Tres veces ha tenido que intentar llegar a la presidencia de México Andrés Manuel López Obrador antes de lograrlo. Su victoria este domingo marca no sólo el éxito de AMLO sino que es también la llegada, por primera vez, de la izquierda al poder del país. Tras recibir un sólido mandato popular, Obrador afronta ahora el reto de hacer posible el gran cambio político que ha prometido.

Acabar con la corrupción y la impunidad, reducir los niveles de violencia y mejorar las condiciones de vida de los mexicanos son las prioridades a las que se enfrenta López Obrador, que ha ganado la Presidencia tras sus derrotas en 2006 y 2012.

Junto al fuerte apoyo popular con alrededor de 50% de los votos, López Obrador recibió, nada más cerrar los centros electorales este domingo, el reconocimiento de su victoria por parte de sus tres oponentes en la elección presidencial, lo que constituye un hecho sin precedentes en la política mexicana.

La principal organización de los empresarios mexicanos, el Consejo Coordinador Empresarial (CCE), le felicitó también y se ofreció a trabajar con el nuevo presidente para el bien de México. Todos estos apoyos otorgan a López Obrador una enorme legitimidad y elevan, a la vez, el desafío de cumplir con las enormes expectativas creadas.

La coalición de izquierdas que lidera López Obrador, denominada Juntos Haremos Historia, ha logrado además un éxito sin precedentes al ganar en cinco de los estados en que presentaba candidatos a gobernador, según resultados preliminares, mientras el oficialista Partido Revolucionario Institucional (PRI) se enfrenta a una enorme pérdida de poder, una debacle histórica.

Para López Obrador llega, por tanto, su hora de la verdad. Hacer posible un cambio real y cumplir las promesas electorales son los grandes desafíos del próximo presidente, además de equilibrar sus tendencias populistas con el político pragmático que demostró ser en su gestión de jefe de Gobierno de Ciudad de México (2000-2005).

El resultado de las elecciones es un rechazo evidente al status quo del país. La victoria de López Obrador es una inyección de esperanza en las clases más populares y un aviso a las élites. 

En materia económica López Obrador repitió el domingo que no habrá nacionalizaciones ni expropiaciones, y que tampoco subirá los impuestos ni aumentará la deuda pública del país.

¿De donde saldrá entonces el dinero para pagar los programas sociales que ha prometido? López Obrador ha prometido bajar su propio salario y elevar los de los empleados gubernamentales que reciben los salarios más bajos, hizo campaña con un discurso de cambio social que incluía un aumento de las pensiones, becas de estudio para jóvenes y apoyo adicional para los campesinos.

Su respuesta es que los fondos vendrán de las estrictas medidas de austeridad en la gestión de gobierno y de la lucha contra la corrupción que reportará a las arcas del gobierno más de 20.000 millones de dólares anuales.

¿Cómo limpiará a su gobierno de funcionarios corruptos cuando algunos fueron parte de su campaña? ¿Cómo pondrá fin a violencia de la guerra contra las drogas, que el año pasado causó más homicidios que los 20 años anteriores? Son otras de las preguntas a las que deberá contestar durante su mandato. 

López Obrador heredará una economía con un crecimiento modesto durante las últimas décadas, y uno de sus mayores retos será convencer a los inversionistas extranjeros de que México se mantendrá dispuesto a hacer negocios. Si no es capaz de convencer a los mercados de que está comprometido con la continuidad o hace cambios abruptos a la política económica actual, el país podría entrar en dificultades.

Un momento clave de la nueva administración vendrá con las decisiones sobre la continuidad o no de las obras del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México o la continuación de la reforma energética que comenzó en 2014 y que supuso el fin del monopolio estatal sobre la explotación de los hidrocarburos.

López Obrador comenzó la campaña electoral prometiendo que cancelaría esa y otras reformas y las obras del aeropuerto, pero el domingo como ganador habló ya de revisar y no cancelar esos contratos, en una muestra del pragmatismo al que parece obligado cuando en diciembre ocupe oficialmente la Presidencia de México.

Respecto de la violencia, López Obrador no ha logrado concretar su política. Los problemas de delincuencia y la violencia asociados a los cárteles de droga y una campaña plagada de asesinatos de candidatos a cargos públicos son una herencia pesada que, al menos por ahora, el presidente no ha acertado a aclarar cómo pretende solucionar. 

Las expectativas que López Obrador, ha creado alrededor de su elección fueron el motor de su victoria pero también el baremo por el que va a ser juzgado. La población espera mucho de su nuevo presidente y que consiga lograr el cambio profundo y esencial para la sociedad que ha prometido. Alcanzarlo será la medida del éxito o el fracaso de su mandato.