con gran preocupación de cierta denuncia que le ha llegado y que al parecer le concierne a usted personalmente…

- Supongo que se refiere usted a la denuncia del señor Strauss –intervino Lerroux, con su voz ronca y fuerte. Un resoplido indignado removió sus bigotes blancos encrespados. Su cráneo reluciente reflejaba la luz de la lamparilla y la mirada viva detrás de sus quevedos adquirió un aire de desafío que desconcertó a Chapaprieta. Don Joaquín, el hombre, balbuceó que aquello podría salpicar al Partido Radical, algo que sería malo para el Gobierno y que por eso le había parecido pertinente ponerle al tanto.

 

- Por supuesto que estoy al corriente. Yo mismo recibí en su momento una copia de esa denuncia, que naturalmente ignoré. Se trata de un chantaje inaceptable por algo que, de todas maneras, no se puede demostrar. A mi edad, don Joaquín, las he visto de todos los colores. ¿O no pensará que, con mis años de experiencia, la idea de un escandalillo iba a ponerme a temblar? –exclamó Lerroux, perfectamente tranquilo.

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