Más de mes y medio después de las elecciones, Pedro Castillo es el nuevo presidente de Perú. El candidato de la izquierda, un maestro de escuela rural y sindicalista, se hizo con el puesto más alto del país, al derrotar la candidata conservadora, Keiko Fujimori, por un puñado de votos. 

El conteo, que empezó por darle una ventaja de hasta seis puntos a Fujimori se fue ajustando a medida que se acercaba a los 90% y entraba en juego el voto rural, el que más tarda en contarse. Mientras se consumaba la remontada de Castillo,  Fujimori iba preparando el terreno de la derrota, denunciando, sin pruebas, un supuesto fraude electoral.

Pese a que había asegurado durante la campaña que iba a aceptar los resultados, Fujimori compareció entonces, sin ninguna prueba, para asegurar que "hay una clara intención de boicotear la voluntad popular", pidiendo a la gente que difundiera los vídeos que demostrarían esto con el hashtag #FraudeEnMesa. 

Fujimori se refería a las impugnaciones a las actas hechas por los miembros del partido de Castillo, un procedimiento previsto en la ley que también hace su formación. Cuando los resultados de una mesa no les son favorables y el documento presenta algún tipo de desperfecto, los encargados del partido perjudicado piden su nulidad. La autoridad electoral tiene la última palabra y no supone ninguna irregularidad. De hecho, el jefe de la misión de la Organización de los Estados Americanos (OEA), observador electoral, felicitó a Perú por los comicios.

La candidata conservadora se empeñó en seguir adelante con las denuncias y el proceso se demoró mes y medio, tiempo que ha necesitado el Jurado Nacional de Elecciones (JNE) para refrendar los resultados de la votación del 6 de junio, donde Castillo obtuvo el 50,12 % de los votos válidos, un estrecho triunfo de apenas 44.263 votos de ventaja sobre Fujimori.

Un casi desconocido

De nada sirvió la pataleta de Fujimori que vio escaparse la victoria para un casi desconocido. Cuando empezó la campaña para la presidencia, Castillo no era un personaje popular, ni había sido elegido para ningún cargo público. De hecho, solo en las dos últimas semanas antes de la primera vuelta su campaña empezó a ganar visibilidad, cuando empezó a subir de forma llamativa en las encuestas. 

Se presentó de la mano de Vladimir Cerrón, líder del partido de izquierda Perú Libre, inhabilitado y condenado por corrupción a tres años y nueve meses de prisión, en un proceso que Castillo ha calificado de "persecución política".

En una campaña en la que privilegió el contacto directo con el electorado, Castillo saltó a las portadas de los periódicos cuando fue arrestado por incumplir el distanciamiento social en una reunión con sus simpatizantes. Pese a lo sucedido, su campaña fue lo más parecido a las campañas tradicionales: recorriendo plazas y calles, hablando con el electorado en una cercanía poco recomendada en tiempos de pandemia. 

En la primera vuelta logró un 15,38% de los votos y se hizo con una plaza para la segunda vuelta. Sus resultados se anclaban en las regiones más rurales, del sur y del centro del país, mientras que en Lima, la capital, consiguió apenas 6,7% de los votos y, en el extranjero, un 4,6%. 

El candidato sabe donde tiene sus bases de apoyo y se dirige a ellas cada vez que hace un discurso. "Quisiera saludar a los pueblos más olvidados de mi patria, saludar a los hombres y mujeres que están en el último rincón del país", dijo el domingo, tras el cierre de las urnas."Hoy al pueblo peruano se le acaba de quitar la venda de los ojos... Han tenido tiempo suficiente, décadas, pero, ¡cómo dejan al país! Llegas a Lima Metropolitana, a las grandes ciudades y encuentras los lugares con opulencia que no miran más allá de su nariz", añadió.

Antes, en la víspera de las elecciones, Castillo había dedicado sus últimas palabras de campaña a pedir la participación de los votantes y a respetar el resultado de las elecciones. 

Durante la campaña para la segunda vuelta dio a conocer algunas de sus propuestas que antes habían pasado desapercibidas: la convocatoria a una asamblea constituyente, limitar las importaciones de productos que produce Perú, la segunda reforma agraria, invertir el 10% del PIB en salud y 10% más en educación, entre otros.

Reformas estructurales

El candidato de izquierda propone una serie de reformas estructurales que implican, entre otras cosas, un cambio total al modelo económico peruano. Entre otras cosas, este sistema busca la nacionalización de sectores estratégicos tales como el minero, gasífero y petrolero. Aunque no está en contra de la actividad privada, dice que siempre debe traducirse en "beneficio de la mayoría de los peruanos".

Pese a sus propuestas económicas, en lo social Castillo es más bien conservador: se ha posicionado en contra del aborto o el matrimonio homosexual, y en temas como la lucha contra la inseguridad y el orden público, ha apoyado la mano dura del Estado y las fuerzas de seguridad. 

Entre los analistas peruanos la sensación es que se ha subestimado a Pedro Castillo, que lejos de Twitter y de los focos mediáticos, hizo la campaña a pie de calle, con un sombrero de paja y una camiseta blanca con un lápiz estampado para llamar la atención para la importancia de la educación. Así, logró conectar con los problemas reales de la gente que llevaba años sintiéndose abandonada por los políticos, y mobilizarla para que le votara. "No más pobres en un país rico" es una de sus frases más sonadas en esta campaña.

Este maestro de 51 años nació en Puña, un pueblo del distrito de la Chota, en la región norteña de Cajamarca. Lleva viviendo allí toda la vida, donde trabaja como maestro de una escuela rural desde hace 26 años. Estudió en el Instituto Pedagógico Octavio Matta Contreras, de Cutervo, y en el 2006 sacó su bachillerato en Educación, y una maestría en psicología educativa en la Universidad César Vallejo. Antes de su salto a la política nacional, Castillo se postuló sin éxito a la alcaldía de Anguía, en Chota, por Perú Posible, partido al que se afilió hasta su desaparición hace cuatro años.

En 2017, durante el gobierno de Pedro Pablo Kuczynski, Castillo encabezó una gran huelga magisterial que se extendió por 75 días. Los manifestantes exigían, entre otras cosas, un aumento de sueldos para los maestros peruanos, la reposición de maestros despedidos y rechazaban la "privatización" de las escuelas públicas.

Hace tres años, como ahora, la calle fue el escenario preferido por Castillo para ganarse a las masas que finalmente le han aupado hasta la presidencia de Perú.  

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