Cracovia

Hace menos de una semana que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas publicó una actualización de su lista de terroristas más buscados. Llama la atención la cantidad (139) de individuos de nacionalidad paquistaní o relacionados con ese país.

De entre todos ellos destaca Dawood Ibrahim.

De 63 años de edad y nacionalidad india, pero supuestamente instalado en un palacio de los suburbios de Karachi desde hace décadas, es el don que fundó y dirige con mano de hierro la conocida como “Compañía D”, la mayor organización criminal del sur de Asia y una de las más peligrosas del mundo. Los tentáculos de esta organización se extienden desde España hasta Tailandia, pasando por Dubai y Bombay. Fue en esta última ciudad donde un joven Dawood cimentó su carrera criminal después de tener que huir de su pueblo, donde se dedicaba a robar motocicletas para venderlas en el “chor market” (mercado de ladrones) antes de que le pillasen. Su padre era el comisario de la policía local.

En la efervescente Bombay de los años 80, una ciudad incendiada de pobreza donde al convivían diez millones de pobres y las más rutilantes estrellas de Bollywood, Dawood dejó de ser un ratero para pasar a ser un ambicioso delincuente. Se alió con el “pequeño Rajan”, quien había heredado el imperio del crimen levantado por el “gran Rajan”: prostitución, apuestas, drogas y extorsiones que rápidamente se convirtieron en operaciones internacionales de tráfico de armas e influencias políticas.

El éxito del tándem Dawoo-Rajan era la otra cara de la India colorida y amable que fascinaba a Occidente. Los dos gánsteres se juraron lealtad eterna y parecía que nada podía pararles. Pero había un problema: Dawood era musulmán y Rajan hindú.

Ibrahim y Rajan E.E.

La profanación en 1993 de una mezquita en el norte del país provocó disturbios religiosos en toda la India, y en las calles de Bombay más de 1.700 personas perdieron la vida. Cada día, alguien le hacía llegar a Dawood una bolsa con las pulseras de las mujeres que los radicales hindúes estaban dejando viudas (una esposa solo se despoja de sus brazaletes por ese motivo), y Dawood decidió tomar venganza por sus hermanos musulmanes.

Amistad con Bin Laden

Pocos meses después mandó colocar y explotar quince bombas que dejaron sembraron de muertos su ciudad: en solo dos horas volaron por los aires el edificio de la Bolsa, las oficinas de Air India, varios hoteles de lujo y otros puntos comerciales. Ya no se trataba solo de dinero o de poder: ahora, al don, le movía también la ira religiosa. Y eso fue precisamente lo que provocó la ruptura con su cómplice Rajan.

Mientras que Dawood viajaba a Afganistán y trababa amistad con un tal Bin Laden, Rajan levantó su propio imperio en el sudeste asiático. Cuando se encontraba en Bangkok, descubrió que un traficante local planeaba matarle por órdenes de Dawood. Rajan le torturó hasta la muerte mientras llamaba por teléfono a su ex socio para que éste pudiera escuchar en directo la agonía de su amigo. Dos años más tarde, también en Bangkok, un grupo de pistoleros mató a los socios de Rajan y a sus familias, y el propio Rajan tuvo que huir, después de un tiroteo en la azotea de un hotel, por las escaleras de incendios.

Naturalmente, la historia de dos mafiosos, uno hindú y el oro musulmán, era demasiado buena para no convertirla en una película. O en varias. Y eso es lo que hizo Dawood Ibrahim.

Cuando Bollywood estaba de capa caída y los bancos indios no querían prestar su dinero para financiar las cada vez más caras producciones y sueldos de las estrellas, Dawood Ibrahim se convirtió en el mecenas del cine indio. Lo que le sobraba era dinero, y lo que le faltaba era la simpatía del público, así que se dedicó a retocar o directamente imponer sus guiones. En ellos, su alter ego aparecía como un hombre honesto al que las circunstancias habían empujado a llevar una vida de incomprensión y algún que otro acto ilegal pero no del todo injusto. Enfermeras, cantantes, modelos, periodistas y hasta criadas caían rendidas ante los encantos del Dawood de celuloide, que se enfrentaba a villanos y policías que, curiosamente, solían llamarse Rajan. A las puertas de los cines, la realidad superaba a la ficción en dramatismo y violencia: entre 1999 y 2001 la policía abatió a tiros a más de 260 miembros de la “Compañía D”.

Pero si la gran pantalla presentaba una versión idealizada de la historia de Dawood Ibrahim, la pequeña pantalla de la televisión mostraba sus verdaderos actos: el Consejo de Seguridad de la ONU considera probado que la “Compañía D” financió y apoyó logísticamente varios de los atentados de Al Qaeda en varios lugares del mundo, además de intentar desestabilizar a la India con su apoyo a grupos terroristas y radicales musulmanes. Supuestamente a cambio de ello, Pakistán le brinda protección y le permite llevar una vida sin privaciones cerca de la propia capital del país.

Por su parte, Rajan decidió entregarse a la policía india y fue detenido en Bali, desde donde fue trasladado a una prisión de Delhi. Desde allí, según la prensa india, ha actuado durante años como confidente y colaborador del IB, los servicios secretos indios. Y allí, también según la prensa india, se ve obligado a llevar una protección especial por miedo a la gente de Dawood. El “don patriota”, como se le conoce, fue condenado a solo siete años de cárcel y besó el suelo afectadamente cuando su avión aterrizó en la India.

Rajan tras ser detenido en Bali E.E.

Inspiración para Salman Rushdie

Los rumores, mitos e historias que rodean a la figura de Dawood Ibrahim son tantos y tan descabellados que no es de extrañar que incluso Salman Rushdie le haya convertido en personaje de una de sus novelas. Se sabe que una de sus hijas se casó con el que fuera capitán de la selección paquistaní de críquet y que su único hijo varón ha decidido convertirse en clérigo.

En más de una ocasión, Dawood ha negado ser responsable de los atentados de Bombay y se ha quejado de que todos los gobiernos indios le acusan rutinariamente de manipular la bolsa de valores, amañar la liga de críquet, estar detrás de atentados y en general de cualquier problema o calamidad: “Menos mal que en 1947 aún no había nacido, si no me acusarían de la partición de la India”.

Hoy, sus problemas de salud (se cree que tiene una pierna gangrenada y necesita acudir a un hospital militar de Karachi cada poco tiempo), además del cansancio de toda una vida escapando de la justicia, están haciendo mella en el antaño orgulloso don. En su ficha de la Interpol aparecen listados los 25 nombres y 11 números de pasaportes que ha utilizado, y se rumora que modificó su rostro con cirugía plástica incontables veces para no ser reconocido.

Después de vivir muchos años separado de su familia, dice haber instalado en su casa un sistema de sonido con altavoces en cada habitación y una línea telefónica permanentemente abierta con la casa de su hermana, de Delhi, que jamás ha sido molestada por la policía. Cuando hace pocos años la policía judicial sacó a subasta algunas de sus propiedades, nadie se atrevió a pujar por ellas, por si el don decidía volver. Ahora, ese momento puede haber llegado.

“Tengo todo lo que el dinero puede comprar, pero quiero exhalar mi último aliento en la mejor ciudad del mundo, Bombay”, ha dicho en más de una vez. En una maniobra paralela a la de su antiguo aliado, la prensa india asegura que Dawood Ibrahim estaría dispuesto a entregarse si se aceptan sus condiciones. La primera es aparecer “como un héroe”. Es decir, nada de trámites oficiales a escondidas en oficinas o pasillos de aeropuerto.

En su lugar, cámaras de televisión, un poco de teatro, la ocasión de presentarse como un mártir incomprendido por la justicia y tal vez la oportunidad de redimirse ante el público indio. La otra condición es ser llevado a la prisión de Arthur Road –en Bombay, naturalmente-, donde una investigación reciente puso al descubierto las relajadas condiciones en que viven algunos delincuentes con poder: suelos de mármol, comida traída de sus restaurantes favoritos, celdas convertidas en apartamentos de lujo al derribar muros adyacentes… La tarifa oficial publicada por un periódico indio habla de un móvil con tarjeta por 125 euros al mes, un paquete de cigarrillos por 3,5 euros, una caja de galletas de desayuno por 50 céntimos y otros objetos y servicios que, si se tiene dinero, están disponibles en esta prisión, incluyendo salidas a un hospital externo sin permiso de los médicos de la prisión.

Resulta imposible encontrar imágenes recientes de Dawood Ibrahim, lo que prueba que es un hombre difícil de encontrar y, tal vez, que es alguien que pertenece a otra era. Una de las primeras promesas que hizo al ganar las elecciones el actual Primer Ministro, Narendra Modi, fue que llevaría ante la justicia a Dawood. La “Compañía D”, que reinaba en Bombay y que se alimentaba de la sangre de esa ciudad como una garrapata, es según la policía india una red de bandas de traficantes, asesinos y fanáticos religiosos que no se conocen ni respetan entre sí. Pakistán podría usar a Dawood como moneda de cambio con la India en la próxima crisis política.

La estela de Dawood Ibrahim dio cobijo a una infinidad de mafiosos que ahora, sintiendo la debilidad de su jefe, pueden aspirar al trono. Uno de los más probables fue Karim Telgi, un falsificador de dinero y documentos oficiales que comenzó vendiendo cucuruchos de frutos secos en la calle. En unos años construyó una red de corrupción y falsificaciones que movía 3.000 millones de euros y que incluía conexiones con las más altas esferas políticas. Al oficial que instruía su caso le descubrieron una cuenta con 13 millones de euros, unas 110.000 veces su salario mensual. Poco antes de morir en prisión, Telgi fue padre de un niño al que llamó Amor.