Cuando hace unos días el Partido Comunista Chino (PCC) se reunió en Pekín, todo el mundo tomó nota de la resolución que finiquita la autonomía de Hong Kong. Pero también se aprobaron otras leyes cuyo contenido ha pasado más desapercibido y que intentan hacer que el país más poblado del mundo aumente aún más su población. De no conseguirlo, el coloso asiático se enfrenta a una de las crisis más grandes de su historia.

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Para China, su numerosa población ha sido sucesivamente fuente de fuerza y causa de debilidad. Ser el país más poblado del mundo le permitió superar la Segunda Guerra Mundial a pesar de perder casi 20 millones de personas. En sus memorias, Kissinger cuenta cómo le aterrorizaba la determinación de Mao Zedong de “enviar, si es preciso, uno, diez, veinte millones de chinos a una muerte segura para ganar una guerra”. Pero la hambruna de 1959, que se cobró cuarenta millones de vidas, demostró que cuantos más millones de habitantes tiene un país, mayores son sus problemas.

Las leyes recientemente aprobadas por el PCC intentan relanzar la bajísima natalidad que preocupa desde hace años a Pekín: más obstáculos para el divorcio, refuerzo de los “valores familiares” e incentivos para tener un segundo vástago. Que a un país con 1.400 millones de habitantes le falte población puede parecer incomprensible, pero es que algunos demógrafos chinos creen que, para empezar, habría que rebajar esa cifra entre 100 y 150 millones. Dado que el último censo nacional completo data del año 2000, algunas autoridades locales han aprovechado para inflar los números y recibir más dinero del Gobierno para atender a una población mayor que la real.

Por otro lado, el envejecimiento de la población china es un hecho: durante los últimos diez años, el número de chinos en edad laboral no ha parado de descender. El envejecimiento de la población es un problema global (desde 2018 hay en el mundo más mayores de 65 años que menores de 5), pero en China es especialmente grave.

He Yafu, un demógrafo de la provincia de Guangdong, llegó a la conclusión de que en 2019 nacieron menos chinos que en 1961, justo el año en que el país empezó a superar la hambruna. En ese año nacieron menos de un millón de niños al mes en el país y se tardaría una década en alcanzar la tasa de natalidad que normalizó su pirámide de población. Sorprendentemente, está empezando a considerarse la idea, inédita en su historia moderna, de empezar a admitir inmigrantes.

Foto: Rod Waddington

'Política de hijo único'

La política de hijo único, aún vigente en algunos casos, dio paso en 2017 a la de política de dos niños, que recomienda y fomenta convertir la tradicional familia china de tres en una de cuatro. “Un hijo te hace pobre, dos te hacen rico”, es uno de los lemas gubernamentales al respecto. Pero para la clase media urbana, el coste de traer al mundo y criar a un niño ya es una carga suficientemente pesada para ni siquiera plantearse un segundo hijo.

Normalmente se cuenta con los abuelos para ahorrarse la guardería de los primeros años y ayudar en los gastos, y es conocido el empeño de los padres chinos en volcar todos sus recursos en darle a su hijo único una educación todo lo cara que puedan permitirse. Además, décadas de restricciones han terminado por crear un tipo de sociedad formado por familias pequeñas, más productivas y menos vulnerables a las crisis. Hace cuatro décadas que se implantó el control de natalidad y el PCC siempre contó con lo que se llamaba “la bomba de población”, el momento en que se levantarían las restricciones a la descendencia, si el país lo necesitaba, nacerían cientos de nuevos chinos.

Pero no ha sido así. Se estima que cada mujer debe tener 2,1 hijos para mantener la población de un país, y en algunas regiones chinas la media es de solo 1,2 bebés por madre. Y eso es la otra parte del problema.

En el pasado, China eximió de la política de hijo único a las minorías étnicas que habitaban en las regiones más remotas y menos desarrolladas. Eran lo que la propaganda llamaba los hermanos pequeños de los Han, que es la etnia mayoritaria del país. Pero ahora mismo, mientras que el 92% de los chinos de más de 30 años es Han, solo el 86% de los menores de esa edad lo es.

Uigures de Xinjiang, musulmanes de Ningxia o tibetanos de Tíbet... la realidad china es más multicultural de lo que parece desde fuera, pero Pekín quiere que en el puzzle chino todo encaje, las nuevas piezas sean Han, que acepten la política y estilo de vida impuesto por el PCC, y que no surjan problemas de religión, reivindicaciones regionales o diversidad étnica. Por eso, como informaba el Washington Post, cientos de miles de jóvenes kazajos, tártaros o musulmanes son internados durante meses en campos de "trabajo vocacional", donde se les adoctrina en los valores chinos, se uniformiza su identidad cultural y se les convierte en ciudadanos "estándar".

Más hombres que mujeres

Otro factor de desequilibrio es la desproporción entre varones y mujeres en China. Entre los campesinos, los niños siempre eran preferibles a las niñas por razones sobre todo económicas. A pesar de que, cuando tenían una hija, se les autorizaba a tener un segundo bebé, muchas niñas recién nacidas eran sacrificadas y como resultado, hoy hay 33 millones más de hombres que de mujeres en China. La situación es más grave en las áreas rurales, que es precisamente donde a Pekín le conviene incrementar la población.

Los chinos, acostumbrados ser el motor de las sucesivas revoluciones de su gobiernos –y también a sufrirlas-, se encuentran ahora con que se les pide demostrar su patriotismo teniendo más hijos, al tiempo que forman parte de la modernización del país, con un mercado laboral más exigente, cambiante y competitivo que nunca. “Nuestra generación tiene una enorme carga sobre sus hombros”, se quejaba una treintañera pequinesa en un reportaje de la BBC al año pasado.

En 1979 se implantó la política de hijo único, desde el año 2000 se permite un segundo vástago a parejas compuestas por hijos únicos, y desde 2013 también los matrimonios con uno de los cónyuges sin hermanos pueden optar a un segundo bebé. Dos años más tarde, las restricciones ya prácticamente no se aplican y ahora el aumento de la natalidad es una preocupación nacional.

Para muchos ciudadanos chinos, la culpa es del Gobierno, que parece haber reaccionado demasiado tarde a un problema que se veía venir. Pero el editorial de un periódico chino intentaba explicar así la magnitud de regir los destinos del país más poblado de la Tierra: “Es como conducir un tren, tienes que acelerar o frenar con muchos kilómetros de antelación para llegar al punto exacto”.