Cuando estaba en campaña para las elecciones de Estados Unidos de 2016, Donald Trump mostraba su seguridad en la victoria en una frase: "Podría pasarme por la Quinta Avenida y disparar a la gente y no perdería votos". El resultado entonces parecía darle la razón: un candidato histriónico, abiertamente racista y misógino, rompió todos los sondeos y acabó por hacerse con la presidencia de EEUU ante la incredulidad mundial.

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Pero hoy, cuatro años, una pandemia y más de 230.000 muertos después, esa frase no es más que uno de sus muchos chascarrillos. La crisis del coronavirus, que dejó en EEUU un reguero de muertos y más de 9 millones de infectados, acabó por enseñar a Trump que no todo vale a la hora de llegar al poder. Y que ni siquiera él es inmune a una catástrofe de estas proporciones, menos aún cuando no ha hecho nada para remediarla.

No es que el presidente se haya puesto a disparar en plena Quinta Avenida. Pero ha visto impávido cómo cientos de miles de sus compatriotas caían víctimas del virus, mientras él se dedicaba a negarlo. Una jugada arriesgada incluso para Trump

El próximo 20 de enero se acabará el mandato más surrealista de la historia de EEUU, en el que el coronavirus es sólo el último capítulo de una presidencia cargada de momentos estrafalarios. A inicios de año, cuando el virus apareció predijo que "desaparecería en abril, como un milagro". Cuando la pandemia se asentó en EEUU, Trump fortaleció su postura negacionista y mientras los gobernadores cerraban sus estados, Trump hacía discursos en contra del confinamiento, ponía en duda la utilidad de las mascarillas y contradecía a los expertos.

En ruedas de prensa diarias, el presidente estadounidense daba información falsa sobre el virus y sus tratamientos, apoyaba fármacos desaconsejados por los médicos (como la hidroxicloroquina) y propuso incluso inyectar desinfectante a los ciudadanos como forma de acabar con el virus.

"El desinfectante acaba con el virus en las superficies en un minuto, ¿podríamos hacer algo parecido con una inyección? Porque el virus entra en los pulmones y provoca un daño tremendo, entonces creo que sería interesante probarlo", dijo ante la mirada atónita de una de sus asesoras. Dos días después y tras campañas de empresas de productos desinfectantes pidiendo a los estadounidenses que no bebieran lejía ni derivados, el presidente aseguró que era una broma.

La paradoja alcanzó su máxima potencia cuando Trump anunció, el 2 de octubre, que él y la Primera Dama, Melania, estaban infectados con el virus. Con 74 años y sobrepeso, Trump era un paciente de riesgo, pero logró recuperarse en un tiempo récord, tras ser tratado con un cóctel de medicinas y tratamientos experimentales.

Se esperaba que tras pasar la enfermedad, el presidente razonara y cambiara su discurso. Pero nada más lejos. Abandonó el hospital profesando el mismo desprecio a las mascarillas, que rápidamente volvió a abandonar en sus actos de campaña. "No tengáis miedo al virus, no dejéis que domine vuestra vida", fue el mensaje que lanzó a los ciudadanos entonces.

Sus burlas contra Joe Biden por sus precauciones hacia la Covid-19 y el uso de la mascarilla siguieron y rechazó participar en el segundo debate porque los demócratas habían pedido que se hiciera telemáticamente por el riesgo de contagio.

La forma como Trump ha gestionado la pandemia, embarrando todo el debate público con noticias falsas, informaciones erróneas y mentiras es el espejo de lo que fue su presidencia: un liderazgo marcado por "hechos alternativos". Según el Washington Post, que lleva el recuento de las mentiras del presidente, Trump ha proferido más de 22.200 afirmaciones falsas desde que asumió el poder.

Trump se jacta de ser un outsider en el mundo de la política, incluso después de 4 años al frente de la presidencia de EEUU: "Si no sueno como un político típico de Washington es porque no soy un político", dijo en un mitin en Pensilvania este octubre.  

Ahora, sale de la Casa Blanca como ha gobernado: igual que una apisonadora que lo destruye todo a su paso. Trump no asume la derrota, acusa a los demócratas de robar las elecciones sin pruebas, habla de fake news pero es el primero en difundir informaciones falsas y amenaza con querellas judiciales, poniendo en tela de juicio el sistema electoral y la propia democracia de EEUU.

'Fake news'

Desde que llegó a la presidencia, Trump ha normalizado el insulto y las fake news, que se dedica a esparcir por Twitter, su vía de comunicación favorita y que utiliza sin control, donde una de las frases más repetidas es el eslogan que le ha hecho llegar a la Casa Blanca: "America First".

Bajo este lema, Trump ha roto viejas alianzas con Canadá y la Unión Europea, ha protagonizado un histórico acercamiento con Cora del Norte y transformado a China en su peor enemigo, con una guerra comercial. Viejos enemigos de antaño de EEUU se transformaron en aliados de Trump, como Rusia y Vladímir Putin, para el que sólo tiene halagos.

Su relación de proximidad con el Kremlin ha estado en la base de uno de los muchos procesos judiciales que ha tenido que enfrentar durante estos cuatro años. Robert Mueller, un fiscal especial designado por el Departamento de Justicia, documentó la injerencia de Rusia en las elecciones de 2016, a favor de Trump y en detrimento de Hillary Clinton.

El fiscal detalló numerosos contactos entre personal de campaña de Trump y agentes rusos, pero no halló evidencias suficientes que consiguieran demostrar la implicación del presidente. Trump tildó la investigación de "caza de brujas".

De lo que no exoneró Mueller a Trump fue de un delito de obstrucción de la justicia, al tratar de impedir la investigación judicial. Sin embargo, el fiscal general, William Barrat, designado por el mandatario, terminó absolviéndole. Trump lo justificaría entonces diciendo que un presidente no es procesable salvo por la vía del impeachment.

Un impeachment que acabaría por llegar, meses después, por la vía de Ucrania, al destaparse que Trump habría presionado al Gobierno de Kiev para llevar a cabo una investigación sobre Hunter Biden, el hijo de Joe Biden, sobre acusaciones de corrupción sin fundamento. Para ello Trump llegó a amenazar con congelar los 391 millones de dólares en ayudas militares ya comprometidos.

Pero una vez más, Trump saldría ileso de todo el proceso, tras ser absuelto por el Senado, de mayoría republicana, el pasado febrero.

El legado de Obama

Destruir el legado de su predecesor, Barack Obama, ha sido una de sus obsesiones: durante su mandato, EEUU se ha retirado del acuerdo nuclear con Irán, del pacto de París sobre el cambio climático y ha congelado el deshielo con Cuba. Sin embargo, no logró llevar a cabo una de sus principales promesas electorales, la derogación de la reforma sanitaria de 2010, conocida como Obamacare.

Como tampoco ha sido capaz de cumplir en su totalidad otra de sus promesas estrella: el muro en la frontera con México. Aunque ha construido cerca de 640 kilómetros, la mayor parte de la barrera sustituye una valla que ya existía y México tampoco ha pagado los gastos como aseguró Trump en su día.

Los derechos de los migrantes y los solicitantes de asilo fueron duramente mermados con la administración Trump que promovió, además, una política de separación de los niños migrantes de sus padres al cruzar la frontera de manera ilegal. Todo esto al mismo tiempo que seguía calificando a los inmigrantes de "violadores" y "criminales".

También durante su mandato, EEUU experimentó un nuevo estallido social por las tensiones raciales que hicieron revivir el movimiento Black Lives Matter. Las protestas contra el racismo y la brutalidad policial tomaron las calles del país tras la muerte de George Floyd (que falleció asfixiado después de que un policía se arrodillara sobre su cuello durante ocho minutos) y el caso Jakob Blake, al que un policía disparó siete veces a quemarropa.

En ocasiones las protestas derivaron en situaciones de violencia y saqueo y Trump no dudó en tener mano dura con los manifestantes, a quien llamó "matones", prometiendo reponer "la ley y el orden" y enviando agentes federales para controlar las protestas. Ni una palabra de solidaridad con las víctimas, ni un comentario sobre el racismo estructural del país.

Sin embargo, instado a condenar con la misma contundencia los actos de violencia de grupos de supremacistas blancos que le apoyan, como los Proud Boys, su declaración fue: "Proud Boys, den un paso atrás y permanezcan preparados", algo que parece más un llamamiento a estar alerta que a cesar la violencia.

El 'fraude'

Durante la campaña electoral, Trump se ha mostrado igual de confiado que siempre y llegó a decir que sería "vergonzoso" ser derrotado por el "peor candidato de la historia del país". Sin embargo, a medida que los meses iban avanzando y con las encuestas cada vez más desfavorables, Trump se aferró a otra de sus fake news para empezar a escribir su relato.

En los últimos meses, el mandatario ha hecho alegatos en contra del voto por correo, sembrando dudas sobre la validez del proceso electoral y dejando claro que consideraría corrupto cualquier resultado que no fuera la victoria. Se quejó del sistema de votación, se negó a comprometerse con una transición pacífica del poder en caso de derrota y atacó incluso el FBI y las agencias de inteligencia de EEUU.

En un mitin en Filadelfia, cuyo gobierno está liderado por demócratas, Trump afirmó que los resultados se falsificarían: "¿Van a encontrar más papeletas después del cierre de las urnas? Se sabe que suceden cosas extrañas, principalmente en Filadelfia", dijo. 

Después de la noche electoral, los peores pronósticos se confirmaron y Trump se autoproclamó ganador de las elecciones antes de que terminara el conteo de votos y anunció el recurso al Tribunal Supremo, con falsas acusaciones de "fraude electoral" y pidiendo parar el recuento de papeletas, pero solo en los estados en los que iba por delante.

"Donald Trump es el primer presidente que no intenta unir al pueblo estadounidense, ni siquiera quiere intentarlo, sólo trata de dividirnos" dijo a Reuters Jim Mattis, un general de la Infantería de la Marina retirado, que fue secretario de Defensa de Trump. Lo más probable es que las querellas de Trump no sirvan para cambiar nada de lo que ha sido decidido en las urnas, pero el republicano ha sembrado la semilla de la duda entre el electorado y la confianza en el sistema democrático se ha erosionado de tal forma, que las consecuencias aún son difíciles de prever.