Los presupuestos militares prácticamente ilimitados tienen como resultado proyectos y programas que parecen haber salido de una película de ciencia ficción. Mientras en España esperamos un relevo para los Harrier de la Armada o los F-18 destinados en Gran Canaria, en Estados Unidos están inmersos en la renovación de parte de su flota de bombarderos.

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Estos aviones han sido cruciales en las diferentes guerras en las que ha participado el país norteamericano en las últimas décadas y desde prácticamente la Segunda Guerra Mundial, donde un bombardero B-29 lanzó la primera bomba nuclear. A diferencia de los cazas, los bombarderos son aviones grandes con mucha capacidad para albergar armas en sus bodegas que va acompañada de una autonomía ampliada. En ocasiones, capaces de recorrer miles de kilómetros hacia su objetivo y regresar a la base sin necesidad de repostar.

Uno de los programas que se lleva con el mayor de los secretos dentro de la USAF (Fuerza Aérea de Estados Unidos) es el que busca reemplazar al histórico bombardero Rockwell B-1 Lancer. Uno de los que más horas de vuelo tiene dentro del arma y que llevar más de 30 años sirviendo como pieza fundamental en la estrategia nuclear del país.

Bombardero secreto

Los contratos dependientes del Departamento de Defensa en Estados Unidos siguen unos cauces legales muy marcados que permiten hacer un seguimiento más o menos pormenorizado de lo que se cuece en los laboratorios más secretos. En el 2006 y tras la publicación de varios documentos se dio el pistoletazo de salida para crear el próximo bombardero estadounidense bajo el programa LRS-B (Long Range Strike - Bomber, o Bombardero de Ataque de Largo Radio).

B-21 USAF Omicrono

Tuvieron que pasar 10 años hasta que la compañía Northrop Grumman se hiciera con el concurso público. Un tiempo en el que el Departamento de Defensa ya había invertido casi 5.500 millones de dólares de las arcas públicas. En los últimos datos reportados, que recogen hasta el 2019, la inversión ascendería a 11.000 millones de dólares hasta ese año. Que serán más en sucesivos presupuestos.

Las especificaciones de diseño es material clasificado hasta este momento y, probablemente, seguirán siéndolo hasta dentro de muchos años. Aunque, según el Congressional Research Service, sí se sabe que el B-21 se basa en tres pilares fundamentales.

El primero de ellos es una capacidad de carga lo suficientemente grande y flexible como para que sea capaz de transportar un gran número de elementos del armamento actual y del futuro. El segundo estaría basado en la amplia autonomía de la aeronave y un tercero que consiguiera establecer el precio por unidad en los 550 millones de dólares.

En lo relativo al diseño, la propia Fuerza Aérea ha revelado algunas figuras realizadas por artistas que nos pueden dar una idea sobre el concepto que manejan desde Northrop Grumman. De hecho, muy probablemente nos recuerde al B-2, diseñado por la misma compañía, aunque habrá que esperar a verlo en imágenes reales.

En un primer momento el B-21 actuará como una aeronave convencional tripulada, pero el Departamento de Defensa contempla la posibilidad de que opere autónomamente unos años después de su puesta de largo.

En los documentos publicados no se han revelado apenas detalles técnicos. Ni la velocidad máxima que podrá alcanzar ni el peso que podrá transportar. Desde el Congressional Research Service apuntan a que muy posiblemente sea un avión subsónico (que vuela por debajo de la velocidad del sonido) debido principalmente a la elevada carga de armamento que deberá acarrear en sus bodegas y al largo alcance.

Recreación artística del Northrop Grumman B-21 USAF Omicrono

Otros datos que se conocen del B-21 es que servirá como nodo de un sistema completo de guerra. Que estaría compuesto de una red más amplia y distribuida de sensores y dispositivos de comunicaciones. Además, el bombardero se ha diseñado siguiendo un arquitectura abierta de sistemas, permitiendo la integración de equipamiento de terceros de una forma muy sencilla. Ideal para ir actualizando el avión a lo largo de los años.

Se espera que las primeras unidades del B-21 sean entregadas en torno al año 2025 y que puedan ser empleadas en combate un par de años o tres después. Los planes de la USAF pasan por comprar un total de 100 unidades que se dedicarán para retirar de servicio al B-1.

El relevo generacional

Northrop Grumman es una de las compañías miliatares que más experiencia acumula en el terreno de los bombarderos. Entre sus creaciones se pueden encontrar el mítico B-2 Spirit o el avión espía E-8 Joint. Un knowhow que le sirvió para ser adjudicataria del contrato en el año 2016 y que seguro que ha aplicado a su nuevo B-21.

Rockwell B-1 USAF Omicrono

El Rockwell B-1 Lancer es, en un primer momento, el avión al que sustituirá el Northrop Grumman B-21. Un desarrollo de los años 70 que entró en servicio en 1986 como un bombardero supersónico con una particularidad que lo hace especial: sus alas se mueven desde una posición prácticamente perpendicular al fuselaje hasta otra que lo hacen tener un perfil de flecha.

Este modelo ha sido una de las joyas de la corona de la USAF en lo todo lo relacionado con las bombas nucleares, siendo la pieza fundamental en los últimos compases de la Unión Soviética para después readaptar su rol hacia armas convencionales. En cuanto a especificaciones, cuenta con capacidad para 4 ocupantes, una longitud de 45 metros por una envergadura desde los 24 hasta los 41 metros.

Rockwell B-1 USAF Omicrono

Su peso en vacío es poco más de 87 toneladas mientras que el peso máximo en el momento de despegue asciende hasta las 216. Esta capacidad de carga le permite una autonomía de más de 7.000 kilómetros en modo de vuelo subsónico y cargado con 16.800 kilogramos de armas.

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