Río de Janeiro

Un tatuador se jacta de que sus agujas van a doler. El tapiz donde va a dejar constancia de su obra cruel es la frente de un joven de 17 años con la mirada perdida. No opone resistencia. Una voz en off le presiona para que confiese su supuesto crimen. Enajenado, dice: “He robado a un hombre al que le falta una pierna”. La voz del tatuador le contesta que merece morir mientras muestra la grafía escrita en tinta permanente en la cara del joven: “Soy un ladrón y un idiota”. Este es el vídeo protagonista de debate en muchas redes sociales y grupos de WhatsApp en Brasil.

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La tristeza y la miseria se desenfrenaron una noche de viernes en una pensión barata del suburbio São Bernardo do Campo de São Paulo. En ella entró un adolescente de 17 años drogodependiente, que llevaba desaparecido más de una semana. Según sus torturadores, quería llevarse una bicicleta que había en el patio cuando lo pillaron in fraganti. Decidieron retenerlo y darle un buen escarmiento que sirviera de ejemplo a través de las redes. Iban a tatuarle la frente para siempre.

Aviso: las imágenes en este vídeo pueden resultar duras para el lector

La bicicleta pertenecía a un huésped del hostal, un mendigo minusválido al que le falta una pierna. Muchas jornadas pidiendo en un semáforo cercano hicieron falta para reunir el dinero para la bicicleta adaptada. Otros dos huéspedes del hostal, el tatuador Maycon Wesley Carvalho, de 27 años, y su amigo Ronilo Moreira de Araujo, de 29, decidieron tomarse la justicia por su mano. No llamarían a la Policía, sino que tatuarían “soy un ladrón y un idiota” en la frente del adolescente para luego divulgar el vídeo por las redes sociales.

Al día siguiente el tatuador y el amigo, que había grabado la escena en vídeo, fueron detenidos y ahora (en prisión preventiva) se enfrentan a la acusación de un delito de tortura. Sin embargo, la sociedad brasileña está dividida en cuanto a lo reprobable de la acción. El repunte de la violencia en todo el país hace que la sociedad demande a la Justicia medidas cada vez más duras. La Policía mató en Brasil a 3.320 personas en 2015; una cada tres horas. En 2015, según una encuesta del Fórum Brasileño de seguridad pública, el 57% de la población afirmaba identificarse con la frase que cada vez más se escucha en las redes sociales y en la calle. Aquello de “el bandido bueno es el bandido muerto”.

En España, el artículo 39 de la Constitución recoge una obligación por parte de los poderes públicos de proteger especialmente al menor. “Lo que ha ocurrido en Brasil es una barbaridad”, afirma César López Rubio, abogado especialista en menores en España. “Hay varios delitos con penas que podrían irse acumulando. Por un lado está el delito de lesión del tatuaje. Agravado además por el uso de instrumentos peligrosos para la salud del menor. A esto habría que añadir el trato degradante y la humillación del hecho y la divulgación por redes sociales. No hay que olvidar tampoco que la víctima ha sido retenida contra su voluntad”.

Un amplio debate se ha establecido en Brasil. Han surgido grupos y páginas recaudando dinero tanto para borrar el tatuaje del adolescente como para pagar al abogado del tatuador. El primero, internado en un centro de rehabilitación, ha dado una entrevista al programa de televisión Fantástico. “Voy a tratarme, voy a salir limpio, fuerte y recuperado para demostrar al mundo que puedo ser alguien en la vida”, ha afirmado el joven; que asegura que estaba borracho y que simplemente se apoyó en la bicicleta.

Hará falta un año de repetidas sesiones hasta conseguir que se borre de su frente la huella de su tentativa de robo. Ese mismo programa también entrevistó al dueño de la bicicleta, el mendigo minusválido Ademilson de Oliveira. Apabullado por el transcurso de los hechos, sólo desea al adolescente que intentó robarle que mejore, estudie y que ayude a su madre. La barbarie ha superado su capacidad de pensar en otra cosa que no sea el subsistir del día a día.